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NAIR AMUEDO DE MADDALENA Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora

Nair es la mamá de Patricia Rossana Maddalena de Romero, secuestrada y desaparecida el 28 de agosto de 1976 a los diecinueve años de edad.

Patricia nació el 1 de abril de 1957 y era la segunda de tres hermanos. De pequeña, ya sentía la necesidad de ayudar a los otros siguiendo el ejemplo de su familia. Al igual que muchísimos jóvenes de su época, Patricia compartía el compromiso político y social en la búsqueda por una sociedad más justa e igualitaria. En su adolescencia, dedicaba su tiempo libre a realizar acciones solidarias cuidando niños en hogares de tránsito o niños con discapacidad.

A los quince años, se casó con Juan Ramón Romero, ‘Tato’, y de ese amor nacieron dos hijos. El 28 de agosto de 1976, en un operativo ocurrido en Villa Tessei, Patricia fue secuestrada y desaparecida. Su esposo murió en aquel suceso y los dos niños de la pareja, de dos años y cuarenta y seis días respectivamente, fueron dejados en casa de unos vecinos pudiendo ser entregados a los abuelos.

Comenzó entonces la incansable búsqueda de su hija. Tiempo antes, en 1975, había sufrido la desaparición de su hermano Elios Amuedo, encontrando su cuerpo dos días después del secuestro. De esta forma, comenzó su lucha por la Verdad y la Justicia en la Organización de Familiares de Detenidos Desaparecidos por Razones Políticas. Luego, en 1977, se une a las Madres de Plaza de Mayo.

Como todas las Madres se caracteriza por una increíble perseverancia: ‘Nosotras, las Madres, decimos que mientras podamos caminar seguiremos en la Plaza de Mayo. Y confiamos en los hijos y en toda la sociedad para que siga la ronda. Yo ya no estoy en la Plaza por mi hija, sino por los 30.000 desaparecidos’.

 

La apertura de los Derechos Humanos es algo que no soñábamos y de lo que estamos orgullosos. Esto es algo universal que se debe respetar en todo el mundo. Llevar nuestra historia a las escuelas nos permite hablar de la lucha de nuestros hijos, de sus ideales más dignos y cómo buscaban una vida mejor para todos, Nair Amuedo.

 

NAIR Y SU HISTORIA

Nair Amuedo, vio interrumpida la cotidianeidad de su vida familiar un 28 de agosto de 1976 cuando la violencia y la barbarie del Terrorismo de Estado se hizo presente:

El 28 de agosto de 1976 se llevaron a mi hija Patricia y a su esposo Tato lo dejaron asesinado en la casa. ¡Por suerte les entregaron los hijos a los vecinos! La nena tenía 46 días, el nene, dos años y cuatro meses. La orden del jefe del operativo fue que los dejen ahí. Para nosotros significó un golpe terrible, no inesperado porque sabíamos que pasaban estas cosas con las personas que eran luchadores sociales.

A partir de ese momento, Nair asumió la difícil tarea de la búsqueda de su hija.

Después, fui a la comisaría a averiguar por qué la casa estaba toda rota y mis hijos no estaban. Entonces, ahí me dijeron que había sido un operativo de las Fuerzas Conjuntas y que tenía que ir al Ministerio del Interior, donde fui el lunes siguiente, esto ocurrió un sábado. Enterramos a Tato el lunes y el martes 31 de agosto fue cuando yo me conviertí, sin imaginármelo, en esto que me llevó toda la vida. La mitad de la vida nuestra, o más. Porque yo ya voy a cumplir 80 años, imagínense cuántos años de lucha, cuántos años de angustia, de dolor.

Pero su búsqueda y su lucha tuvieron la particularidad de tener que asumir el cuidado y la crianza de los dos pequeños hijos de Patricia y Tato. El terror a una nueva pérdida la llevó a tomar decisiones difíciles.

