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NORA MORALES DE CORTIÑAS Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora

Nora Morales de Cortiñas es la madre de Carlos Gustavo Cortiñas, detenido desaparecido el   15 de abril de 1977 en la estación de Castelar, Provincia de Buenos Aires. En el momento del secuestro, Gustavo era estudiante universitario, tenía 24 años, estaba casado y tenía un hijo pequeño.

A partir de la desaparición de su hijo, Nora comienza su incansable búsqueda entendiendo desde un principio la necesidad de una lucha colectiva. Es co-fundadora de Madres de Plaza de Mayo y de la Asociación Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora.

Actualmente, Nora es Psicóloga Social. Es titular de la cátedra libre Poder Económico y Derechos Humanos de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y titular de la materia curricular y optativa Poder Económico y Derechos Humanos para la carrera de Contador Público en la Facultad de Ciencias Económicas.

Además, ha dictado cursos en universidades, colegios secundarios, centros de estudios y asociaciones de profesionales, organizaciones civiles, sindicales y vecinales. La búsqueda de la verdad y la justicia la ha llevado a participar en numerosos congresos, seminarios y debates en los temas de derechos humanos, mujeres y de la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de las Naciones Unidas (NU). La Universidad Libre de Bruselas le otorgó el título de Doctora Honoris Causa en 2000 y también la Universidad de Salta de Argentina en el año 2003. Es integrante de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares Detenidos Desaparecidos (FEDEFAM).

Luego de todos estos años su lucha continúa ‘Los treinta mil desaparecidos van a descansar en paz si la lucha continúa, si sabemos toda la verdad de lo que pasó, si hay justicia con condena perpetua y efectiva para los genocidas en cárceles comunes, si no olvidamos. No pudieron cortar todas las flores, la verdad empieza a emerger desde la tierra’.

Su hijo Carlos Gustavo Cortiñas aún permanece desaparecido.

 

La Memoria es la base de la lucha, es lo que da el ánimo de seguir, la búsqueda de la verdad y la justicia tiene que ser todos los días hasta lograr que se sepa sobre las víctimas y lo que ocurrió para poder llegar a la justicia, Nora Cortiñas.

 

LA HISTORIA DE NORA

Nora Cortiñas es la mamá de Carlos Gustavo Cortiñas, detenido-desaparecido el 15 de abril de 1977. Gustavo era estudiante de Ciencias Económicas en la Universidad de Morón y trabajaba en el INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censo). Fue secuestrado en la Estación de Castelar, provincia de Buenos Aires, cuando tenía 24 años.

Yo fui una mujer tradicional, una señora del hogar. Me casé muy joven con Carlos Cortiñas y tuvimos dos hijos: Carlos Gustavo y Marcelo Horacio. Mi marido era un hombre patriarcal, él quería que me dedicase a la vida familiar.  En ese entonces, yo era profesora de alta costura y trabajaba sin salir de mi casa, enseñándoles a muchas jóvenes a coser. Vivía todo muy naturalmente, como me habían educado mis padres.

Como muchas Madres, Nora cambió su rutina familiar en forma drástica con el secuestro de su hijo.

Gustavo salió una mañana como todos los días y no llegó más. Era el 15 de abril de 1977. Tenía 24 años, una esposa y un hijo muy pequeño. Lo secuestraron en la estación de tren, mientras iba camino a su trabajo. Esa noche un operativo militar y policial allanó mi casa, en donde estaba mi nuera. Afortunadamente, a ella no le hicieron nada. Fue un milagro teniendo en cuenta de que en la mayoría de los casos, al no encontrar a la persona buscada se llevaban a cualquier familiar en represalia.

Perder un hijo es siempre una tragedia, pero hay que elaborarlo para no quedar prendida en ese laberinto y poder ayudar a quienes están en la misma situación. La soledad nunca es buena receta si se quiere saber la verdad.

Fue así como Nora salió a buscar a su hijo Gustavo. Pero inmediatamente tomó conciencia de que su búsqueda no era individual sino colectiva. En este cambio de perspectiva, Nora destaca el rol que cumplió Azucena Villaflor.

