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Horacio César Pietragalla Corti
Nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo

Horacio, hijo de Liliana Corti y Horacio Pietragalla, nació el 11 de marzo de 1976, unos meses después de que su padre fuera asesinado en Córdoba. Vivió con su madre hasta agosto de 1976, cuando fue asesinada en un operativo en Villa Adelina. Inmediatamente, Horacio fue llevado a la Clínica Mayo y a la Brigada Femenina de San Martín donde aguardaban los niños secuestrados para ser ‘colocados’1 en familias desconocidas. Fue apropiado por el cuñado del Teniente Coronel Herman Tefzlaff, quien ya se había apropiado de una niña nacida en 1976. Al poco tiempo, la familia no quiso quedarse con él y fue la empleada doméstica quien se ofreció a criarlo.

En ese tiempo, Abuelas ya había incorporado su caso a una causa ante el Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional N° 1. Durante veintisiete años se le sustrajo su identidad, otorgándole una partida de nacimiento ilegal con datos falsos. Anotado como César Sebastián Castillo nacido el 22 de mayo de 1977, fue criado en Lugano por una familia que no era la suya.

A los catorce años comenzaron sus dudas más profundas: ‘Lo más impresionante es encontrar las cosas de uno en alguien, lo que me preguntaba era: a quién me parezco’. En 2002 se acercó a la CONADI1 para revelar sus dudas. Mediante un análisis de ADN, el 11 de marzo de 2002, se confirmó que Horacio era hijo de Horacio Pietragalla y Liliana Corti. Ese mismo 11 de marzo era también el día de su verdadero nacimiento.

Horacio es el nieto restituido N° 75 y desde el día en que recuperó su identidad, lucha junto a las Abuelas para que otros jóvenes como él puedan recobrar su verdadera identidad.

Horacio logró recuperar los restos de ambos padres asesinados.

Yo quería descubrir quiénes eran mis padres porque conociéndolos a ellos podía conocerme a mí. Pero después me di cuenta de que la mejor manera de terminar de conocerlos era mirarme en el espejo y descubrirme a mí mismo.

 

LA HISTORIA DE HORACIO

Horacio es el nieto número 75 restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo. Así presenta su historia.

Mi nombre es Horacio Pietragalla Corti. Soy hijo de Horacio Pietragalla y Liliana Corti. Desde hace nueve años nada más, me puedo presentar de esta manera porque antes me llamaba César Sebastián Castillo, ya que ése era el nombre que me habían puesto las personas que me apropiaron. Mi nombre verdadero es el que me puso mi mamá apenas nací y es Horacio porque así se llamaba mi papá. Mi papá había sido asesinado cuando mi mamá estaba embarazada. A partir de ese momento, mi mamá entra en la clandestinidad, es decir se muda y se cambia el nombre porque sabía que podían perseguirla y secuestrarla. Cuando yo tenía cinco meses de vida hay un operativo de las fuerzas conjuntas que entran en su casa y terminan con su vida. Yo me salvé porque mi mamá me deja en una bañera. En ese momento, a mí me llevan a la Casa Cuna y ahí permanezco hasta que me apropian, me dan otro nombre y me anotan como hijo propio de un matrimonio. Cuando matan a mi mamá, mi familia biológica pierde mi rastro y ellos por su parte comienzan con la búsqueda.

Sus dudas comenzaron a partir de la adolescencia cuando empezó a sentir diferencias con su familia.

Mido casi dos metros y era muy distinto a mis padres que son de baja estatura. Además, era diferente cómo me desenvolvía en la vida. Yo era recontra extrovertido y ellos son muy introvertidos. Además, mi hermana de crianza tenía una historia de su nacimiento que se contaba en cada cumpleaños. Mi mamá rompió bolsa en el taxi y nació así. Toda una historia. El día que yo cumplía años sonaba un grillo porque yo no había nacido de ella y no había ninguna historia para contar.

En esa búsqueda de sí mismo y de saber más acerca de su historia, Horacio acercó sus dudas a las Abuelas.

Éramos muy diferentes con mi familia ellos eran personas del norte muy cerradas y yo nada que ver. Y esas cosas también generan ruido. En la adolescencia, nos queremos diferenciar de nuestros padres. En ese querer diferenciarnos empezamos a pensar que podríamos haber sido adoptados, pero cuando te mirás al espejo y ves los mismos rasgos que tu mamá o tu papá, te das cuenta que no lo sos. Yo me miraba y no veía nada parecido. Empecé a vivir con esas dudas durante mucho tiempo. Después de casi diez años, me animé a ir a Abuelas. Siempre intenté buscar información en los vecinos, en mi barrio.

