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ESTELA BARNES DE CARLOTTO
Abuelas de Plaza de Mayo
Presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo.
Presidenta del Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional 
sobre los Derechos del Niño.

Estela nació el 22 de octubre de 1930 y se casó con su primer novio, Guido Carlotto, con quien vivió hasta que enviudó. Juntos tuvieron cuatros hijos: Laura Estela, del 21 de febrero de 1955; Claudia Susana, del 26 de junio de 1957; Guido Miguel, del 22 de enero de 1959, y Remo Gerardo, del 21 de diciembre de 1962. Mientras tanto, trabajó durante muchos años como maestra y también fue directora de la Escuela Nacional ‘Coronel Brandsen’ y presidenta de la Junta de Calificaciones de Escuelas Nacionales.
 

Siempre imaginó su vida entre su familia y el desarrollo de su vocación. Pero cualquier sueño y todos sus planes terminaron alterados tras el secuestro de su hija Laura, estudiante de Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Se la llevó un grupo de tareas el 26 de noviembre de 1977, durante la última dictadura cívico-militar, cuando estaba embarazada. Tras intensas gestiones, ese mismo año la familia pudo recuperar su cuerpo, que tenía claros indicios de que había dado a luz.
 

A partir de allí la vida de Estela cambió en forma radical y se dedicó incansablemente a la búsqueda de su nieto, nacido en cautiverio. Recién el 5 de agosto de 2014 experimentó la máxima recompensa a todo su esfuerzo: ese día, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo supo que ese ser tan anhelado había aparecido. El pequeño era ya un adulto de 36 años y tenía como nombre Ignacio Hurban. Se había acercado a Abuelas de Plaza de Mayo porque intuía que era hijo de desaparecidos y, concretamente, soñaba con ser el nieto de Estela. El Banco Nacional de Datos Genéticos confirmó que sus padres fueron Laura y Walmir Oscar Montoya.
 

‘Mi mamá no se va a olvidar de lo que me están haciendo y los va a perseguir’, sé que dijo mi hija en cautiverio, y yo desde entonces perseguí la Justicia y busqué a su hijo. Imagino que ahora, desde el cielo estará diciéndome: ‘Mamá, ganaste’. Y el premio es para todos. Ya tengo a mis 14 nietos conmigo. Los portarretratos vacíos que lo esperaban van a tener su foto.
 

Y en la promesa implícita hubo una recompensa extra, porque el nieto recuperado número 114 tiene una hija llamada Lola, bisnieta adorada por la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.
 

Si bien gracias a la tarea de las Abuelas, se ha logrado restituir la identidad de 128 nietos secuestrados por el gobierno militar (N. del E.: cifra de nietos hallados al 30 de agosto de 2018), incluyendo a su propio nieto, la búsqueda de Estela aún continúa. Y con cada reencuentro resurge una historia, la de toda una familia, que concluye un arduo ciclo.

 

Memoria y Educación están estrechamente ligadas a la libertad del pueblo. La desmemoria nos hace dependientes, cautivos, sometidos a    la esclavitud, con los riesgos de que las dictaduras se repitan, Estela de Carlotto.

LA HISTORIA DE ESTELA
 

Estela tenía una vida como la de cualquiera, pero la violencia de la dictadura la llevó de un golpe a reemplazar su guardapolvo de maestra por un pañuelo blanco en reclamo de justicia.
 

Yo puedo decir que tengo dos vidas. La primera, en un hogar de padres muy buenos, con una enseñanza y un cariño que me formó junto a mis hermanos. Me casé, tuve cuatro hijos maravillosos a los que quise mucho y me aguantaron, porque yo como maestra estaba más tiempo con mis alumnos que con ellos. No podía asistir a las fiestitas escolares de mis chicos porque tenía que estar con mis otros hijos, mis alumnos. Pero tuve que cambiar esa vida para transformarme en una mamá-abuela, en busca de aquello que la dictadura me robó: una hija de 22 años, que tuvo un bebé en un lugar secreto y a ese niño, que hoy es un hombre.
 

A partir de esta búsqueda, surgió el encuentro con otras mujeres que, como ella, querían saber dónde estaban sus hijos y nietos.
 

En mi diccionario, el ‘no puedo’ no existe. Existe el ‘no quiero’, pero cuando me propongo algo que creo que es bueno, no me rindo. Lo voy a trabajar de todos los lados que pueda hasta conseguir el objetivo. Cuando desapareció Laura no pude comunicarles a mis maestros o a la sociedad lo que me pasaba porque temía recibir agravios. Esto cambió porque escuché un muy buen consejo de una de mis consuegras, la señora Nelba Falcone, mamá de María Claudia Falcone, una de las niñas desaparecidas durante ‘La noche de los lápices’. Ella me dijo: ‘Estela no estés sola, hay otras señoras como vos que están buscando sus hijos y sus nietos. ¿Por qué no vas?’. Me dio un teléfono y el nombre de Licha de la Cuadra. La llamé y en su casa me encontré con las compañeras que tengo hasta hoy. Aquel grupo que se gestó en La Plata y se unió a los grupos de Buenos Aires y sus alrededores venía a exigir respuestas a la puerta de la Casa de Gobierno y del Ministerio del Interior. Otras estaban desde el 76, solitas, juntándose de a una o de a dos. La agrupación se empezó a llamar Abuelas en octubre del 77 y se fue consolidando. Yo me sumé en el 78, unos meses después del secuestro de Laura. Se alegraron mucho cuando se acercó una maestra, porque podía ser útil para hacer notas y otras cosas. Cada una daba y sigue dando lo que sabe, aprovechando que somos de diferentes culturas, religiones e ideologías. Para mí, esa compañía y la integración profunda con otras señoras que tenían el mismo dolor y encaraban la misma lucha, fue un gran alivio. Me fortalecieron los llamados, las reuniones tanto en La Plata como en Buenos Aires, compartir los cuidados y recaudos que debíamos tomar para preservarnos ya que podíamos desaparecer también nosotras.
 