Azucena Villaflor fue la que lanzó nuestra proclama inicial: ‘Todas por todas y todos son nuestros hijos’ ¿Qué queremos decir con esto? Es una promesa implícita de las Madres: nuestra lucha no es individual, es colectiva. A lo largo de estos años, si no fuera por esta filosofía hubiese sido muy difícil afrontar tantas adversidades: varias madres murieron, otras debieron criar a sus nietos por la desaparición de los padres. A algunas compañeras les desaparecieron todos sus hijos, a otras les quitaron la posibilidad de criar a sus nietos, porque esos niños también fueron secuestrados junto con sus padres y mantenidos en cautiverio, hasta que los asesinos de sus familiares se los apropiaron y después los registraron con una identidad falsa. Sólo la fuerza que te da el conjunto permite seguir la búsqueda.

Fue en esa búsqueda colectiva donde Nora encontró un nuevo sentido para su propia vida. De esa madre ama de casa dedicada a su hogar, Nora pasó a ser una Madre de Plaza de Mayo.

Nosotras ya no somos madres de un solo hijo, somos madres de todos los desaparecidos. Nuestro hijo biológico se transformó en 30.000 hijos. Y por ellos parimos una vida totalmente política y en la calle. Los seguimos acompañando, pero no de la misma manera como cuando estaban con nosotras: revalorizamos la maternidad desde un lugar público. Somos Madres a las que se nos sumó un nuevo rol y en muchos de los casos no estábamos preparadas para ello. Transmitimos algo más de lo que antes les transmitíamos a nuestros hijos: el espíritu de la lucha y el compartir otras luchas. En fin, aprendimos a dar y a tomar. Esa necesidad por entender la historia de nuestros hijos fue la que nos mantuvo enteras, la que nos llevó a ocupar espacios hasta ese momento desconocidos por nosotras.

 

EL RECUERDO DE CARLOS GUSTAVO

En el momento de su secuestro, Gustavo tenía veinticuatro años, estaba casado y tenía un hijo pequeño, Damián. Había trabajado en la Comisión Nacional de Valores entre el 6 de octubre de 1970 y el 25 de julio de 1974, y luego en el INDEC.

Como muchísimos jóvenes, Gustavo sentía un fuerte compromiso social que lo había llevado a desarrollar una militancia social en la Villa 31 en el barrio de Saldías. Ahí conoció al Padre Mujica y comenzó a participar de su obra.

Sabía de la militancia política de Gustavo y de su trabajo solidario en barrios humildes. Él no nos ocultaba nunca nada. Se casó siendo un muchacho, cuando estudiaba Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires, a los 21 años de edad.

Se vivían tiempos difíciles y violentos en la Argentina de los 70. Antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, el drama ya se había instalado en la familia Cortiñas.

Mi marido le dijo a Gustavo que se fuera con la esposa y el hijito. Ellos no querían. Decían ‘no hacemos nada malo’. Es que tomaban la militancia como algo normal. Ayudaban en los barrios más pobres de la zona Oeste. Había empezado con Mujica, en las villas de Retiro y de Saldías. En el 74, después que lo matan, empieza Gustavo a militar a fondo en la zona de Morón. En 1975 secuestran al cuñado de Gustavo y a partir de ese momento decide vivir un tiempo en clandestinidad, pero después ya no. Vino a vivir a casa, con la esposa y el nene. Parecía que la cosa se estaba encaminando. No nos imaginábamos esa crueldad y esa criminalidad como fue después del 24 de marzo de 1976. No imaginábamos de ninguna manera que iba a haber desapariciones. Era como que caían presos y que ya nos iban a decir dónde estaban. Cuando cae Gustavo, en abril del 77, también pensábamos que iba a aparecer. A uno no le entraba en la cabeza que un día no te llegaras a despedir de tu hijo y no lo vieras nunca más. Era imposible de entender. Mi nuera quedó con el nene, viviendo con nosotros. Y de Gustavo no supimos nada de nada.

Gustavo era estudiante universitario de Administración de Empresas, Ciencias Económicas, en la Universidad de Morón, luego de estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Gustavo es recordado por sus compañeros de trabajo y de militancia como ‘un muchacho muy alegre, trabajador y muy inquieto, frente a todos los temas los cuestionaba e indagaba hasta que se formaba su propia opinión, una vez que aclaraba sus dudas y tomaba una postura ante la situación no había nada que lo desviara de la decisión que asumía, es decir no era un improvisado y sí era firme y consecuente con aquello que asumía como propio’.