En mi caso, al dolor del secuestro de mi hija, tuve que sumarle otra cosa que fue muy terrible también, porque tenía dos chicos. La nena tenía 46 días y empezó a tener problemas con la leche de la mamadera. Estábamos desesperados, no sabíamos qué hacer. El nene lloraba continuamente pidiendo por sus padres. Anduvimos de médico en médico hasta que encontramos a alguien que le dio leche de soja a la nena y entonces con eso pudimos criarla. Yo seguí yendo a la Liga y ahí se formó el grupo de familiares al que pertenecí por mucho tiempo. De ahí nos daban las directivas, de lo que teníamos que hacer, a quién teníamos que entrevistar, dónde teníamos que escribir.  Y un día me entero de las Madres que estaban yendo a la Plaza de Mayo. Yo, en ese momento, lo que hacía era viajar continuamente con mis nietos de un lado para otro. A Jujuy, a Misiones. A todos los lugares donde tenía familiares, yo iba, porque mi papá me había dicho que podían quitarme a los chicos, que los podían venir a buscar. En ese tiempo teníamos esa angustia tan grande. Cuando estábamos en Buenos Aires vivíamos en hoteles, no íbamos a la casa porque teníamos mucho miedo.

Como en todos los casos, la búsqueda de su hija llevó a Nair a transitar espacios desconocidos hasta entonces con resultados permanentemente desalentadores.

En el Ministerio del Interior no nos dieron nunca una buena respuesta. Entonces fui a la Liga por los Derechos del Hombre, que sabía por mi padre que era un lugar donde se podía ir. Allí me entero de que era mucha la gente secuestrada. Además de los asesinatos que ya sabíamos. Y que me aconsejaban hacer un hábeas corpus y la denuncia en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Luego de seguir esos pasos, con mi marido empezamos a recorrer todas las guarniciones militares, las seccionales de policía. Todo lugar donde podían estar nuestros hijos. A todas las madres nos pasó lo mismo, la respuesta era hacernos esperar mucho tiempo, burlarse de nosotros y decirnos que ellos no tenían nada que ver.

 

EL RECUERDO DE PATRICIA

Como toda madre, Nair guarda los mejores recuerdos de su hija Patricia.

Mi hija Patricia nació el primero de abril de 1957. Era la hermana del medio de tres hijos. Jugaba mucho con su hermana mayor que la protegía siempre, porque se llevaban dos años nada más. Cuando eran chiquitas jugaban a las muñecas, a esas cositas. Después cuando eran más grandes lo que hacían era disfrazarse mucho, se vestían y juegos así, de criaturas, de chicas. Pero siempre fueron muy, muy compañeras.

Patricia se destacaba por su dulzura, porque era una criatura hermosa. Además era alegre, era un sol. Era buena, era compañera. Es decir: yo tenía dos hijas mujeres con dos años de diferencia. Ella me ayudaba en todo: cuidaba su ropita, tendía su camita, estudiaba sin que yo le dijera nada. De los tres hijos que tuve era la nena buena, era la nena alegre, era la nena sol. Los otros también eran buenos chicos, pero ella se destacaba por la dulzura que tenía y todo el mundo la quería.

¿Qué anécdotas o travesuras puede contarnos de la infancia de su hija?

Lo que siempre cuento de ella, y que contamos en familia, es una noche que estábamos de vacaciones en una casa en La Lucila. Habíamos alquilado una casita que tenía mucho patio, mucho sol para que las nenas tuvieran donde jugar. Entonces, como eran chicas, nosotros pusimos las camas de las nenas juntas arrimadas a la pared. De noche yo corría la camita y quedaba como una cama grande y así dormíamos para que no se cayeran. Una noche se despierta Patolita, como le decíamos a Patricia, y dice llorisqueando ‘mamá, mamá’. Le pregunto qué le pasa. Ella me dice ‘no puedo dormir, no puedo dormir’, le digo ‘bueno, cerrá los ojitos cómo no vas a poder dormir, ¿tenés miedo?’. Ella insiste: ‘¡no, no, no puedo dormir, no puedo dormir!’. Le digo ‘Bueno, acá está mamita, está papito para cuidarte. ¿Y qué te pasa?’. Me contesta: ‘No, no puedo acostarme porque estoy parada’ (se ríe) Claro, las dos camas estaban arrimadas y se había quedado parada entre las camas. ¡Por eso no podía dormir!