Esas dudas se hicieron más fuertes y fueron el motor para un nuevo camino: el reencuentro con su verdadera identidad.

Llegaba a mi casa, prendía la tele y veía a las Abuelas. Sentía que me estaban persiguiendo. En ese momento tenía una novia y la persona que me crió le dijo que cuando ella se muera se venía una noticia fuerte. Y cuando me lo contó me decidí a ir a la CONADI. La CONADI tiene el poder de pedir al hospital la partida de nacimiento de alguien. Tiene el poder de exigirla. Entonces me acerqué a preguntar por mi identidad y a la semana y media me citaron. Ahí les manifesté todas mis dudas. Cabe aclarar que, el teniente que era mi padrino, se llevó a una nena, Victoria. Ella recuperó su identidad mucho antes que yo. La causa judicial empezó en el ‘95 pero ella no quería saber nada con su historia. A mí no me crió un militar que me inculcó una ideología. A Victoria le contaron una historia que no era la verdadera. Después ella tuvo que entender que los militares habían sido los asesinos de sus padres. A muchos de los compañeros les cuesta romper con todos esos años de mentiras.

El 2001, fue una bisagra para los argentinos. Atravesados por una de las mayores crisis socio-económicas, la sociedad salió a las calles interpelada por distintas circunstancias. Más allá de cada caso, el 2001 marcó un quiebre que incidió en cada una de las individualidades, incluso en la de Horacio.

La crisis del 2001, nos tocó adentro a cada uno. En esa introspección me empezó a salir la duda a flor de piel. Cansado de lo que pasaba en el país, con mi pareja pensamos irnos a vivir a Brasil. Hicimos de todo para irnos, pero antes quería saldar esa historia. Cuando fui al hospital para hacerme el análisis, mi novia de ese momento se metió en Internet en la página de Abuelas y buscando caso por caso encontró una foto de una mujer. ¡Era yo con peluca y busto! Era un bebé y era muy parecido. Cuando miré la foto fue increíble porque por primera vez me encontraba parecido a alguien.

Las dudas no eran sólo suyas. Vecinos, amigos, familiares buscaban encontrar la verdad en distintos espacios.

Bueno, cuando yo me acerco a las abuelas, me cuentan ellas, que ellas también se estaban acercando a mí. Incluso una profesora también sospechaba que yo podía ser hijo de desaparecidos. Y montón de gente y de vecinos que también sospechaban.

Gracias a la búsqueda y movilización personal de Horacio, el examen de ADN y el descubrimiento de su verdad, fue más rápido de lo esperado.

Cuando me fui a hacer el análisis genético le mostré a la genetista y le dije: ‘mirá, soy yo con peluca, así que cotejálo con este grupo familiar’ y fue así que en quince días, nada más que en quince días, me dieron el resultado y me dijeron que era hijo de Liliana Corti y Horacio Pietragalla.

 

EL RECUERDO DE SUS PADRES

Yo quería descubrir quiénes eran mis padres porque pensaba que conociéndolos a ellos me conocía a mí. Todas las noches cenaba en distintas casas de compañeros porque cada uno me contaba cosas distintas. Fue importante ese aporte. Igual, yo sentía un vacío, y por más que me contaran, sentía como que no los iba a terminar de conocer. Me angustió un montón. Sentir esa sensación es bastante feo.

En sus relatos, Horacio da cuenta de la militancia de sus padres y de lo importante que es transmitir esta historia, para que se revalorice la posibilidad que se tiene hoy en día, de comprometerse y militar con total libertad.

Mis viejos eran militantes políticos. Estaban militando en Montoneros y era una organización político militar. Si los chicos que ahora luchan para que los colegios sean dignos o por una vivienda hubiesen estado en los 70, seguramente hubiesen sido desaparecidos.

El compromiso político en los 70 marcó un hito en nuestro país. Se presentía la posibilidad real de poder cambiar las cosas, de pelear por una sociedad más equitativa.

Había gente comprometida políticamente. Mis viejos estaban políticamente comprometidos: mi mamá estudiaba Psicología y mi papá Ciencias Políticas.

En sus palabras, Horacio encuentra esencial transmitirles a los jóvenes el mensaje y su deseo inagotable de justicia, que es una de las principales garantías para el desarrollo de toda sociedad democrática.