Nora siempre reivindicó la lucha colectiva por las víctimas del terrorismo de Estado. Durante muchos años prefirió no detenerse en menciones individuales.

Siempre tuve prudencia, pensaba en los chicos que no tienen madre ni padre, nunca había hecho ningún recordatorio público de mi hijo.

Siempre estuve ahí por los 30 mil, nunca por él, nunca busqué ni un papel. Ahora en casa encontré su test vocacional, sus notas del Colegio Inmaculada, en Castelar, donde se recibió de bachiller humanista. Ahí pusieron una baldosa con los desaparecidos que estudiaron allí y está su nombre, pero es lo único que había hasta ahora.

Desde el 15 de abril de 1977 a las nueve menos cuarto de la mañana, momento en el que Gustavo fue secuestrado, hasta el día de hoy, sus restos no fueron encontrados, ni se pudo obtener información alguna sobre su paso por algún centro clandestino de detención.

 

LA BÚSQUEDA Y LA LUCHA CON LAS MADRES

 

Era difícil soportar la angustia que significa la desaparición forzada de nuestros hijos, sin saber por qué ni adónde. Yo tenía un nieto chiquito y no hallábamos palabras para explicarle qué había pasado con su padre. Fue atroz. De a poco nos fuimos ayudando con las madres, unas con otras, y así creció el grupo, con el dolor.

Nora participó de las reuniones del primer grupo de Madres desde los comienzos de la organización.

El 30 de abril de 1977, nuestro primer día, éramos muy poquitas y todas estábamos atravesadas por el miedo y la angustia. Mientras averiguábamos por el paradero de nuestros hijos nos íbamos encontrando con mujeres y hombres en la misma situación. Entonces comenzamos a juntarnos para descubrir las causas, para consolarnos. No nos unían opiniones políticas ni religiosas sino la tragedia, la búsqueda incansable. Ahora bien, desde el inicio en vez de estar quietas decidimos rondar. No obstante, durante los cuatro primeros meses de reuniones lo que hacíamos era estar paradas. Las vueltas comenzaron casi por orden de la policía que nos hacía circular. La razón fue muy simple: como el estado de sitio no permitía que las personas se juntasen en las calles se nos ocurrió caminar alrededor de la plaza. Fue Azucena Villaflor la que propuso esa idea. Allí podíamos expresar nuestro dolor, nuestra angustia y la gente al vernos se iba enterando de lo que estaba sucediendo.

¿Por qué eligieron los jueves para la ronda de las Madres?

Desde el principio, siempre fuimos mujeres. Quizás, el horario elegido no permitió que los hombres nos acompañasen por sus obligaciones laborales ¿Por qué elegimos jueves? Fue una decisión azarosa. Una madre contó que en la tradición popular los días que se escriben con R traían mala suerte: entonces quedaba sólo lunes y jueves. El primero era imposible ya que nosotras teníamos tareas pendientes del fin de semana por ser amas de casa. Por ejemplo, lavar la ropa. Entonces decidimos por el jueves. Y en cuanto a la hora, se eligió el momento de mayor concentración de gente justo a la salida de sus oficinas. Así fue nuestro comienzo: rondar los jueves a las 15:30.

¿Cómo se organizaban en la búsqueda de sus hijos?

En los primeros tiempos fue muy importante Azucena Villaflor para la organización de las tareas. Era una madraza, totalmente. Traía en borrador una carta para el Papa, o para la Conferencia Episcopal o para los milicos. Primero era eso, un borrador que leíamos y terminaba en carta, porque aunque lo trajera en papel manteca, papel de cera, no importa, firmábamos ese mismo. No se modificaba nada, así como estaba. Y después nos traía una carta para los milicos. Entonces decía ‘para la Marina, para la Aeronáutica, para el Ejército’, y traía tres hojitas. Entonces, a ver, ‘Tres madres van a tener que ir al Ministerio de Guerra’, ‘Tres madres van a ir a la Marina’.  Las pocas que éramos –en ese momento éramos pocas–, tres acá, tres allá y elegíamos. Era un operativo grupal bien parecido a la psicología social elaborada por Enrique Pichon Rivière. Yo después fui a aprender Psicología Social, porque las estudiantes de la escuela donde se enseñaba esta carrera tenían que hacer sus monografías, y venían a hacerlas con nosotras. Y decían: ‘ustedes en la práctica hacen lo que Pichon Riviere enseña en la teoría’.