Estela resalta la importancia de todos aquellos que le tendieron una mano en ese momento tan difícil. También da cuenta de cuán arduo fue fomentar lazos de solidaridad en una sociedad que tenía miedo y comenzaba a actuar bajo la doctrina de ‘no involucrarse en nada’.
 

Yo recibí apoyo de mis maestros de la escuela cuando se enteraron de que había desaparecido Laura y de gran parte de la sociedad. El cariño que nos teníamos hacía incomprensible para muchos que yo hubiera podido guardar ese dolor y esa lucha cotidiana sin que lo supieran en la escuela. Gente de la cooperadora, del barrio, gente sencilla, todos quisieron tenderme una mano en ese momento pese a que había mucho miedo y era todo clandestino. La gran mayoría no quería hablar del tema. Se decía: ‘No mire porque le va a pasar a usted’; consignas que culpabilizaban a los padres de los chicos militantes. Ése fue el mensaje para atemorizarnos. La solidaridad era difícil de expresar y si se hacía, era en secreto. La familia era la que estaba más cerca de quienes teníamos algún desaparecido. Por otra parte, en el 76, los docentes no estábamos agrupados gremialmente, ni los estatales ni los privados. Existía la CGT, que tenía una fuerza increíble, pero los gremialistas, perseguidos y secuestrados, fueron víctimas de la dictadura. Además, los gremios estaban proscriptos. Entonces, ¿qué podían hacer como gremios? Nada.
 

El miedo acechaba las puertas de todos, pero no era obstáculo suficiente para detener la lucha de mujeres como Estela, que avanzaban con el deseo inquebrantable de encontrar a sus seres queridos.
 

Tenía miedo, claro. Empecé golpeando puertas en las cárceles, en los regimientos, en la Justicia, en la iglesia y también las de los políticos, los sindicalistas y los militares, donde nunca me dieron respuesta. No sabía hacerlo y tuve que aprender. Le dije a mi marido y a mis hijos varones, que estaban con nosotros: ‘Espérenme que yo salgo, ya vuelvo’, pero lo cierto es que nadie sabía si volvería, porque la dictadura secuestraba a la gente que le resultaba molesta. Y así fue como se llevaron a mi marido, que estuvo 25 días en una cárcel secreta, donde lo torturaron y de donde salió enfermo. Eso también podía pasarme a mí, pero el miedo no me iba a paralizar. No me podía quedar quieta en casa y salía igual, no porque fuera valiente o una heroína, sino porque soy mamá. Cualquier mamá haría lo mismo. Aunque nunca creí que iba a poder dar una respuesta frontal, desafiando al miedo, la soledad y el dolor.
 

Es que toda su templanza y su calma se transformaron en energía para la lucha, una batalla interminable que ha sido siempre destacada como pacífica, justa y, sobre todo, paciente.
 

Cuando secuestraron a Laura y después de que mis otros hijos, Claudia y Guido, fueran perseguidos por la dictadura, salió la otra Estela. Hice todo aquello que creí que no podía hacer... desafiar el miedo, ocultar mi dolor para que no me agredieran y buscar sin aflojar. A veces me preguntan si alguna vez dije ‘basta’. Una sola, ya perteneciendo al grupo de Abuelas de Plaza de Mayo. Pero mi esposo, gran compañero, me dijo: ‘No dejes de ir, porque las Abuelas te necesitan’. Después siempre estuve dispuesta a afrontar todo, a seguir, a poner lo que sabía hacer, a construir, para apoyarnos y consolidar este trabajo de tantos años, que no termina con nosotras. Va a finalizar cuando se encuentren los 400 nietos que todavía faltan y las 30 mil personas que asesinó la dictadura.

 











 

ESTELA MAESTRA
 

Yo me recibí de maestra normal nacional y bachiller en 1950, año del Libertador General San Martín. Había elegido la carrera con mucha vocación docente y ganas de estar en contacto con el niño.
 

Su sueño se hizo realidad cuando a los 20 años comenzó su carrera docente.
 

Mi deseo era, una vez recibida, trabajar para contribuir con mi sueldo a mi casa. Papá era empleado de correo y mamá no trabajaba; si bien nunca nos faltó nada, nos venía bárbaro un poco más de dinero. Pensaba seguir estudiando Filosofía y Ciencias de la Educación, después quise estudiar Farmacia. Y no pude, porque me salió un nombramiento como maestra interina en una escuelita Láinez. Por la ley Láinez, que decía que las escuelas de la Nación podían estar en lugares desfavorables en donde las provincias no tuvieran la posibilidad de sustentarlas. Esta escuelita nacional N° 102 estaba en Coronel Brandsen, que entonces era una ciudad pequeña. Y si bien quedaba a apenas 40 kilómetros de La Plata, a veces tardábamos dos horas en llegar, porque tomábamos un trencito que era lento como una carreta y paraba en todos lados. En el viaje aprovechábamos para preparar materiales para la clase, conversar con las compañeras, tejer o hacer cosas prácticas.
 

Su primera tarea como docente no fue nada fácil. Tomó un cargo como maestra dando clases en cuatro grados conjuntos.
 

Yo empecé a trabajar con 3°, 4°, 5°, y 6°. Me ayudó que hubiera programas muy buenos para implementar en todo el país, adecuados a cada provincia, con sus especificidades y por grados. Me arreglé perfectamente bien con un aula de poca cantidad de chicos. Eran tan sólo 14 o 15, muy respetuosos, chicos del barrio... gente muy humilde. En esos primeros años pude volcar todo lo que quería dar. Era duro por el clima, por la distancia, por el tiempo que insumía el viaje, pero era muy gratificante.
 