Eran muy, muy simpáticas. Patricia era muy ocurrente. Siempre desde chiquita. Cuando era chica, que todavía no hablaba bien, lo primero que hacía cuando se despertaba era preguntar ¿hay tol? Para ver si había sol y era muy dormilona a la mañana. Entonces yo la despertaba, la despertaba, y bueno, a duras penas conseguía que ella se despertara. La vestía dormida, la cambiaba media dormida, la traía al living para que se terminara de despertar y entonces, ¿qué hacía ella? Se apoyaba en el sillón parada, apoyaba los bracitos, ponía la cabecita y seguía durmiendo. Nos daba mucho trabajo despertarla. Era muy simpática, muy compañera, salíamos mucho con mi marido, era una época donde habían hecho en Olivos –en ese momento vivía en Olivos– un restaurante donde se comía pollo con la mano, es decir, servían en una canastita el pollo hecho a la parrilla y guantes de esos transparentes y no se ponía cubiertos. Entonces los llevábamos siempre. A las nenas les encantaba comer en ese lugar porque era muy lindo, salíamos mucho a caminar, íbamos a la playa, al puerto...

 

PATRICIA Y UNA HISTORIA DE AMOR Y COMPROMISO

La adolescencia de Patricia estuvo marcada por el amor y el compromiso social. A los quince años se casó con Juan Ramón Romero:

Patricia se casó muy jovencita, ella tuvo un noviecito siendo muy jovencita. En la época en la que iban al secundario se usaba que las chicas tuvieran un compañerito con el que salían, que iban a distintas partes, a reuniones. Ella tenía la hermana más grande, que era quien la protegía. Pero después conoció, a los quince años, a quien fue su marido. Ahí sí, ella estuvo muy, muy enamorada. Yo lo conocí primero porque él estaba en la casa de mi hermano ayudándolo a pintarla. Mi hermano recién se había mudado y yo había estado hablando con él. Patricia era una jovencita que no salía a bailar, que no salía a ningún lado, ella leía mucho. La hermana sí, pero la hermana tenía 17 años y ella tenía 15 años. Entonces charlando con este muchacho, yo pensaba ‘¡Cómo me gusta este muchacho para Patricia! Pero qué lástima que es tan grande para ella’. Porque él era doce años más grande que ella. Esas son cosas que se nos ocurren a las mamás, que uno ve a alguien y dice: ‘¡qué lindo para mi hija!’. Bueno, en un momento mi hija empezó a ir mucho a la casa del tío. La verdad es que no sé cómo se conocieron. Un día ella me contó que había conocido a un muchacho que se llamaba Jorge –pero él no se llamaba Jorge, se llamaba Tato–, es decir, me dijo otro nombre. Bueno, pero en ese momento no era un noviazgo serio. Y un día para Navidad voy a la casa de mi cuñada y veo una planta de azalea toda florecida, hermosa, hermosa, sobre la mesa. Y digo ‘¡Qué linda planta!’. Mi cuñada me dice que se la había regalado Tato y yo me quedé pensando. No podía ser que él se la regalara a mi cuñada porque ella era una mujer casada, cómo le iba a hacer un regalo así tan bonito, tan poético. Ahí me di cuenta de que en realidad era para Patricia. Y así fue. Se conocieron y se enamoraron enseguida. Absolutamente. Y tal es así que ella viene un día y me dice: ‘mamá, tengo que pedirte algo, que me dejes salir con Jorge porque queremos ir a ver una película’. Querían ver una película muy linda italiana. Y me dice que no iba a poder venir a las diez de la noche, que era el permiso que tenía, porque este Jorge trabajaba y no podían volver antes de las 12 de la noche. Bueno, entonces yo le digo: ‘Mirá, yo te dejo ir porque sé con quién vas’. Entonces con las dos manos se tapó la cara y dice: ‘¿Vos, sabés?’. ‘Sí’, contesto. Y me dice: ‘Ay mamá, ¿no decías nada?’. Ella pensaba que nosotros no íbamos a aceptar a ese chico porque era obrero y mi marido era un industrial, tenía una fábrica. Nosotros teníamos una casa, un coche, vivíamos muy bien. Y él era más humilde. Entonces le digo: ‘¿A vos te gusta?’. ‘Sí, mamá. No sabés cómo es’. Y ahí empezó a hablar de él, de la maravilla que era ese muchacho. Entonces, ahí se blanqueó la situación de ellos y ya empezaron a salir como novios. Tenía 15 años. Pero era una cosa que vos los veías, cómo se miraban, porque se comunicaban entre ellos con la mirada. De casados también.

