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JOSEFINA GARCÍA DE NOIA

Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora

Josefina García nació el 6 de julio de 1921 en la Ciudad de Buenos Aires. En el año 1941 se casó con Juan Carlos Noia y tuvieron cuatro hijos: Alicia (1942), Daniel (1944), María Lourdes (1946) y Margarita (1953). En 1976, dos de sus hijos, Alicia y Daniel, emigraron a Australia. A pesar de la situación del país, María Lourdes decidió quedarse.

El 13 de octubre de 1976 Lourdes fue secuestrada en su domicilio junto con su marido Enrique Mezzadra, mientras que su hijo Pablo, de dieciocho meses, fue dejado en manos de una vecina. En ese tiempo, se había recibido de psicóloga y ejercía la docencia en la Universidad de Morón.

A partir de ese momento Pepa Noia inició un camino incansable en la búsqueda de su hija: recorrió el Ministerio del Interior, comisarías, cuarteles, iglesias, embajadas y los edificios de la Armada, de la Fuerza Aérea y del Ejército. Formó parte de las catorce mujeres que por primera vez se reunieron en Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977 para reclamar por el paradero de sus hijos desaparecidos y fue una de las fundadoras de la agrupación Madres de Plaza de Mayo.

El 5 de julio de 2010 Pepa Noia fue reconocida como ‘Ciudadana Ilustre’ de la Ciudad de Buenos Aires, reconociéndole de esta manera su lucha incansable e inclaudicable en la defensa de los Derechos Humanos. Falleció el 31 de agosto de 2015, a los 94 años. Para recordarla, compartimos un reportaje que le realizó el Programa Educación y Memoria de la Ciudad de Buenos Aires en 2012.

 

A mi modo de ver, la Plaza es de las Madres. Y es de los desaparecidos. Hasta qué punto será de las Madres que los restos de Azucena (por Azucena Villaflor) fueron cremados y sus cenizas fueron esparcidas allí, por voluntad de su hija. Pepa Noia

 

LA HISTORIA DE PEPA

Josefina García, Pepa, nació en 1921. A los veinte años se casó con Juan Carlos Noia, con quien tuvo cuatro hijos. El 13 de octubre de 1976, su hija María Lourdes fue secuestrada junto con su marido. A partir de ese momento Pepa cambió su rutina y se dedicó exclusivamente a la búsqueda de su hija.

Yo me llamo Josefina García, pero todos me dicen Pepa. Noia es el apellido de mi marido. Tuve cuatro hijos: mi hija la mayor Alicia, que está en Australia, Daniel que estaba en Australia y falleció hace seis años, Margarita que es secretaria de Derechos Humanos de la CTA y María Lourdes que está desaparecida. Además, tengo muchos, muchos nietos, tanto acá como en Australia.

Mi hijo Daniel en 1976 se fue a vivir a Australia porque lo mandó la Ford, donde trabajaba. Como estaba muy bien, llamó a todas sus hermanas para que vayan allá. Mi hija mayor se fue. Pero María Lourdes no quiso, dijo: ‘Si todos nos vamos, qué va a ser del país’. Alicia se fue el 3 de octubre de 1976, y a María Lourdes la secuestraron diez días después, el 13 de octubre.

En 1976, María Lourdes, la tercera hija de Pepa y Juan Carlos, estaba casada con Enrique Mazzadra con quien tenía un hijo, Pablo, de dieciocho meses. Pepa cuidaba a su nieto los días martes y fue precisamente un martes el último día que vio a su hija.

Los días martes ella venía a casa y me dejaba al nene, Pablo, que en ese momento tenía dieciocho meses. Se quedaba a comer y después iba a la facultad, a dar clase. Era una costumbre, por entonces, comer fideos los jueves y los martes yo hacía bifes a la criolla. Un día me dijo ella: ‘no me hagas más bifes a la criolla, cambiame el menú’. Y le respondí: ‘Tenés razón’. Cuando ella se fue, yo me quedé con el nene y cuando cruzó la calle yo la llamé y le dije: ‘¡Lourdes!’. ‘Sí, mami’, me contestó. ‘Cuidate por favor, eh’. ‘Mami, sí, estate tranquila’, me contestó. Al otro día se la llevaron. Esa fue la última vez que hablé con ella. Nosotros sabíamos lo que estaba pasando porque Lourdes nos contaba lo que sucedía con alguno de sus compañeros. Ese fue el último día que hablé con ella. Después no la vi más.