Su experiencia como maestra le trajo muchas satisfacciones y allí no sólo depositó sus conocimientos profesionales sino sus valores, aquellos que quiso sembrar en todos sus alumnos.
 

¿Cómo era el día a día en la escuela?
 

Yo había soñado toda la vida con ser maestra, a mí me gustaba enseñar. A esa primera escuela llegué sin experiencia, pero lo más importante es el amor, el respeto para los chicos, para los padres, para la comunidad. A mí siempre me gustó cantar y bailar. Entonces, lo hice con mis alumnos. Les enseñé bailes criollos. Todo eso que yo había aprendido en la escuela: el pericón, la zamba, la chacarera, el gato. Para las fiestas escolares se vestían de gauchos. No era difícil porque ellos usaban bombachas de campo con zapatillitas, así que con una especie de cinturón de tela y una camisita ya representaban a un paisano. Si yo podía les llevaba los trajes de gaucho que tenía de mis hermanos. Y las paisanitas se disfrazaban con polleras amplias que las mamás podían hacer. También fundé el Club de Niños Jardineros porque había un terreno donde se podía cultivar verduras. A mis alumnos les enseñaba a sembrar, a cultivar, a ver crecer esa naturaleza y a estudiarla no en un cuaderno o en un libro, sino en vivo. Hasta tuve contacto con el INTA para explicarles a las mamás cómo reservar productos de temporada. También creé la Cruz Roja en la escuela, para que se atendiesen ellos mismos en los accidentes que pudiera haber en los recreos. Si algún chico se caía o tenía una lastimadura, los que pertenecían al Club de Cruz Roja corrían para asistirlo. Hice el Club de Títeres, donde les enseñé a hacer títeres con papel, harina y agua; a modelarlos sobre frasquitos y pintarlos con témperas para lograr el personaje que deseaban. Me acuerdo de que escribía los libretos para esas obras de teatro que representaban. Los chicos además aprendían a modular su voz haciendo de malo, de bueno, de niño o de grande. ¡Esas obritas me encantaban! Tenía alumnos muy humildes, que para el día del maestro me traían una flor de su jardín. Ése era para mí el más maravilloso de los regalos. Así hice realidad los sueños que tuve cuando era chiquita. Y la maestra es un poco eso: la mamá, la amiga, la que tiene que respetar y querer siempre a los chicos.

En el año 1964, luego de ganar un concurso de antecedentes, Estela comenzó su cargo como directora titular y, a partir de entonces, pudo seguir concretando sus sueños para su querida escuela.
 

¿Qué otras cosas pudo hacer como directora?
 

Encaré mejoras en el edificio de la escuela, que era una casa antigua alquilada, muy precaria. No teníamos ventilación, ni calefacción, ni iluminación natural, porque era una casa tipo chorizo, con un salón grande adelante, que habría sido un almacén, los cuartos atrás, con piso de ladrillo, y un baño en el fondo. El patio era de tierra. Yo quise corregir ese lugar, hice nuevas aulas, para llevar a esa escuela al nivel de las provinciales, que tenían unos edificios preciosos. Otro problema era que algunos chiquitos venían sin comer, por lo que se dormían sobre el pupitre. Por entonces, en las escuelas de la provincia se daba comida, pero en éstas no. Yo me preguntaba por qué comen los chicos que son del pueblo y los de los alrededores que lo necesitan mucho más no reciben nada. Hice notas al Ministerio de Educación de la Provincia y a la Escuela N°1 de Coronel Brandsen, la más grande, que aceptó enviarnos cierta cantidad de porciones. Y así fue como en la escuelita de los suburbios, los niños muy humildes pudieron tener su almuerzo. No obstante, faltaba resolver el transporte para trasladar la comida, que se preparaban a unas siete cuadras. Un chiquito se ofreció a traerla con su carro junto con un compañero: cargaban la comida en ollas y las traían. Ahí estaba la mesa preparada y las maestras la servíamos.
 

Tras esta inolvidable experiencia, Estela comenzó su tarea en la Junta de Clasificación en La Plata, para estar más cerca de su familia. Luego, fue convocada por el Ministerio de Educación de la Provincia y terminó su ciclo como docente en la Escuela platense N° 43.
 

En el año 1966, el Consejo de Educación de Buenos Aires me convoca para ofrecerme que sea su representante en la Junta de Clasificación ante la seccional de Escuelas Láinez que funcionaba en La Plata. Esto consistía en una comisión formada por una maestra titular, que era yo, una suplente y otras maestras del gremio docente. Entonces me despedí de los chicos pensando en volver el año siguiente, pero no regresé. Me quedé en esa función que me beneficiaba porque estaba en La Plata, cerca de mi familia. Yo ya tenía cuatro hijos y de esta forma también podía dedicarme a otras cosas importantes relacionadas con la docencia. La Junta de Clasificación tenía que interpretar el Estatuto del Docente en cuanto a ascensos, traslados o reclamos. Fue un maravilloso grupo de amistad, durante varios años. Y nos encontró en esa función la transferencia de las escuelas nacionales a provincia. Fue así como dejaron de existir las Escuelas Láinez. Había que transferir a los docentes al Ministerio de Educación de la Provincia y me convocaron para ese trabajo. Estuve ahí por poco tiempo, pero fue también una experiencia muy importante de la vida. Luego pedí la reubicación en el distrito de La Plata, por la cercanía a mi casa. Me trasladaron entonces a la Escuela N° 43. De 40 kilómetros y casi dos horas de viaje que realicé durante 17 años pasé a tardar 5 minutos, ya que mi nueva escuela estaba a dos cuadras de casa.
 

Pero su intención de continuar con su rol docente se estrelló contra una realidad socio política que le cambiaría la vida.


¿Cuándo decidió retirarse de la docencia?
 