Fue así como en forma espontánea fueron apareciendo líderes naturales que fortalecieron la organización del grupo. Además, fundamentalmente, lo que movilizaba a este conjunto de mujeres a unirse y agruparse era el profundo dolor por la pérdida del hijo/a y la imperiosa necesidad de encontrar a los seres queridos.

Pero en ese momento no nos dábamos cuenta que lo que en realidad hacíamos era repartirnos los roles para decidir quiénes hacíamos la cola para el hábeas corpus, quién iba a cada lado. Fue una organización muy espontánea. Nos reuníamos para repartir las tareas y después nos juntábamos para ver cómo le había ido a cada una. Que además cada una elegía, ‘Mira, yo voy acá’. Después nos reuníamos y una decía ‘Bueno, a ver, quién va a hablar’. ‘Yo voy a hablar de los bebitos que buscamos’. Por ejemplo, iba una madre que buscaba a la nuera o a la hija que se la habían llevado embarazada. ‘Yo voy a hablar de las mujeres embarazadas...’ Y entonces, íbamos las tres. En realidad, por muchos años nosotras no tuvimos roles formales, sino que éramos así.

Nora recuerda con mucho cariño y admiración a Azucena Villaflor y reitera el valor que tuvo su liderazgo ligado a sus características personales.

Azucena era la madre líder por naturaleza, porque ella venía a la Plaza, y cuando llegaba ya inspiraba el poder. Una mujer que era generosa, dejaba hablar, dejaba opinar y tomaba opiniones de todas. En ningún momento era autoritaria, para nada. Era totalmente abierta, y muy espontánea. Ella siempre lograba que las cosas se decidieran entre todas. Además no se pensaba en presidenta ni en nada, era propiamente un liderazgo natural y espontáneo.

¿Cuándo empezaron a usar el pañuelo blanco?

Recién en 1980, empezamos a usar el pañuelo blanco en la cabeza con el nombre y apellido del familiar desaparecido, bordado. Fue en la peregrinación hacia la Basílica de Luján, convocada anualmente por la juventud católica. Era nuestra oportunidad: la Basílica estaba repleta y, en especial, de jóvenes. Llevábamos folletos para repartir y frente a tanta multitud debíamos identificarnos. Surge en su momento, como una forma de reconocernos entre nosotras. En realidad, cuando comenzamos a utilizarlo no era un pañuelo sino un pañal de bebé; todas teníamos alguno en las casas por nuestros nietos. Así, sin quererlo, fundamos el símbolo de    las madres. La identificación del nombre del desaparecido posibilitó que se acercaran aquellas personas que disponían de información sobre el paradero de nuestros hijos.

¿Estaban solas las Madres en la ronda de los jueves o se sumaban otras personas?

Al principio muchísima gente nos miraba con cierto recelo. En los primeros años, estábamos muy solas. Nadie rondaba con nosotras. Teníamos inconvenientes con los otros organismos de Derechos Humanos, algunos de ellos estaban integrados por gente de partidos políticos y tenían otras formas organizativas y otros compromisos. Pero poco a poco la gente se fue sumando.

Fue un largo recorrido, la angustia de todos los días, el pensar que mañana va a aparecer, que nos van a decir dónde están. Cuando nos reunimos las Madres fue un hito muy importante, porque fue saber que todos los hijos y las hijas eran iguales, tenían los mismos sueños. Eran todos militantes. El que no era un militante de base de iglesia, era de un centro de estudiantes, sindicalista o un profesional; todos compartían el ideario del país que querían. Así nos fuimos fortaleciendo, cada una en su dolor muy profundo. Nos costó un tiempo bastante largo entender por qué se los habían llevado. Después supimos que era para implementar un sistema económico neoliberal. No entraba en nuestras cabezas que para llevar un plan económico, había que llevarse miles y miles de mujeres, de varones, de niños, torturar y asesinar vilmente; esas muertes terribles que íbamos conociendo, que los tiraban al río, al mar.