Lourdes era una joven comprometida con su tiempo. Trabajaba como psicóloga y como docente y tenía una militancia que demostraba su búsqueda por un mundo más justo y solidario. Fueron estos ideales los que atacaron los responsables del Terrorismo de Estado en la última dictadura cívico-militar.

Tenía muchos amigos, que muchas veces llamaban a su casa. Tenía un sobrenombre, pero no me acuerdo ahora. Ellos preguntaban por ese sobrenombre y yo decía: ‘No, acá no está, está equivocado’, y punto. Ellos se daban cuenta, porque me conocían, que no quería hablar por teléfono.

A Lourdes se la llevaron los de la Marina, pero al tiempo los de Policía entraron al quinto piso, los golpearon y revolvieron todo. Les dijeron que buscaban a María Lourdes. Cuando pudieron hablar los vecinos del quinto dijeron que la persona que buscaban era del piso de abajo y que se la habían llevado, pero le dejaron la casa destrozada. Buscaban a Lourdes y eran otros.

Durante el operativo Lourdes y su esposo Quique fueron secuestrados. Pablo, su hijo, fue entregado a una vecina. Quique fue liberado al poco tiempo, mientras que Lourdes aún permanece desaparecida.

En el departamento de Lourdes quedó todo tirado por todos lados. Cuando el cerrajero abrió la puerta, lo primero que dijo es: ‘¿Qué pasó acá?’, sacó un cigarrillo y lo prendió. ‘No se preocupe, tengo permiso de la comisaría’ le dije. Me cambió la cerradura, pero no le gustó nada. Estando Lourdes ellos vieron todos los libros que había. Una mamá agarró los libros, los empaquetó y los tiró en el río. Después me decía: ‘¡Qué pena, cada vez que me acuerdo de los libros que tiré al río...! Podría haberlos guardado en algún lado’. Lo único que pusieron bien, arriba de la mesa, fue el cuadro de Perón y Evita. Se llevaron a ella y a él también, pero al nene no. Yo pienso que debía de ser un grupo de tareas nuevo porque si no se lo hubieran llevado. Se lo hicieron dejar a la vecina. Lourdes se lo entregó a la señora. No dejaron ni que lo vistiera, lo acababa de bañar. Uno de ellos le dice: ‘Llevá el chico a la cocina, sacalo de acá’. Lo que les llamaba la atención eran unos paquetes que había con las cosas de mi hijo Daniel que se había ido a Australia y habían quedado las cajas con platos, cubiertos. Ellos querían saber por qué estaba eso ahí. Eso fue lo que contó Quique cuando lo largaron un tiempito después. A ella no.

Con la entereza y el valor que las Madres han demostrado, Pepa inició su búsqueda y su lucha por los Derechos Humanos.

Nunca, nunca, van a decir: ‘la vimos llorar a Pepa’. Yo lloraba cuando salía a la calle, cuando iba en los colectivos, me sentaba a fumar y lloraba. Pero delante de ellos nunca, jamás lloraba. Cuando iba a los ministerios decía: ‘no hay que mostrarles el dolor que uno tiene’. Ni bien salía, lloraba como una desgraciada todo el camino. La gente te miraba pero qué importa, vos no pensabas que te estaban mirando, pero delante de ellos no. Jamás.

 

EL RECUERDO DE MARÍA LOURDES

Pepa recordó a su hija con la ternura y la emoción de todas las madres, quien nació el 21 de noviembre de 1946 en la Ciudad de Buenos Aires. Así relataba algunas anécdotas de la infancia y adolescencia de María Lourdes.

Le elegí nombre porque en esa época yo iba mucho a la iglesia de Lourdes y pensaba: ‘cuando tenga a la nena le voy a poner Lourdes’.

¿Cómo era de chiquita?