Yo pensaba seguir dando clases hasta que me sintiera capaz, pero el 24 de marzo de 1976 me sorprendió una dictadura que secuestró a mi hija mayor, nació un nieto en la clandestinidad y decidí terminar mi vocación específica y formal para jubilarme y así tener todo el tiempo de buscar a Laura y su hijo. La vida tiene ironías: el 25 de agosto de 1978 asesinaron a Laura y su velatorio fue la revelación de una Estela que era desconocida para sus compañeras de escuela y las personas de la cooperadora. Yo había sufrido toda mi lucha anterior en silencio, sin contagiar al trabajo con mis problemas, porque mi vocación era estar plena para esos chicos y darles a ellos todo lo que necesitaban de una directora. Solo dos maestras sabían de mi angustia. El resto se enteró en una empresa fúnebre. No tenían palabras. Y lo más ridículo que pasó es que tres días después de esa fecha me llegó la jubilación. Me despedí de esa etapa, de mis maestras, de la gente, para ser otro tipo de maestra.
 

La dictadura trajo consecuencias nefastas: prohibiciones, censuras, persecuciones que afectaron todos los ámbitos de la sociedad y la cultura. Dentro de ellos, la educación fue una de las áreas más golpeadas, ya que había poco margen para gestar una verdadera pedagogía de la liberación, como se venía promoviendo en la década del 70.
 

Yo me jubilé dos años después de comenzar la dictadura y durante esos dos años existió siempre el temor de la denuncia, el tratar de no ver en el otro a un enemigo, porque era eso lo que infundía la dictadura: ‘Vigile usted al vecino, a ver qué hace; si hace algo malo, denúncielo’. Esa era la consigna, pero no lo consiguieron, muchísima gente fue protectora de nuestros hijos, los preservó cuando eran perseguidos. O sea, la sociedad argentina no se contaminó tanto. Recuerdo cuando la dictadura prohibió ciertos libros, por nombrar uno, El Principito, también la matemática moderna, la gramática estructural. Para ellos todo era subversivo. Transformaron la escuela en una payasada porque los cánones educativos se perdían y nosotros éramos el vehículo de eso.









 

 

 

EL REENCUENTRO CON SU NIETO
 

Como el embarazo de su hija era tan reciente, Estela pudo confirmar el nacimiento de su nieto gracias a una testigo que había estado secuestrada con Laura.
 

En 1980 el Papa Juan Pablo II vino a Latinoamérica y viajamos dos Abuelas a Brasil para verlo, gracias a la ayuda del arzobispo Monseñor Arms. Fue ahí donde me enteré de que Laura había estado en un centro clandestino de detención conocido como La Cacha, que hoy es un Sitio de Memoria. Una pareja de exiliados a los que les preguntamos dónde habían estado, qué recordaban, contó que una chica llamada Rita había tenido un varón, al que se habían llevado para entregárselo a la mamá, había sido liberada dos meses después, el 25 de agosto del ‘78... Me di cuenta de que estaban hablando de Laura, por los datos y porque sabía que le decían Rita. Cuando les dije que no, que en realidad la habían asesinado, me relataban que no podía ser porque la habían hecho cambiar de ropa para encontrarse con su familia. Pero no. A pesar del dolor, volví con la certeza de que tenía un nieto varón y dejé todo desde entonces para empezar a buscarlo. La Plaza de Mayo ya es el mundo, porque lo que buscamos, nuestros nietos, están desperdigados por todo el mundo.
 

Fueron pasando los años y ese anhelo se convirtió en una búsqueda colectiva que la destacó como una referente mundial en la lucha por los Derechos Humanos. Pero el destino quiso que fuera su nieto quien la encontrara a ella. En junio de 2014, Ignacio le envió un mail a las Abuelas de Plaza de Mayo contando que se acababa de enterar de que quienes siempre había considerado sus padres biológicos no lo eran y a mediados de julio se presentó en la sede de la institución porque sospechaba que podía ser hijo de desaparecidos. Después de entrevistarlo lo recibió la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) que dirige Claudia Carlotto y se encomendó que le hicieran análisis de sangre para cruzarlos con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos. Así, el 5 de agosto de ese mismo año, los resultados confirmaron que era hijo de Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya, convirtiéndose en el nieto N° 114.
 

Ignacio Montoya Carlotto fue criado en el paraje rural Colonia San Miguel de Olavarría y cuando cumplió 12 años sus padres de crianza decidieron mudarse a la ciudad para que él pudiera estudiar música. Desde entonces, desarrolló su carrera artística y llegó a tocar en Música por la Identidad antes de conocer su origen.
 

Estela, ¿cómo se dio el encuentro con él?
 

El 5 de agosto de 2014 estaba trabajando junto con Raúl Porchetto, organizando una actividad de Arte por la Identidad, cuando recibí el llamado de la jueza María Romilda Servini de Cubría para darme una noticia. La fui a ver y me contó que el análisis de un joven había dado positivo con mi familia, por lo que era el nieto que tanto había buscado. Y yo, que soy tranquila y hablo despacio, empecé a pegar gritos de alegría. Salté y me abracé con ella. Fue un momento inolvidable, como una luz de ese milagro que por fin estaba sucediendo. Este encuentro me dio una cuota de felicidad enorme, que es incompleta porque falta Laura, pero sé que desde alguna estrellita nos está iluminando.
 

En la conferencia de prensa que se organizó para presentarlo, Ignacio expresó la profunda emoción que había sentido al conocer su nueva identidad. Me parece maravilloso y mágico todo esto que está pasando y quisiera que esta situación que hoy me toca vivir sirva para potenciar la búsqueda de otros nietos y que todos entendamos la importancia que tiene cerrar las heridas que se han abierto hace tanto tiempo. Tengo la suerte de ser parte de este pequeño proceso de cicatrización. Siento una gran admiración por toda la gente que trabaja para restituir la identidad de tantas personas. Más allá de que no tuve nada que ver con Abuelas, mi vida artística, docente y cotidiana tuvieron siempre un tinte cercano a lo que pregonan las Abuelas. Comparto su idea de comunidad y de construir con los elementos que uno tiene a mano un mundo mejor.