Eso es lo que nosotros no queremos que se cometa más. Si mis padres se equivocaron en algo, los militares tendrían que haberlos encarcelado y haberles hecho un juicio. Como hoy estamos haciendo nosotros con los militares. Éste es un Estado democrático en donde estamos juzgando a los militares para que paguen por los delitos que cometieron. Nosotros no nos tenemos que olvidar nunca porque es importantísimo. Ustedes van a escuchar que los terroristas ponían bombas en todos lados y que los militares eran buenos, que los militantes eran malos y viceversa. Queremos que haya justicia siempre. Hay cuatrocientos jóvenes que pasaron lo que pasé yo.

Fue a través de la militancia, que Liliana Corti y Horacio Pietragalla, pudieron canalizar el dolor de perder dos hijos y ayudar a quienes más lo necesitaban.

Mis viejos tuvieron un hijo que nació y se murió. Después también tuvieron a María Eva que murió en el parto. Ese dolor que les generaba la pérdida de dos hijos lo sanaron con la militancia. La militancia les reparó ese dolor. Fue el gobierno genocida el que los llevó a la muerte. ¿A quién no le gusta que una persona que no tiene un plato de comida lo tenga? Creían que la gente se merecía vivir mejor. Y por eso encontraban en la militancia el reparo al dolor que les había tocado vivir.

Horacio pudo encontrar los restos de ambos padres.

A mi viejo lo encuentran en Córdoba, lo tienen secuestrado y lo fusilan y prenden fuego en el costado de una ruta. Luego lo entierran como NN. También tuve la suerte de encontrar a mi mamá que estaba enterrada en Boulogne. Yo tengo la rara suerte de ser el único hijo que encontró los cuerpos, los restos de ambos padres. Me cansé de escuchar que están todos en Europa. Después de treinta años, todavía hay muchos familiares que no pueden enterrar a sus seres queridos. En este sentido, me siento un privilegiado.

 

RECUPERAR LA IDENTIDAD

Horacio Pietragalla pasó veintisiete años de su vida sin saber su verdadera historia. Con dudas e interrogantes, el destino lo encontró con Abuelas.

Desde que recuperé mi identidad elegí contar mi historia una y otra vez. En esta acción tan simple que es el relato encontré la forma de, por un lado, ir procesando lo que estaba viviendo y, por el otro, poder contar a la sociedad que esto existió, que acá estamos. Sin duda una de las cosas que más me gusta realizar, en consecuencia con lo vivido, es contar mi experiencia en escuelas primarias y secundarias, para que los sistemas educativos tengan en cuenta el relato vivo de protagonistas de problemáticas sociales y, en este caso, sobre la última y nefasta dictadura que nos tocó vivir a todos los argentinos. Esto es de máxima importancia para los jóvenes de hoy, ya que nos da la seguridad de que estas aberraciones no se cometan nunca más. También permite que una parte de nuestra sociedad que antes salía libremente a defender a los militares, pueda ser interpelada por un joven para recordarle que acá se cometió un genocidio. Por otra parte, es probable que en una de estas charlas pueda estar uno de los hijos de los nietos que buscan las abuelas y ellos ser los encargados de empezar a abrirles esa duda a sus padres.

Recuperar el nombre, aquel que eligió su madre y que coincidía con el de su papá, significó una marca importante en la reconstrucción de su historia. Un símbolo inicial que abrió camino a incontables relatos acerca de su propia vida.

Ese mismo día que conocí mi identidad, empecé a conocer a mi abuela. Estela me pregunta si quería conocer a mi familia y le dije que sí. La primera que entró fue mi tía y ni preguntó dónde estaba, me vio y vino directo a mí. Yo no lo podía creer. Me abrazó. Mi tía Marta me miró, se dio vuelta y se puso a llorar contra la pared. No podía creer el parecido con mi mamá. Fuimos a comer pizza a la casa de una tía. Inmediatamente, me sentí parte de esa familia, que era mi familia. Fue increíble sentirme parte de una familia. Cuando uno se encuentra con su sangre es inexplicable. Fue uno de los mejores momentos de mi vida.

En este recorrido por saber quién era realmente, surgen nuevos interrogantes que implican un mayor conocimiento de sus padres y de sí mismo.

Entendí que para conocerlos a ellos tenía que conocerme a mí. Todas esas dudas me sirvieron para poder seguir adelante. Cuando me miré al espejo terminé conociendo más a mis padres. Obviamente los nietos tenemos mucha terapia de por medio. Cuando recuperé la identidad me dijeron que tenía un año más. ¡Inmediatamente me salieron canas! Después tuve que cambiar todo, incluso toda la documentación.