Para empezar, ella era hincha de River. A ella le gustaba salir con las chicas, le gustaban los gatos. De más grande, le gustaba ir a las peñas. Iba a las iglesias en que había peñas a la nochecita. Mis hijos eran buenos chicos. Pero María Lourdes me daba trabajo en la escuela. Un día me dijeron que la mandara al psicólogo, ella tenía siete años, y la psicóloga me dijo: ‘señora, la felicito usted tiene una hija que es toda una intelectual’. Me hacía venir loca con la escuela, no hacía los deberes, se los hacía hacer al hermano, pero ella pasaba de grado igual. Cuando terminó la escuela me acuerdo que era la mejor amiga de todas, la mejor alumna. ¡Y pensar que yo mil veces fui a hablar con la maestra por ella! Porque era así, pero era muy inteligente Lourdes. Ninguno de mis hijos me ha dado trabajo, pero Lourdes era diferente. No es que tuviera problemas, ella era así, y además era muy buena. Todos en sus cosas eran distintos, cada uno tenía su manera de ser, pero no eran malos, no se peleaban entre ellos nunca. Lourdes jugaba con las muñecas, le gustaba mucho, tenía un bebito, ella lo vestía, lo desvestía lo acostaba... Nunca me dieron mayor trabajo.

¿Dónde vivían?

Yo vivía en un conventillo, tenía siete piezas. Cuando los chicos eran chicos, vivimos en la calle Austria, a cuatro cuadras de Las Heras y a cinco de Santa Fe. Ahí, donde vivía (Almirante Isaac) Rojas. Yo lo conocía, también a la familia. A la tarde mandaba a los chicos a la escuela e iba a trabajar. Mi marido se enojaba porque, en realidad, no precisaba trabajar ya que en la municipalidad pagaban bien. Mi marido había sido boxeador y dejó de boxear cuando nació mi hija Alicia. Después fue barrendero municipal, era uno de los trabajos que estaba bien pago, pero yo quería comprarle zapatitos blancos con suela de cromo a mi hija y por eso trabajaba.

¿Lourdes era de compartir con sus compañeros, en sus fiestas de cumpleaños en su casa?

La querían todos, tenía muchos amigos. Cuando eran chicos no iban a ningún lado y después, cuando empezaron las peñas, ahí sí. Lourdes iba a las peñas de la Iglesia con Alicia. Una vez, ya más grande, fue a un baile de primavera con unas amigas. Iban a elegir a la reina de la primavera y la llevaron a Lourdes y a Alicia. Estaba todo arreglado para que saliera princesa la hija de la señora de la casa. Pero salió Lourdes, la eligieron a ella. ¡Nunca más las miró esa señora! Porque el premio tenía que ser para su hija. Cuando llegaron a la mañana ¡yo me quería morir! ¡Lourdes con la banda puesta, y un cheque de 500 pesos! Y nunca más las invitaron a ninguna de las dos. La eligieron porque Lourdes era rubia de ojos azules. Ya de chiquita, desde que nació, tenía una piel muy especial. Me acuerdo que todos decían ‘¡pero mirá la piel que tiene esta nena!’, y la llevaban por ahí para mostrarla. Cuando eran más grandes, la casa donde vivíamos tenía un gran patio, largo, y hacían bailes ahí, como se usaba en aquellos tiempos. Venían los chicos, los amigos, y bailaban ahí, en el patio. Y después, también recolectaban plata para los chicos pobres. Siempre andaban así.

¿Qué música o cantante escuchaba?

A ella le gustaba toda la música. Iba mucho a las peñas, yo la dejaba ir. Escuchaba folclore. Me acuerdo que un día estábamos cenando en un lugar cerca de casa y ella se va a otra mesa a hablar, andaba de aquí para allá porque todos la conocían y de pronto se puso a cantar en una mesa. ¡Nos queríamos morir! Me acuerdo que después nos pagaron la cena. La queríamos matar ese día.

¿Estaba enamorada?