 

 

EL RECUERDO DE LAURA
 

Yo tuve cuatro hijos: Laura y Claudia, las dos mujeres mayores; luego Guido y Remo, los dos varones que les seguían. Una familia bastante grande. Y me tomaba el tiempo para atenderlos junto con mi esposo, que era un pequeño comerciante químico. Tenía muy buena relación con todos ellos. Siempre digo que los educamos con mucha libertad. Los escuchábamos, no éramos de esos padres castradores que dicen: ‘No, de eso no se habla; eso no se hace’. Les decíamos: ‘A ver, contame’. En la década del 70 mis hijas eran adolescentes y les tocó una etapa histórica muy movida en la cual la juventud empezaba a decir públicamente lo que pensaba. Laura ya estaba en la universidad, donde comenzó su militancia política estudiantil. Conformaba un grupo de estudiantes universitarios que criticaban tanto al gobierno constitucional que realizaba homicidios y secuestros, como luego a la dictadura. Hablábamos mucho, le aconsejábamos, teníamos miedo de que le pasara algo, a veces le decíamos que no lo hiciera y ella nos explicaba por qué iban a continuar haciendo una política universitaria contra ese gobierno de facto.
 

¿Cuál fue el mejor momento que pasó con ella?
 

Durante el noviazgo con quien fuera después mi marido, soñábamos con una hija que se llamaría Laura. Era un sueño romántico a partir del título de una película de época muy linda que habíamos visto, con una melodía que me acompaña hasta hoy en día. Por eso, el mejor momento que viví con ella fue cuando nació, el 21 de febrero de 1955. Lo primero que miré fue si estaba sanita, que es lo que hacemos todas las mamás con nuestros hijos. ¡Era linda! Siempre digo que Laura fue una joven que vivió apurada, más rápido que el común de la gente. Se puso de novia a los trece años con un muchacho de 18. Nosotros le decíamos que era grande, pero ella me respondía: ‘Mirá mamá, hay dos opciones: que te mienta y lo vea igual o que aceptes que yo estoy enamorada de él’. Y yo le contesté: ‘Acepto y te acompaño, te entiendo’. Luego, se casó muy joven, a los 18, tuvo dos embarazos que no llegaron a término y, lamentablemente, perdió los bebes en esos intentos de maternidad. Después, empezó su militancia fuerte, apurada también. Quería hacer todo rápido, parecía que sabía que iba a vivir poco y tenía que dejar mucho. Y fueron muy buenos momentos los que viví con ella, acompañándola en sus sueños, en sus ilusiones y también en la construcción de una militancia que asumió con gran compromiso, sabiendo, incluso, que podía morir. Creo que sus 23 años fueron todos muy buenos para mí.
 

¿Cómo era de niña?
 

Fue una buena alumna. Tenía responsabilidades y era muy, muy madura. De mucho carácter, cuando quería una cosa y creía que era justo, la defendía a ultranza. Además, era muy coqueta, le gustaba arreglarse y era una hija amorosa, una hija excelente que solo me dio satisfacción.
 

Laura estaba estudiando el profesorado de Historia cuando la secuestraron.
 

Ella egresó como bachiller y comenzó a estudiar el profesorado de Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Es decir, que ella quería ser profesora de historia, pero no pudo terminarlo porque la secuestraron y asesinaron.

 










 


LA LUCHA DE LAS ABUELAS
 

Cuando llegó el golpe militar no sabíamos lo que pasaría. Pensábamos que era una dictadura más. En nuestro país, desde 1930, justamente el año en que nací, hubo permanentes dictaduras cívico-militares. Las llamamos así porque a los militares los acompañaban civiles que interrumpían el proceso democrático del presidente elegido constitucionalmente. Así llegó, en el 76, esta dictadura con un proyecto siniestro. Pronto nos dimos cuenta de que las cosas eran muy distintas y tuvimos miedo. Secuestraron a 30.000 personas de todas las edades. Chicos y jóvenes, como los de la llamada ‘Noche de los lápices’ de la ciudad de La Plata, donde niños de 13 o 14 años que estaban pidiendo por el boleto escolar fueron secuestrados y desaparecidos. Se llevaban a todos, grandes, chicos, ancianas que estaban de visita en una casa, no importaba. Y robaban niños. Eso fue lo más siniestro que hizo esa dictadura. Pero una mamá da la vida por su hijo. Es lo más sagrado que tenemos. Y con esa fuerza, pudimos vencer el miedo, la incertidumbre, el dolor y transformar las lágrimas en lucha. Salimos a hacer lo que debíamos: buscar a nuestros hijos y que la sociedad conociera lo que estaba pasando. Corríamos el riesgo de ser secuestradas, pero eso no nos importaba. Había que buscarlos por cielo y tierra. Ninguna Abuela desapareció. Sí, en cambio, fueron secuestradas y desaparecidas Madres.
 

Estela ingresó en la asociación Abuelas de Plaza de Mayo en 1978. En este camino, se transformó en la voz de las Abuelas, levantando las banderas de la Memoria, la Verdad y la Justicia y ejerciendo la presidencia de la organización desde 1989. Por su inclaudicable lucha, obtuvo numerosas distinciones nacionales e internacionales. Entre ellas, la Orden de la Legión de Honor del Gobierno de Francia, el premio ‘Defensor de la Democracia’, otorgado por la Acción Global de Parlamentarios; el premio ‘Liderazgo en el interés superior del niño’ de Unicef; la Orden del Mérito en el grado de Comendador de la República Italiana y varios doctorados Honoris Causa de universidades nacionales e internacionales.
 