El ir y venir entre su pasado y su presente, lo traen a recuerdos y anécdotas incluso compartidas con sus compañeros de distintas épocas.

Hace poquito nos encontramos con los compañeros de primaria y me dijeron: ‘Yo me acuerdo que una vez trajiste el Nunca Más para mostrarnos a tu padrino. Nos decías: Ahí está’. Yo siempre buscaba una responsabilidad de esa persona. Y lo encontré: como un genocida, un violador, torturador. ¿Qué culpa tenía yo de que hayan asesinado a mis viejos y que por eso me hayan separado de mi familia biológica? Debieron haberme entregado a mi familia en vez de regalarme como un objeto.

¿Qué edad tenías cuando el análisis dio positivo?

En mi caso es muy raro lo que pasó. Yo creía que tenía veinticinco años pero cuando recupero la identidad ya había cumplido los veintisiete años reales. ¡De pronto era más viejo! Porque yo nací el 11 de marzo de 1976 pero me anotaron con una partida de nacimiento falsa con fecha 22 de mayo de 1977. Es decir que nunca tuve veintiséis años, que es casualmente la edad de mi mamá cuando murió.

¿Cómo enfrentaste a la familia Castillo en un primer momento?

Cuando a mí me dan la orden de hacerme el análisis es la primera vez que les digo que estaba haciendo esto. Yo me acuerdo que ese día fue muy fuerte porque no se lo esperaban. Se pusieron nerviosos. Les dije: ‘Recuerden cómo fue, piénsenlo’ y me fui a la casa de mi novia. Es más, les di un día para que cuenten la verdad. Tenían miedo de que me pudiera pasar algo. Era muy difícil. Después de 26 años de mentiras es muy difícil creer. Tomé lo que me dijeron pero yo saqué mis conclusiones. Ellos tuvieron problemas judiciales. ¡Se robaron un bebé! Estuvieron detenidos casi un año. En parte sentía que me echaban la culpa a mí de lo que les pasó. Y era todo muy denso y yo quería salir bien de esto. Tenía que hacer algo positivo, desprenderme de todo lo que me hacía daño. Y me desprendí un poco de ellos. No entra en la cabeza de cualquiera que te traigan un pibe y no preguntas nada. No está bien. No es ético. Entiendo que no tuvieron la grandeza de pedirme disculpas por no decirme la verdad.

¿Volviste a hablar con alguien de la familia Castillo?

Sí, yo tengo una hermana de crianza y ella me lleva dos años. Ella fue tan engañada como yo. Ella ya tiene una hija y yo soy el padrino. Con ella tengo la mejor onda. A veces ella no entiende la decisión que tomé de no hablar con la gente que me crió. Desde el primer momento nunca más les dije mamá y papá. Mis padres son Liliana y Horacio. Entiendo que se equivocaron. Si ellos me hubieran dicho la verdad yo hubiese ido antes a Abuelas y podría haber abrazado a mis abuelos. Yo tengo una abuela que se suicidó y la otra murió por una enfermedad. A las familias también las torturaron de otra manera. A mi abuelo lo llamaban y le decían que tenían a su hijo en una comisaría. Con las familias también hicieron estragos.

¿Qué pasó con tu padrino?

Él estaba detenido cuando recuperé mi identidad. Ese caso salió a la luz antes. Pero estaba con una enfermedad en la cárcel. La pasó muy mal. Lo internaban a cada rato. Le dieron la libertad custodiada. Apenas recupero mi identidad, él ya estaba internado y al poco tiempo murió.

¿De parte de la familia Castillo tenías primos, tenías más familiares?

Sí, pero no era una familia muy unida. Mucho no se juntaban. Creo que el hecho de que yo estaba ahí produjo rupturas con la familia. Yo pienso que la familia de ellos también sabía que era hijo de desaparecidos. Yo me acuerdo que desde muy chico presencié muchas discusiones. Les trajo ruptura con su propia familia.

 

HORACIO HOY

El recorrer el pasado y hablar de tu historia. ¿Creés que te ayuda o ayuda los demás?

Es mutuo. No es acertado si yo digo que me ayudo a mí solo. Yo aprendí mucho en cada charla porque aprendo de mí mismo y de las preguntas de la gente. Aprendo a compartir. Es algo que me gusta mucho. Me gusta mucho estar, se ve que tengo algo de vocación en eso. De juntarme con la gente y contarlo. Y en su momento me ayudó un montón. Ahora tal vez no me ayuda tanto como en el proceso de digerir. Eso fue en el principio. Me parece que aporta porque son testimonios y necesitás de eso, testimonios vivos. Permiten ver que lo que se cuenta, existió realmente.