Tal es así que a los quince años ella se casó. Iba al colegio, tercer año, y una tarde viene y me dice: ‘Mamá, va a venir Tato porque queremos hablar con vos’. Conmigo, no con el papá, conmigo. Le digo: ‘bueno, bueno, como no’. Yo pensaba que era para ir a algún lado y salir tarde. Cuando ella viene del colegio –iba al Cardenal Copello, en San Fernando, un colegio religioso–, con la pollerita de gimnasia, las medias soquetes, las zapatillas, la remerita blanca y el pelo agarrado, era una nena, una nena… y llega Tato. No estaba mi marido. Entonces me dice: ‘queremos casarnos’. ¡Yo me quería morir! Les pregunto cuándo, será el año que viene, pensaba. Y me dice: ‘No, ahora’. Entonces le pregunté si estaba embarazada, y me dijo ‘¡Mamá!’, toda ofendida. Entonces, él me explicó: ‘No, señora. Son tiempos difíciles y queremos estar juntos’. Era el año 1973 cuando se casaron, eran, realmente, años difíciles. No hubo manera de convencerlos de que esperaran. Así que ella se casó de blanco en la Iglesia de Victoria donde vivíamos nosotros. Se fueron de luna de miel a Córdoba porque querían ver nieve. Y era una risa, cuando ellos se iban de un lugar al otro día nevaba. Iban persiguiendo la nieve pero no pudieron ver nevar. Así que mi hija no conoció la nieve. Fue un casamiento muy, muy lindo.

Al año del casamiento nació su primer hijo. Dos años después, la niña. Pero lo que caracterizaba a la pareja de Patricia y Tato era el profundo amor que compartían, a lo que sumaban los ideales comunes de querer construir un mundo más justo e igualitario.

Ella era muy jovencita. Al año del casamiento nace el nene, el 4 de abril. Así que ella quedó embarazada enseguida después de casarse. Cuando me lo dijo a mí no se animaba porque ella no quería quedar embarazada enseguida. Y después, al año y pico, queda embarazada de la nena. Cuando a ella la secuestran la nena tiene cuarenta y seis días y el nene tiene dos años y cuatro meses. Pero ellos fueron muy felices. Se reían, disfrutaban. Hacían una vida muy linda. Salían poco cuando estaban casados porque con el nene chico no podían salir. Un día yo le digo a ella ‘¿no se aburren ustedes sábado y domingo?’, y me contesta ‘mamá, ¡qué me voy a aburrir con el marido que tengo! ¿Sabés por qué? Porque los imita a todos ustedes’. Él nos hacía burla. Nos imitaba a todos. ‘¡No sabés lo que me hace reír!’, decía. Y el hijo, Alejandro que es el primero, el mayor, siendo muy chiquitito un día veo que se pone un trapo en la cabeza y se lo ata. Me dice ‘tiabela’, también estaba imitando a la tía abuela De chiquito era muy simpático. Los dos hijos de Patricia y Tato son muy simpáticos porque sus padres eran muy, muy simpáticos. Las reuniones en mi casa, era una alegría tan grande de reírnos, nos juntábamos mucho, muy seguido. Daba gusto estar con ellos, visitarlos, ir a la casa, ver cómo vivían.