La búsqueda de los nietos ha sido muy ardua, sobre todo en los casos de las mujeres que fueron raptadas estando embarazadas tuvieron a sus hijos en cautiverio sin que las familias pudieran conocer a los bebés. Esto dificultó la tarea de encontrarlos, ya que no había fotos o indicios que permitieran conocer su verdadero destino.
 

¿Cómo hacen para encontrar a los nietos?
 

Es dificilísimo, los robaron cuando eran bebitos, recién nacidos, se los quitaron a las mamás. Mi hija Laura tuvo su bebé en una cárcel clandestina. Ahí nació mi nieto y se lo dejaron tener sólo unas horas. Por suerte hay personas en la sociedad que nos ayudan en nuestro trabajo de investigación. Los primeros tiempos éramos nosotras las que investigábamos, en algunos países nos llamaban ‘agente 007’, decían: ‘Ustedes son detectives’. Ahora es mucho más serio. O sea, si alguien nos cuenta dónde puede haber un nieto, ahí vamos, averiguamos, siempre con mucho respeto y cuidado. También se da que como ahora esos chicos ya son grandes, a veces ellos mismos dudan de quienes dicen ser sus padres. Entonces muchos vienen a la Casa de las Abuelas a buscar su identidad. Y ahí entonces se conversa y se investiga. Y hay una cosa que es fundamental: el examen de sangre. La herencia de la sangre de papá y de mamá no puede cambiarla nadie. Como ellos no están, usamos la sangre de las abuelas y los abuelos para identificarlos, y es un examen seguro, irrefutable, que no engaña, que no miente y nos garantiza que ese chico es un nieto encontrado. Estas son las metodologías que tenemos las Abuelas para recuperar a nuestros nietos.
 

El reencuentro con los primeros dos nietos, Anatole Boris y Victoria Eva Julien Grisonas, se dio del otro lado de la cordillera y fue muy gratificante.

¿Cómo reaccionaron cuando encontraron al primer nieto?
 

Fue hace mucho, en 1979. Eran dos hermanitos de papás uruguayos y los encontraron en Chile, donde habían sido llevados y abandonados en una placita para que los agarrara quien quisiera. Y los encontró la Justicia de Minoridad. Les buscó una familia adoptiva, ya que no sabían que eran chicos buscados. Los crió un matrimonio muy bueno, de esos que quieren dar amor y que con toda la ley de su lado crían una criatura como si fuera su hijo propio. Cuando la abuelita supo que estaban ahí voló a Chile y se volvió a encontrar con ellos. En ese caso, su abuela los conocía ya que no nacieron en cautiverio, así que no hubo necesidad de identificarlos. Se sabía que eran Anatole y Victoria. Los conocimos mucho después, ya siendo grandes. Y cada vez que hay alguna reunión o un festejo en la Casa de las Abuelas, ellos viajan desde Chile –porque viven ahí todavía– a visitarnos y comparten con los demás nietos recuperados la fiesta que hacemos en Abuelas.

Tras la recuperación de la democracia, los organismos de Derechos Humanos coincidieron en que, a partir de entonces, debía ser el Estado el que buscara a los desaparecidos –el término ya había sido acuñado en toda Latinoamérica–. Mientras que su rol sería el de colaboradores en la tarea.

Los primeros tiempos del alfonsinismo fueron muy buenos, se llevó a muchos militares a juicio y nosotros sumamos todos los elementos que pudimos juntar. Era espeluznante verlos. Yo, al igual que otras Abuelas y Madres, fui testigo. No nos dejaban entrar con el pañuelo y la prensa no tenía acceso. Fue duro pero muchos fueron condenados.

Por entonces se creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) pero, en contracara, los juicios a los genocidas no llegaron a abarcar todas las líneas de mando y quedaron congelados por la sanción de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Entonces nos dimos cuenta de que no se termina de un día para el otro con una dictadura tan feroz.

Luego, durante el gobierno de Carlos Menem, los organismos le solicitaron al Poder Ejecutivo vía libre para formar una comisión dentro de la Conadep, integrando al gobierno, para que el Estado colaborara con la tarea de las Abuelas de Plaza de Mayo. Amnistía Internacional nos ayudó mucho desde el comienzo y así se dio el nacimiento de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi). Luego, durante el gobierno de Nestor Kirchner logramos que se anularan las llamadas ‘leyes del perdón’ –Obediencia debida y Punto final–.

¿Qué sienten las Abuelas ante un nuevo nieto restituido?

Cada encuentro es una alegría, un milagro que se produce. En la Casa de las Abuelas tenemos paneles con las fotografías de nuestros hijos, en algunos casos con algún bebito en los brazos, que es el bebé que desapareció. De repente ese bebé que duerme en brazos de la mamá es ese hombre o esa mujer que está frente a nosotros, es como un milagro de resurrección. Abren un camino de verdad y para nosotros es un triunfo frente a lo que pretendían los militares, que era que nosotras no los busquemos, que no los encontremos. Es ganar una lucha, darles la libertad. Es recuperar su identidad. Comienza a saber cómo se llama, quién es su mamá y su papá, quiénes son sus abuelos verdaderos, hermanos, primos, y se encuentra con una vida propia, no la que le dio la dictadura.

La alegría de encontrar un nuevo nieto es indescriptible. Estela narra cómo las Abuelas se preparan para cada reencuentro, depositando toda su alegría y renovando la esperanza para seguir luchando sin descanso.