¿Alguna vez tuvo miedo?

En ese momento, la prioridad era salir a buscar a mi hijo, y entré en una especie de locura. Pero de bajar los brazos no, ¡nunca! Y miedos pasamos todas... me llamaban, me amenazaban, me decían que me iban a meter presa, me trataron mal. Además como yo soy muy extrovertida, cada vez que iba a la comisaría me trataban de cabecilla, y la amenaza siempre era muy fuerte. Después me llamaban a mi casa, me amenazaban, me pintaron todo el barrio con el nombre ‘madre terrorista’, todo el nombre completo. Pero yo seguía igual.

Todo este proceso de búsqueda compartida significó un antes y un después en la vida de las Madres, que en todos los casos implicó un crecimiento personal significativo.

Tuvimos que acostumbrarnos a la vida pública, a las nuevas relaciones, a que nuestra intimidad ya no fuese la misma, a viajar mucho, a tener otro lenguaje, a prepararnos para la discusión con gente del poder, a hablar en los medios de comunicación y a ser reconocidas por la calle. Yo diría que nos hicimos mujeres públicas. Mi caso lo ejemplifica: de ser un ama de casa, fui creciendo y capacitándome hasta lograr el título de Psicóloga Social. Ahora soy titular de la ‘Cátedra Libre Poder Económico y Derechos Humanos’, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

 

NORA HOY

Luego de 40 años de lucha, Nora se sigue planteando nuevos desafíos en la defensa de los Derechos Humanos.

Nuestra causa ya no es sólo la búsqueda de nuestros familiares sino también la conquista por la liberación de las mujeres, el respeto a la libre determinación del cuerpo, a las minorías de opción sexual, religiosas y culturales. Es doloroso decir que el desprendimiento de la vida doméstica y privada y el salto a la vida pública se llevó a cabo porque tu hijo o hija está desaparecido. Pero ya no se vuelve atrás.

Nora considera muy importante la tarea de construir la Memoria en las escuelas y lleva cada vez que puede su testimonio a los estudiantes de los colegios.

Pienso que llevar relatos a la escuela de lo que vivimos durante el Terrorismo de Estado es importante y significativo. Se ha avanzado en muchas cuestiones, como en la realización de los juicios, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Es valioso que la educación dé cuenta de estos recorridos porque la escuela no es únicamente un lugar para leer y escribir. Es un espacio de pensamiento donde los chicos deben informarse. Por eso hay que llevar y transmitir la historia de nuestro drama, siendo cuidadosas al contarlo, relatando lo que hablamos de acuerdo a la edad de los chicos. Ahí es cuando surgen sus interrogantes, y desde las preguntas que hacen, se nota lo que reciben del relato. Por eso considero que el relato directo de las Madres a los niños es la mejor forma de que les llegue la verdadera historia. Entonces, no hay que parar, tenemos que seguir por este camino, abriendo el relato hacia los niños y jóvenes.

¿Cómo evalúa los avances respecto a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia en Argentina?

Los treinta y cuatro años de búsqueda y de lucha hicieron también que podamos llegar a este 2011 con juicios que van esclareciendo todo lo que nosotros venimos denunciando hace años. Los juicios demuestran un avance concreto aunque también tienen sus fallas en las formas, hay condenas, algunas mejores que otras pero nuestra sensación es que la impunidad se va terminando de a poco.

 

PALABRAS FINALES

En cada relato, Nora reivindica el compromiso social que sostenían los jóvenes como su hijo y se suma a esos sueños colectivos:

 

En todos estos años el pueblo nos acompañó a veces silenciosamente y a veces con más fuerza. Nos acompañó el pueblo, nuestra familia, nuestros nietos y eso fue indispensable para nuestra lucha. A nosotros no nos bastan ni los monumentos, ni los actos, ni los monolitos, ni los parques, nosotros seguimos extrañándolos. Los desaparecidos no se reemplazan con nadie pero nuestra lucha no hubiera sido posible sin la ayuda y la compañía del pueblo trabajador. De otra manera, no hubiéramos podido llevar el gran dolor que significa la pérdida de un hijo que luchó por un mundo mejor.  El gran compromiso que asumimos es el de seguir levantando en alto los ideales por los que ellos lucharon y por los que luchan tantos compañeros todos los días.