¿Qué acciones solidarias realizaba Patricia?

Todos los chicos, en todos los colegios, tenían compromiso político y social porque en los colegios se armaban grupos en defensa de una cosa o de otra. Entonces, todos los chicos tenían reuniones y hablaban mucho de política. Pero eran tiempos difíciles. Eran tiempos muy difíciles. Ellos se casan en el 73. Es difícil entenderlo ahora porque era otra la vida. Yo me acuerdo que, en esa época, cuando Cámpora dice que va a largar a los presos políticos, ella estaba de novio con Tato y se van a Devoto. Yo tenía un miedo terrorífico pero ellos se van a Devoto porque dicen ‘si no los largan hoy no los largan más’. Cuando vuelven yo, con un susto bárbaro, les pregunto cómo les fue. Ahí me cuentan que los corrió la policía. ‘¿Y vos cómo hiciste?’, le pregunto a Patricia. ‘Y Tato me agarró y me trajo volando’, me contesta. Es decir, yo vivía tranquila respecto a ellos porque sabía que Tato la protegía mucho.

El de ellos era un amor distinto porque era un amor con compromiso. Ella era una nena que cuando estaba en el colegio, salía y se iba al hogar de tránsito, donde están los chicos en tránsito para ser dados en adopción. Entonces, ella iba a cuidarlos dos veces por semana o tres, a la tarde. Y tuvo que dejar de ir porque los chiquitos, cuando ella se iba, se ponían a llorar. Entonces ella, jovencita como era, con quince años, se iba llorando también. Fue así como le dijeron que no fuera más. Entonces, se conectó con gente de la Iglesia del barrio para ir al Don Orione a atender, charlar y cuidar a los chiquitos minusválidos. Cuando venía me contaba que había un nene que no tenía brazos, que tenía aletas. Yo admiraba el coraje que tenía ella para cuidar a esos chiquitos.

Así que ella desde muy chica ya tenía un fuerte compromiso social. Mi otra hija también lo tenía. Ella se iba a la villa a llevar una nenita que se había quemado los brazos porque la mamá trabajaba todo el día. Entonces antes de ir al colegio, se levantaba a las 6 de la mañana y se iba a la villa a llevar a la nena al hospital y después en vez de entrar a las 8 entraba a las 9. Ya tenía permiso de las monjas. Esto es lo que hacía mi hija la mayor.

Así que todos tenían algún compromiso social: juntar ropa para los chicos cuando había inundación, o ayudar por grupos. Era otra manera de vivir porque había muchos ideales hacia el más humilde. Y como yo las eduqué muy cristianas a mis hijas –porque yo siempre fui y soy muy cristiana– les inculqué la base del cristianismo: el amor al prójimo. Eso lo tenían muy, pero muy incorporado, era muy natural en ellas.

Yo decía, gracias a Dios son así, pero después pensé que si no hubieran sido así, ella, quizás, no hubiera perdido la vida. Así que está la creación de un ideal humanitario pero con una consecuencia tan funesta que deja a uno sintiéndose mal. Muchas veces pienso que si hubiera sido criada de otra manera, sin tanto compromiso, quizás... Yo también había tenido compromiso, no pertenecía a ningún grupo pero me había hecho cargo de toda una familia que tenían mamá y no tenían papá, eran cuatro chicos. Y yo iba a la villa, les llevaba ropa, compraba y tejía en la máquina. De la ropa de las chicas mías les hacía ropa a ellos, les compré botas de goma porque había mucho barro. Les conseguí camperas, de todo. Es decir, era otra manera de vivir que es difícil de comprender hoy.