Iba a los bailes, a las peñas y tenía noviecitos, pero no le duraban mucho. Después, más grande en la facultad, sí tenía novio, se llamaba Fernando. Un día se separaron y él se fue a Misiones. Mucho tiempo antes de que se la llevaran salió en el diario que en Misiones habían herido a un muchacho que se llamaba Fernando López. Muy grave estaba y ella estaba loca por ir para allá a ver qué había pasado. El muchacho se curó, nos llama por teléfono cada tanto. Después conoció a otro chico Quique, con quien se casó. Yo nunca me metía. Se casaron, que íbamos a hacer

¿A qué colegio iba en la secundaria? ¿Le gustaba estudiar?

Iba al liceo de señoritas de la calle Santa Fe. Un día estaban por echar al rector y ella organizó salir a la calle y pelear para que no lo echaran. Cuando supe que estaban en la calle fui volando a ver qué pasaba. ¡Me quería morir! Y no lo echaron al rector, todo el colegio salió a la calle. Ella tuvo escarlatina cuando estaba a mitad de año y le faltaban pocos días para quedarse libre, pero al final como era buena alumna la dejaron continuar. El primer año lo terminó bien, pero se llevó Inglés y Zoología que no le gustaba. Después dio libre segundo año. Tenía una profesora, me acuerdo, que me decía siempre: ‘Doña, usted no sabe el mal que le está haciendo a su hija, por la edad, cada cosa a su edad’. Pasó a tercer año y lo dio bien. Cuarto año lo hizo libre y el quinto año lo hizo normal. Hizo el ingreso a la facultad y había que pagarle a una profesora, yo la llevaba a Devoto. Fue así como entró a la facultad con dieciséis años. A ella le gustaba estudiar. Después, también trabajó en una librería. Cuando se casó, terminó la carrera de psicología. Estando casada, iba y venía. Por la noche estudiaba.

Fue así como siendo muy joven, Lourdes mostraba ser una adolescente que defendía sus ideas, con una capacidad e inteligencia poco habitual para los chicos de su edad. En tres años cursó el secundario y con tan sólo dieciséis ya era una estudiante universitaria.

 

LA BÚSQUEDA Y LA LUCHA CON LAS MADRES

Para comienzos de los 70 Lourdes ya se había recibido de psicóloga y además de abrir su consultorio, compartido con otros dos compañeros, comenzó a trabajar en el 1973 en DINEA (Dirección Nacional de Educación para Adultos). A su vez, daba clases en la Universidad de Morón en la Carrera de Turismo. En 1974 nació Pablo, su hijo. María Lourdes tenía tiempo para todo: el trabajo, la familia y la militancia.

María Lourdes es secuestrada junto a su marido el 13 de octubre de 1976. Tenía 30 años y un bebé de 18 meses. Al día siguiente de la desaparición, Pepa recibe la noticia e inmediatamente inicia su búsqueda.

Me vinieron a avisar a la mañana. Vino la mamá del marido de Margarita. Se para en la cocina, me mira y dice: ‘Pepa, yo te lo tengo que decir’. Yo la miro. Dice: ‘anoche se llevaron a María Lourdes’. Durante mucho tiempo yo sentí como si esa señora tuviera la culpa de que se llevaran a Lourdes. Luego, me cambié, me fui y no paré más. Fui a la comisaría, porque era algo muy serio. El que estaba en la puerta de guardia me preguntó: ‘¿Qué busca, qué quiere?’ y me dio una rabia... ‘Busco al oficial’, le dije, pero ellos querían saber. Me tocó un oficial bueno dentro de todo. Me contó que tenía que hacer un hábeas corpus y le pregunto qué era eso. Me dijo: ‘Yo se lo voy a hacer’. Él lo hizo pero no puso ningún dato, ponía rayitas donde iban los nombres. ‘Usted esto lo hace y pone lo que sabe que pasó con su hija, pero por favor no le diga nada a nadie’. Y así fue. Después, tuve que ir otra vez para pedir permiso para abrir el departamento.

Pepa, como todas las madres, comenzó la búsqueda en soledad y, poco a poco, se fue encontrando con otras madres que, como ella, intentaban averiguar el paradero de sus hijos. Pepa fue una de las primeras catorce mujeres que recorrió la Plaza de Mayo aquel 30 de abril de 1977. Pero, además, fue la primera en llegar: estaban ella y las palomas.