Tuve la predisposición de hacer el proceso y me enteré de cosas que le tuve que contar yo a mi familia y que ellos no conocían de mis padres. En ese proceso de búsqueda pudimos recuperar un montón de relatos de lo que fueron mis viejos. Por suerte pude conocer a muchos compañeros que quedaron vivos y familiares. Sus testimonios me sirvieron mucho.

¿Cómo ves la situación hoy?

Hay mucha gente que está interesada. Hoy de esto no se vuelve. Hay avances importantísimos. Que hoy un pibe pueda interpelar, me llena de alegría. Hoy si un tipo se anima en la calle a decir que con los militares estábamos bien, puede ser interpelado por un pibe de trece años que sabe qué pasó en la dictadura. De ahí la única posibilidad que queda es crecer. Podemos equivocarnos pero los errores nunca van a ser tan graves como los que cometimos antes del 2000. Hoy hay una reparación, están los juicios. Me parece que en la revisión de esa dictadura también se ve el modelo económico que había. Me arriesgo a decir que tampoco vamos a volver a esos años nefastos que tuvimos… Que el 24 de marzo sea Día de Reflexión Nacional, que el 22 de octubre sea el Día del Derecho a la Identidad y el 10 de diciembre el Día de los Derechos Humanos, impulsa a que en los currículums escolares se toquen estos temas más allá de las ideologías de los funcionarios de turno. Cuando se realiza una actividad en la escuela, después de dar mi relato lo que más espero son las preguntas de los jóvenes, el tener la posibilidad de estar frente a ellos y escucharlos. Poder responderles, sin duda, es una de las cosas que más me hacen crecer. Lo digo porque muchos de ellos, que son los hijos de la democracia, no se mantienen al margen de lo que pasó en los 70 y en la historia argentina, y sus reflexiones son dignas de un crecimiento no sólo como individuos sino también como un crecimiento social. Recuperar mi identidad es verdad. Siempre es positivo saber la verdad. Hoy tengo una hija que tiene seis meses y se llama Pietragalla. De otra forma, ella también tendría su identidad borrada. Ese relato es parte de esa identidad. Nos ayuda a reconstruir. Después están los casos de los jóvenes que no quieren acercarse por el temor y el miedo. Y muchos dicen que tenemos que dejarlos tranquilos. El Estado te está dando la herramienta de la verdad. Con esa herramienta podés actuar. Vos sos esta persona y tenés que seguir tu vida nueva. Ustedes mismos todo el tiempo van a estar eligiendo. Está demostrado por la cantidad de nietos que nunca quisieron hacerse el análisis y en donde la justicia intervino, que con el tiempo tienen algún contacto con su familia biológica. Desde el Estado hoy hay políticas. En su momento a las Abuelas las escupían en la Plaza y les decían que estaban locas, que sus hijos estaban en Europa.

Ustedes como nietos, ¿tienen contención sobre estos casos? ¿Hay un trabajo con ustedes?

Bueno, los nietos estamos todos vinculados a Abuelas. También está HIJOS. Ellos son hijos que siempre supieron que eran hijos de desaparecidos. Nosotros estamos comprometidos porque, lamentablemente, hay cada vez menos abuelas y hay muchos hermanos que todavía estamos buscando. Muchos militamos. Y dentro de los nietos hay de todos los aspectos políticos. Para cualquier caso, Abuelas tiene el Centro de Atención Psicológica por el Derecho a la Identidad. Antes de tener el resultado de ADN te brindan ese espacio. Sinceramente, entre nosotros somos más bestias, nos decimos las cosas más brutalmente. Nuestra parte terapéutica la dejamos para el Centro de atención psicológica.

 

PALABRAS FINALES

Yo siempre digo que para entender esa época hay que poner la mente en sepia. Uno no puede pensar la historia sin pensar en ponerse en ese contexto. Desde el hoy no la va a entender. ¿Qué años eran?, ¿Qué pasaba? No eran años como los de ahora. Nuestros padres no conocían la democracia porque habían vivido muchos años en dictadura. Había un compromiso para cambiar la realidad que los llevó a hacer muchas cosas. Hoy todavía estamos pagando lo que los militares dejaron. No solo desaparecieron personas físicas. Hay un montón de gente que perdió la oportunidad de vivir dignamente.