Mucha gente no entiende cómo pudo suceder una cosa tan atroz. Fue tan atroz lo que pasó porque había mucho compromiso social. Eso es lo que llevó a toda esta juventud a tener esos ideales que los llevaron a la muerte. La verdad es que yo estoy muy orgullosa de mis hijos, mi yerno, de mi familia en general. Porque también tengo un hermano al que mataron antes que su hijo lo conociera. Ese amor de humanidad, el amor al prójimo, el amor a otro ser humano que necesita más que uno, es un ideal muy fuerte. Y que en ese momento se convirtió en el peligro máximo porque iba en contra de otra parte de la sociedad.

 

NAIR JUNTO A LAS MADRES

Nair no se quedó sola en su búsqueda, al poco tiempo comenzó a formar parte de las Madres de Plaza de Mayo.

Bueno, pasado un año, cuando se empezaron a encontrar las Madres, yo me sumé a ellas y ahí empezamos a caminar. No a caminar todas juntas, a encontrarnos nada más. Así es que, después comenzó la marcha, de dos en dos porque, como todos saben, había estado de sitio y la policía nos decía que camináramos de dos en dos. Fue así como comenzó la marcha alrededor del monumento en la Plaza de Mayo. No justamente de la pirámide donde lo hacemos ahora, eso llegó después.

¡Nosotras estábamos tan seguras de que nuestros hijos iban a volver! Jamás pensamos ni que el movimiento de Madres iba ser tan importante, ni que íbamos a estar tantos años en la lucha. Ninguna madre pensó que su hijo no iba a volver. Algunos volvieron. Pero no sabíamos todo lo que supimos después. Esto pasó como con los nazis, cuando se destapó y se empezó a saber todo, se escandalizó todo el mundo. Y todavía seguimos asombrándonos cuando escuchamos a los políticos, las cosas que han hecho, también seguimos sorprendiéndonos del horror de lo que ocurrió. Así que en un principio no sabíamos qué pasaba: primero, no entendíamos que eran desaparecidos; después, empezamos a saber que eran torturados. Pero nunca nos imaginamos el horror que había sido.

¿Alguna vez pudo comunicarse con su hija después de su secuestro?

Sí, sí. Esa fue una historia que fue cuidadosamente guardada. En ese momento yo no se lo conté ni a mi madre ni a nadie, porque era muy riesgoso y muy peligroso. Un día un policía me llamó, nos encontramos y me dijo que mi hija estaba entre 16 personas que estaban en un sótano en Martínez. Mi hija me envió la lista de personas y me mandó a decir que fuera con un obispo, un periodista extranjero y alguien más, para ver si los podíamos rescatar. Al otro día me trajo ese papelito escrito y firmado por las chicas que estaban ahí. La mayoría eran matrimonios. Yo recuerdo bien las cosas que me fue contando este hombre. Ella estuvo desde septiembre hasta enero, cuando vino él y me pidió que le mandara ropa porque mi hija estaba en camisón. La encapucharon y la sacaron en camisón y descalza. Él me había dicho que una chica de ahí estaba descalza pero que un compañero varón le había dado un par de botas y él se había quedado en medias. Así que me dice que le dé ropa porque era el mes de enero y los iban a llevar para recuperación a Mercedes. En ese momento creí sinceramente que mi hija volvía. Y continuó la búsqueda.

¿Cómo pudo sobrellevar su dolor durante ese tiempo?

Todo ese tiempo fue muy, muy doloroso. Yo he estado a punto del suicidio. Pero en vez de suicidarme fui a una psicóloga y le pedí por favor que me atendiera porque me iba a matar. No soportaba pensar que no iba a ver más a mi hija. No lo soportaba. Yo quería que eso terminara y la manera en que terminaría para mí era la muerte. Hablando con otra madre me comentó: ‘mirá yo cuando iba a un subterráneo me ponía contra la pared porque tenía miedo de arrojarme delante del subte’. Eso es para que se den cuenta cómo nos han perjudicado, cómo nos han causado tanto dolor, tanta angustia. Eran tan perversos que aún hoy, uno no puede imaginar, por más que lo piense, cómo han sido capaces de hacer semejante cosa. Nunca hicieron lo que nosotros ahora hacemos que es juzgarlos a ellos y condenarlos por lo que han hecho.