Cuando encontramos a un nieto es una fiesta. Las Abuelas somos alegres, tenemos ganas de vivir y de encontrar más vida. Vienen todos los chicos que están trabajando con nosotros, para hacer el brindis en honor a ese nuevo nieto que hemos encontrado y que es el nieto de todas, porque todas lo buscamos. Nos abrazamos porque es el triunfo de la verdad sobre la mentira, de la vida sobre la muerte. Sobre todo es romper con el plan siniestro de la dictadura que pretendía que nuestros nietos nunca conocieran a su familia. Ellos creían que los iban a criar como ellos querían y no lo consiguieron. Por eso, cada vez que aparece uno, nace un nuevo chico en la libertad y para nosotros es la confirmación de que hay que seguir. Ha pasado que muchos nietos no nos querían conocer porque les habían dicho que éramos unas brujas, pero se encuentran con amor, comprensión, cariño. Los queremos tanto, por eso los buscamos, para hacerlos libres, para que recuperen sus derechos. Y en este caso, el derecho a la identidad, porque cada uno nace de una mamá y un papá y no de otro lugar. Y ahí debe vivir o, si no puede vivir ahí, tiene abuelas, tiene tíos, tiene familia y nunca un niño debe ser sacado de ese lugar que es en el que le corresponde vivir. Y debe tener un nombre. La identidad es todo eso.

La búsqueda continúa porque aún quedan por encontrarse alrededor de 400 nietos. Pero como relata Estela, ya no son sólo las Abuelas las que los están buscando si no toda una sociedad comprometida e informada que ha adoptado su legado.

Los militares creían que nos íbamos a cansar pronto porque somos mujeres. Pero hemos construido una institución súper reconocida y hemos sabido caminar todos estos años, con momentos buenos y malos, siempre construyendo. Y descubrimos la fórmula para encontrar a los nietos, que es el Banco Nacional de Datos Genéticos. Seguro que por la edad que tenemos las Abuelas no vamos a terminar todos los encuentros, pero ya tenemos el relevo. Los nietos recuperados que pueden están con nosotras trabajando por encontrar a los que ellos llaman ‘sus hermanos’. Este país está aprendiendo que la memoria no debe borrarse. Hay que recordar para que esto no vuelva a pasar.

Como se relató anteriormente, la búsqueda sigue intacta pese a las numerosas dificultades que las Abuelas tuvieron que sortear en su camino y, aún hoy, continúan sobrellevando.

¿Cuáles son los obstáculos en su tarea?

Primero, los que robaron los nietos saben dónde están, pero no hablan, no confiesan, no se arrepienten. Están siendo juzgados por esos crímenes por la Justicia, pero no dicen nada, no nos ayudan a encontrarlos. La otra dificultad es que hay gente que sabe algo porque fue testigo, por ejemplo, de que una vecina cuyo esposo era uniformado apareció con un bebé sin dar explicaciones. Se conoce lo que hicieron, pero tienen miedo y no hablan. En esos casos se necesita celeridad, ya que estamos buscando seres humanos, estamos frente a una persona a la que es necesario devolverle sus derechos. Pero la Justicia actúa, a veces, sin entender que hay que hacer las cosas rápido porque se nos van los años. Cuando un gobierno constitucional tiene a los Derechos Humanos como bandera, como meta, como necesidad, se hace más fácil y se consiguen muchas cosas en menos tiempo.

 


 

EDUCAR EN LA MEMORIA Y EN LOS DERECHOS HUMANOS
 

Estela recupera la importancia de visitar las instituciones educativas para que los chicos y chicas puedan conocer lo acontecido en nuestro pasado reciente desde una fuente directa, aprovechando la riqueza que ello implica.

No se les puede decir ‘No, de eso no se habla’. Cuando, por ejemplo, preguntan quiénes son las Abuelas, les tienen que responder; o cuando preguntan qué pasó en la época de la dictadura, los padres y los maestros tienen que contestarles. Los niños están en formación democrática, por lo tanto, tienen el derecho de que todos les resolvamos esas dudas. Por eso las Abuelas visitamos mucho las escuelas primarias, secundarias y las universidades, para hablar con los que tienen derecho a saber. Necesitan conocer la verdad. Ahora bien, esa verdad debe ser dicha con respeto, sin mortificarlos, sin torcerles la imaginación. Y diciéndoles siempre que la violencia no sirve, que hay que hacer las cosas en paz.

Los Derechos Humanos abarcan múltiples aspectos de la vida social que deben ser resguardados y garantizados para que todos los individuos vivan en plena libertad de acción y pensamiento. En esta línea, Estela ha defendido a lo largo de su vida la vigencia plena de estos Derechos, tanto en sus palabras como en sus actos.

Hay una Convención por los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes que está en la Constitución de nuestro país desde 1994, que obliga al Estado –y el Estado somos todos– a cumplir lo que dice. Esta ley es completa, abarca todo lo que el niño necesita para ser feliz y eso es una obligación de todos los adultos. El niño no puede trabajar, debe comer todos los días, estar con papá y mamá, venir a la escuela, tener una casa cómoda y padres que puedan trabajar, poder jugar y tener momentos de ocio, porque el descanso es parte de la vida. Cuando un niño en este país rico y extenso se muere de hambre es la violación más terrible a los Derechos del Niño. Cuando el niño tiene que comer basura, se está violando su derecho a la vida. Esos derechos se deben cumplir y cada uno de nosotros tiene que hacerlo. Entonces, para que esto no pase en ningún lugar del mundo, y en particular en la Argentina, cada uno de nosotros tiene que ser solidario y colaborar. Si yo tengo y el otro niño no tiene, ¿por qué no voy a compartir?, ¿por qué no lo voy a ayudar? Formar alumnos sólo en el saber no sirve si no se acompaña con una formación humana y moral que nos enseñe a compartir y escucharnos, que nos prepare para la tolerancia con el diferente y para ayudar al que no tiene. Enseñar todo esto, es la labor de la escuela.

Es importante identificar el rol de la escuela y también el de los docentes para ver cuán importantes son en la reproducción y garantía de los Derechos Humanos.

¿Cuál es el papel del sistema educativo en la defensa de los Derechos Humanos?