En la Iglesia Stella Maris, una señora se para en medio del pasillo largo que tenía y, pese a que estaban los guardias pidiendo los documentos, dice: ‘Señoras, señores, nosotros lo que tenemos que hacer es ir a Plaza de Mayo a reclamar por nuestros hijos como hicieron nuestros mayores’ y siguió hablando pero yo no escuché más. Un señor buscó una fecha y eligió el 30 de abril. No nos dimos cuenta de que era sábado ¡no había un alma! nadie, pero se eligió así. Ella habló mucho. Ese día también estuvo Marcos Zuker. Pobre, el cura le dijo que al hijo lo habían matado, y salió llorando, ¿sabés cómo lloraba? Al tiempito lo llamó el hijo, era mentira. Él lo agarró y lo mandó a Brasil. Cuando vinieron los de la OEA, el chico dijo: ‘Me voy a Buenos Aires a presentar la denuncia en la OEA’. Chau, ahí sí lo bajaron.

¿Cómo fue ese primer encuentro en la Plaza de Mayo?

Yo llegué muy tempranito, dos horas antes de la hora que acordamos. No había podido dormir en toda la noche. Fui a la plaza, no había un alma. Eran las palomas y yo, ese día había muchísimas. Yo esperaba y fumaba. Al ratito llegaron las otras mamás. Había una chica que era del Partido Comunista pero no quiso dar el nombre, y estaban las tres hermanas de María Adela. Después dijimos: ‘Vamos el viernes’ y así empezamos a ir los viernes. Ya vino un poquito más de gente y fue aumentando. Había una mamá que se llamaba Nora a la que le habían llevado una hija que se estaba por casar, le llevaron todos los regalos. Ella dijo: ‘¿por qué no venimos los jueves? El viernes es día de brujas’. Y quedó los jueves. Ella falleció. Así empezó. Empezamos a dar las vueltas porque no podíamos quedarnos quietas, los policías nos hacían caminar. Nos decían.

¡Circulen, circulen!

Pepa también recuerda el día en que Astiz se presentó ante las madres con el nombre falso   de Gustavo Niño, diciendo que tenía un hermano desaparecido. A los pocos meses, se dieron cuenta de la traición de la que habían sido objeto.

En el mes de octubre apareció (Alfredo) Astiz. Decía que tenía un hermano desaparecido y que su madre estaba muy enferma, por eso venía a la plaza. Y las madres, lo cuidaban como si fuera su hijo, Azucena (Villaflor) le decía: ‘no vengas, es peligroso. Vos decime dónde te llamo, cuando hay que firmar algo, te aviso’. ‘No, yo no tengo miedo’, nos decía. No tenía miedo, fue un vendido. No me acuerdo de los rostros, se me borran las cosas pero lo que no se me borra es la imagen de la piba que vino el primer día (me dijeron hace poco que la habían matado) y la de Astiz. Pienso y lo veo: con una chomba blanca, de media manguita, parecía un pibe jovencito, haciéndose el Don Juan. Él siempre atrás de Azucena y se había hecho muy amigo de Remo. Remo era un muchacho que había sido seminarista. Íntimos se hicieron, lo llevaba a todos lados. El 8 de diciembre se lleva a las Madres de la Iglesia Santa Cruz y el 10 va a Sarandí a buscar a Azucena. También se la lleva. A Remo lo va a buscar a la casa. Remo lo llevaba a asados, a reuniones de amigos, a todos lados y este tipo. No, no. Si lo pensás no te entra en la cabeza. ¿Cómo, brindándole toda la amistad que le brindó, entregarlo así? Remo nunca apareció, las que aparecieron son las madres en General Lavalle. ¡Qué cosa rara! Las tiran del avión y aparecen juntas, menos una monjita. Aparecen las tres mamás, con Azucena cuatro. Todas ahí en la playa. Al tirarlas en el mar una puede ir para acá, la otra para allá pero ellas fueron juntas. Cuando dijeron que estaban ahí, los antropólogos vieron que eran ellas. Las mamás, Azucena, la monjita y una piba que era catequista, una cosa así. No se supo quiénes eran los muchachos, pero, las madres juntas con la monjita. Y la otra monjita no, no sé dónde la tiraron. Así aparecieron sus cuerpos.