Al igual que otras Madres, para Nair el encontrarse en la Plaza la salvó del aislamiento transformando su búsqueda y su dolor en un proceso colectivo que la ayudó a seguir adelante.

Nosotras al silencio lo combatimos los jueves en la Plaza. La Plaza nos salvó porque nosotras el dolor lo teníamos escondido. Yo digo que nosotras pusimos el cuerpo y escondimos el corazón.

¿Por qué? Porque no podíamos manifestar tanto dolor. Ni en tu casa ni a tus familiares, tus amistades. ¿Por qué amargarles la vida a los otros? Pero en la Plaza cada una sabía que el dolor de la otra era igual. Entonces nosotras podíamos hablar de nuestros hijos. Y contarnos unas a otras la lucha de ellos y dónde estaban y cómo eran. Esto que pasó en la Plaza ha servido como ejemplo para la lucha en otros países. Porque somos mujeres, porque somos madres, porque salimos de la casa y enfrentamos una lucha en un momento terrible. Eso nos sirvió a nosotros para seguir viviendo y para seguir aprendiendo. Porque hoy entendemos un poco de política, sabemos del dolor ajeno, sabemos de la lucha de otros países. Y estamos enteradas de muchas cosas.

Sobre la lucha de las Madres, Nair resalta:

Siempre se suele resaltar que las Madres nunca realizaron un acto de venganza por mano propia. Y esto es así porque jamás nos pareceremos a ellos, sinceramente lo digo.

 

EDUCAR PARA LA MEMORIA

Actualmente, Nair recorre el país transmitiendo su historia y construyendo la Memoria en el ámbito educativo.

Usted va mucho a las escuelas, ¿qué le parece que podemos hacer desde las escuelas?

Mucho se puede hacer desde las escuelas. Lo importante es reivindicar los ideales de nuestros hijos. En los colegios, generalmente hablamos de lo que nos pasó a todo el pueblo, de las consecuencias de la creación del movimiento de Madres con un solo fin, que era el conocer por qué se habían llevado a nuestros hijos y dónde estaban. Era lo que queríamos saber nosotros realmente. Hablamos de ese movimiento tan grande, tan fuerte y que es conocido en el mundo entero. También es muy importante el tema de los juicios. Esto es lo que nosotras no solo queríamos sino que nunca pensamos que lo íbamos a ver.

Así que, gracias a todo el compromiso generacional de los últimos tiempos, nosotras tenemos una paz que antes no teníamos. Primero, la paz vino sola de a poco cuando pudimos ir aceptando que nuestros hijos no volverían, que ya estaban muertos. La desgracia es que nunca sabremos en qué momento, ni cuándo, ni dónde, ni por qué murieron. En realidad, el por qué ya lo tenemos claro, el por qué le quitaron la vida. Porque después se vieron las cosas que han hecho. No se necesita mucho para darse cuenta cuál era el problema de esta gente: el predominio de toda   la situación económica. Todo viene por la economía, porque a ellos lo único que les interesaba era que la gente pensara lo mismo que pensaban ellos, entonces, trataron de imponer las cosas por la violencia, por el miedo, por el terror. Por eso se llama ‘terrorismo de Estado’. Es decir, son terroristas como los terroristas, pero desde el Estado porque las fuerzas legales se convierten en terroristas. Nosotras queremos que quede claro eso para que no vuelva a suceder.

 

PALABRAS FINALES

 

Nair, luego de 35 años de lucha, continúa soñando y planteando nuevos desafíos:

Que cada chico, que cada ser humano, tenga la libertad de elegir como se elige ahora votando, el derecho a votar y a tener los ideales que le gusta. Eso es lo principal para nosotros, que los chicos se den cuenta del momento que estamos viviendo, el momento de libertad, de democracia, de lucha. Es decir, hay huelgas, hay pedidos, la gente puede expresarse. Hay personas que se quejan porque se cortan las calles, pero para mí es una alegría ver que la gente se puede manifestar. Eso es una cosa que nos alegra el corazón.