Los maestros de vocación tenemos un rol muy importante que es el de recuperar el bienestar para el país desde la enseñanza. Decimos que lo que hace falta para corregir tantos males son la cultura y la educación, ya que son lo que promueve el cambio de conductas. Todos asumimos nuestro lugar como ciudadanos y decimos qué es lo que está mal y qué es lo que está bien. Pero la maestra, el maestro, el formador de esos jóvenes o niños es quien tiene que transmitirlo desde el amor y con la seguridad de que la enseñanza le otorga el sello que necesita cada persona, con sus particularidades. Los niños no son iguales y hay que comprenderlos y acompañarlos. Felizmente, la historia me ha permitido estar y ser parte de la formación docente en Derechos Humanos, para preparar a los futuros docentes en cómo tienen que enseñarlos, que no se remiten solamente a los desaparecidos, sino que está relacionado con el ser solidario, pensar en el otro, compartir y el respetar al diferente, a los mayores, a los profesores. Enseñarle al chico con paciencia el camino si es que se torció, para que sea un hombre o una mujer de bien. El maestro tiene que despojarse de su ideología para poner en práctica la ley. Debe enseñar la historia reciente, las consecuencias de esa dictadura y tratar de repararlas para que todos recuperen la dignidad. Enseñarle a hacer sus propias cosas, dejando de lado el consumismo. Y que no se deprima ante la falta, sino que se rebele contra eso.

La joven democracia es la clave vital de un escenario de cambio. Su recomposición y fortalecimiento no debe ser sólo una tarea de aquellos organismos que defienden los Derechos Humanos si no, de la sociedad en su conjunto.

Estamos en un camino democrático, en el que se debe reconstruir un país destrozado. La última dictadura, más todas las anteriores, dejaron un país sin cultura democrática. Cada golpe de Estado no era cuestionado por la mayoría, salvo estudiantes y obreros. A esto hay que sumarle la economía maltrecha, la pobreza, la cultura destrozada, la salud mal atendida. O sea, dejaron un caos que hubo que recomponer. Ni hablemos de Malvinas que dejó su lastre de dolor y de muertos. En los primeros años de democracia lo que había que hacer era estudiar la realidad para darle la nueva estructura de una Argentina digna, una Argentina con justicia social, que se fue haciendo con sus defectos y sus virtudes. Pero falta mucho, falta mucho todavía. El Estado tiene que cumplir con sus obligaciones, pero la sociedad civil, también tiene que colaborar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

EL LEGADO DE ESTELA
 

Luego de tantos años de búsqueda, Estela continúa con las mismas fuerzas que en un comienzo y con el reconocimiento ganado tanto a nivel nacional como internacional por su trayectoria destacada e inclaudicable. Y sigue siendo Laura quien la guía a cada paso.

¿Quién la inspira para seguir luchando después de tantos años?

Fundamentalmente mi hija Laura. Porque recuerdo cada una de las palabras con la que nos convencía a su papá y a mí de que lo que estaba haciendo era lo justo y lo que debía hacer a pesar de que supiera que podía morir. Llevo el dolor en el corazón, pero también un gran orgullo, porque con sus 23 años dejó todo por el otro y quiso un país feliz. Ella quería que no hubiera pobreza, que todos tuvieran una infancia linda. Yo pienso en ella, me acompaña, me da fuerza. Me inspiran también mis otros tres hijos. Están todos luchando por lo mismo. Por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Y mis nietos que están juntos, en familia. Y también mis compañeras, las Abuelas, cada una con su historia. Y tanta gente de este bendito país, porque cada abrazo significa amor, calor y fuerza. Todo eso me inspira.

Estela y las Abuelas hicieron un aporte destacadísimo para que la sociedad avanzara en la convicción de la defensa de los Derechos Humanos y en el desafío por promover la Memoria, la Verdad y la Justicia. En ese camino, continúan en la búsqueda de un mañana mejor.

Pero hay algo que me ayuda más todavía, y por lo que seguiré trabajando mientras pueda, que es el anhelo de dejar una Argentina mejor. Donde los niños y los jóvenes, que son la preocupación de las Abuelas, crezcan libres, sin miedo de pensar, de participar ni de hablar. Y que sus papás tengan trabajo para que puedan comer todos los días. Queremos dejar un país más digno para el futuro. Todo eso me da fuerza para seguir y, mientras tenga vida, acá está Estela.

¿Cuál es su meta con las Abuelas de Plaza de Mayo?

Seguir. Hay abuelitas que ya no están, otras ya están muy viejitas, pero las que estamos seguimos organizando reuniones para conversar de lo que hay que hacer en la Comisión Directiva de la que yo soy presidenta desde 1990, pero en la que soy una Abuela más. Yo siempre digo, un poco en broma que ‘cada vez hay más bastones’. También es cierto que cada vez nos sentamos más juntas y nos decimos ‘Hablá más fuerte que no te oigo’. Estamos envejeciendo en la lucha. Mi meta y la de las Abuelas es seguir encontrando Verdad, Justicia y Memoria. Esa es la lucha.



 

PALABRAS FINALES
 

Las Abuelas seguimos trabajando porque falta mucho por hacer, muchos nietos por encontrar, y porque falta mucho de lo que queremos dejar. En este sentido, qué bueno que es ir a una escuela y hablar con los chicos sobre todo lo que pasó, para que no vuelva a ocurrir. Saben que vamos a dejar la vida en esto, pero que ellos tienen que ser ciudadanos activos. Aunque sean chicos, tienen que estudiar porque al que sabe no lo engaña ningún vivo. Y les aseguro que lo mejor es reunirse: en torno a un deporte, a un arte, a un estudio... pero siempre es bueno estar unidos para activarse. Lo importante es que no se aíslen y participen de lo que les gusta con sus compañeros, porque así seguramente se van a sentir muy bien. Sean siempre buenas personas. Respeten a sus maestros, a sus mayores, al otro, al diferente. Valoren la libertad y defiendan la democracia junto con sus familias.