Cecilia De Vicenti

Hija de Azucena Villaflor

Como hija de Azucena Villaflor, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo quien también resultó una víctima directa de la última dictadura, Cecilia transformó su vida desde pequeña, militando y trabajando en función de la defensa de los Derechos Humanos.

Mi mamá era una mujer comprometida con su familia y con la sociedad. Siempre estaba atenta a todo lo que nos pasaba, se ocupaba de las cuestiones de la casa, nos cocinaba a cada uno de los cuatro hermanos nuestro plato preferido y también recuerdo que, como era la única hija mujer, ella me acompañaba a hacer todas las actividades que se me ocurrían: danza folclórica, guitarra, dibujo.  

 

Además de ser una esposa y madre muy comprometida, Cecilia la destaca como una mujer que siempre estuvo atenta a lo que pasaba fuera de las puertas de su casa. La familia vivía en Sarandí, una ciudad tranquila del partido de Avellaneda, donde los vecinos se conocían. Cuando Azucena era joven el servicio de gas natural pasaba muy cerca pero no llegaba a su cuadra. Entonces, ella se ocupó de juntar firmas para solicitarle a la compañía que extendieran en tendido, y lo consiguió.

Y desde un compromiso social, hacía lo que podía para ayudar a los más desprotegidos por el Estado. ‘Están llegando tus clientes’, le decían sus hijos cuando veían acercarse a unos chicos que pasaban cada tarde a buscar comida. Azucena los esperaba con algún sandwich. Siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

LA HISTORIA DE CECILIA
 

¿En tu casa estaba presente la política?
 

Cuando mi hermano Néstor entró a militar en la JP, en mi familia se empezó a hablar más de política y había discusiones, porque mi papá le decía que no tenía sentido lo que hacía, porque creía que los pobres no se esforzaban por trabajar. Mi hermano le retrucaba hablándole de las diferencias entre las posibilidades de estudio, de trabajo, de acceso a la vivienda y a la salud... Mi mamá, en cambio, lo bancaba. Recién cuando desapareció ella mi padre pudo repensar algunas ideas, que había sostenido incluso después de la desaparición de mi hermano.

Néstor empezó su militancia yendo a las villas a enseñar a leer y a escribir. Después dejó su trabajo en un estudio de arquitectura (cursaba la carrera), se proletarizó y entró como operario en La Bernalesa. Fue coherente entre su decir y su hacer.

Cecilia cumplió los 15 el año del último Golpe de Estado, el año en que desaparecería su hermano: el 30 de noviembre el Ejército lo secuestró de su casa de Villa Domínico junto a su compañera, Julia.

A partir de la grave noticia, tanto Azucena como su esposo, Pedro, comenzaron a buscarlo. Mientras él se encargaba de hacer llamados a comisarios u autoridades con las que tuviera algún contacto, procurando obtener ayuda, ella consiguió un abogado que firmara el habeas corpus y recorrió hospitales, destacamentos policiales y cuarteles.

¿Cómo recordás el momento de la gestación de Madres?

Sé que primero mi mamá fue a la Liga por los Derechos del Hombre y volvió decepcionada, porque le preguntaron lo mismo que querían saber los militares: dónde militaba Néstor. ‘¿Qué les importa si es peronista, radical o del PC? Lo único relevante es que nuestros hijos no aparecen’, nos dijo, enojada. Entonces se dio cuenta de que las madres se tenían que juntar por otro lado.

Y pudieron concretarlo.

Es que en la Iglesia se sentían rechazadas por los curas, los milicos les daban siempre la misma respuesta y por necesidad transformaron todo el dolor que tenían en amor y acción.

¿Cómo hicieron para organizarse?

Mi mamá reconocía a las mujeres porque se las cruzaba en los pasillos de los cuarteles, del Vicariato Castrense, de los hospitales. Entonces, un día les propuso que se encontraran en Plaza de Mayo, ‘que es donde se juntaban nuestros mayores’. La primera reunión fue el 30 de abril del 77, un sábado, y se acercaron 14 madres en total. Pero decidieron cambiar a los jueves para que pudieran sumarse otras y para que su manifestación fuera más visible para la sociedad y la Casa Rosada.

‘Azucena no te expongas, no te das cuenta del momento político que estamos viviendo’, le repetía Pedro. Y también le pedía que se ocupara de Cecilia y de Toto, que eran los más chicos, aunque esta mujer que amaba a Elvira no les retaceaba tiempo pese a sus nuevas obligaciones.

Yo la admiro por el movimiento que logró organizar, pero también porque nunca perdió las riendas de la casa, siempre estuvieron listos el mate de la mañana para mi papá, la leche para nosotros a la vuelta de la escuela y la cena casera.

¿Seguían teniendo cierta alegría a pesar de la desaparición de tu hermano?

No, eso se perdió. No festejábamos ni los cumpleaños ni fin de año. Era una casa normal, pero sin alegría.

¿Comprendías entonces la magnitud de la tarea encarada por tu madre?

No, para nada. La veía reunida con otras señoras que sabía que estaban tratando de encontrar a sus hijos, pero no tomaba consciencia de la trascendencia que iban a tener. Tampoco pensábamos que a los militares les molestaba tanto todo esto. En ese sentido había comprado lo que decía mi mamá: ‘Somos mujeres que estamos buscando a nuestros hijos, ¿cómo nos van a hacer algo a nosotras?’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

LA DESAPARICIÓN DE ASUCENA
 

La noche anterior supe que algo había pasado, porque la vi con los ojos llorosos y me contó que se habían llevado a otras Madres de la Iglesia de la Santa Cruz. Ella estaba angustiada porque no sabía cómo contárselo a papá.

Pero nunca llegó a hacerlo, porque a la mañana siguiente, el 10 de diciembre del 77, fecha en que se publicó una solicitada reclamando información sobre los desaparecidos, Azucena fue secuestrada en un operativo en plena calle.

Hubo que avisarle a mi papá... De eso se ocupó mi hermano mayor mientras que yo busqué la libretita azul de mi mamá y les avisé a las otras madres. Antes de que mi viejo llegara metí en una bolsa de las compras los papelitos con los nombres de los desaparecidos que habían recolectado para la solicitada y los saqué de mi casa.

Los días siguientes fueron de enorme angustia. Pedro fue el más golpeado, pero todos esperaban que en cualquier momento soltaran a Azucena y llegara de vuelta. Fue su marido quien retomó sus pasos: consiguió que un abogado firmara un habeas corpus, iba a las marchas cada jueves y se acercaba a las reuniones con organizaciones del exterior. Con un par de años más, Cecilia consiguió un trabajo cerca del centro y ella misma empezó a integrar las rondas, tras la muerte de Pedro, ocurrida en enero de 1981.

 

 

PALABRAS FINALES
 

Hoy, con más de cuatro décadas de perspectiva, veo de otra manera el rol histórico que encarnaron mi madre y las otras mujeres que lucharon para buscar a sus hijos y nietos. Me parece medio increíble que se les haya ocurrido, en aquel momento y con todos los peligros que había, ir a la Plaza con el objetivo de buscar a sus hijos. Pienso que siempre comprendieron que era necesaria esa pelea colectiva, pero no llegaron a imaginarse entonces que se iba a convertir en un movimiento mundial que sentaría un precedente para la lucha de las mujeres. Me siento orgullosa de los logros que obtuvieron las Madres y todos los movimientos de Derechos Humanos gracias a su constancia y su coherencia.