¿Cómo fue que decidieron usar el pañuelo blanco?

En el 78 íbamos a ir a Luján, nunca habíamos salido tan lejos y dijimos: ‘¿Cómo nos vamos a conocer?’, porque cada una iba por su cuenta y una de las Madres dijo: ‘Nos ponemos un pañal en la cabeza’. Nos pusimos un pañal para encontrarnos todas las madres. Después ya nos quedamos con los pañuelos.

¿Cómo eran las marchas en la época de la dictadura?

En la época de la dictadura íbamos a la Plaza. Primero, íbamos y nos corría la policía. Una mamá dijo que eran los militares, pero nunca, nunca nos corrió un milico. La policía era la que nos corría. Nos corría por un lado, nos íbamos, entrábamos por otro... Después empezamos a juntarnos y éramos tantas que ya los vigilantes hablaban con nosotras. Uno nos dijo un día: ‘Cada vez que vienen los jueves me da una bronca, porque yo no entré a la policía para correr a mujeres’. Un día veníamos para la Plaza, se acercan dos tipos caminando y nos dicen: ‘No vayan a la plaza, la policía les está sacando los documentos’. Y fuimos para allá. Con el tiempo, un día hablando de si te acordás de aquellos dos que nos pararon, dos de civil. Era enorme la cantidad de documentos que tenían y llegó una orden de la comisaría 2ª para que los devuelvan. Y nadie los quiso aceptar. Muchas veces pasó eso. De ir a las comisarías y quedarse afuera. Otras entraban. ¡Estaban furiosos! Devolvieron los documentos, les tomaron los nombres y las echaban. Las madres nos reíamos por el fastidio que les daba a los tipos todo eso. A la semana siguiente, vuelta otra vez a empezar. Así era la cosa, no era tan fácil. La primera vez que llevaron presas a las Madres, creo que llenaron cinco colectivos 60. Y otro grupo que queríamos meternos en las casas pero no nos dejaban entrar. Por suerte había un parking de autos, nos llamaron de ahí y fuimos. Ahí nos quedamos unas cuantas. Cuando se va a la policía y se lleva los colectivos nos reíamos, nos hacíamos comentarios y en eso aparece mi marido que me andaba buscando. Fuimos a la comisaría a esperar que salieran. Esperamos hasta que salió Nora (Cortiñas). Salió a la medianoche. A Azucena la soltaron también pero no le soltaban al hijo y a la nuera y dijo: ‘Hasta que no salen ellos yo de acá no me muevo’. Con mi marido y Nora nos fuimos para Castelar, era medianoche ya. No sabés las veces que Nora ha estado adentro en la comisaría, presa. Y yo esperándola. En cuántas cosas hemos andado las Madres, escapando, corriendo...

¿Qué otra anécdota nos puede contar de su búsqueda?

¿Sabés lo que hizo un día Nora (Cortiñas)? Fue a la Mansión Seré (centro clandestino de detención, en Morón). No le dijo nada a nadie. Vino a casa y me dijo lo más tranquila: ‘¿Sabés de dónde vengo?’. Le contesté: ‘Yo te mato, ¿estás loca?’ Me quería morir. Me contó: ‘fui a la Mansión Seré. Me puse a caminar para el lado de la casa, miraba para todos lados. Entonces sale un tipo que dice: ¿qué busca señora?’. ‘Mi hermano quiere poner un geriátrico y se vende el predio y lo quiere comprar. Hablaba fuerte para que me escucharan los de adentro. Yo vi que me espiaban por una rejilla. Y él: No señora, está equivocada. No, cómo voy a estar equivocada si me dijeron bien’, le decía Nora. ‘No, mire, vaya a la municipalidad y averigüe bien. Va a ver que esto no se vende’. Al final, se fue. Después vino a mi casa y me contó lo que pasó. Yo le dije: ‘¡Cuando sepa Carlos te mata!’ Ella era así; es así. Otro sábado venía de la peluquería y dice: ‘Pepa, en la peluquería dijeron que hay un lugar donde ayer mataron unos chicos’. Y fuimos allá. Empezó la caminata. En los negocios preguntábamos: ‘Nos dijeron que acá mataron a unos chicos ayer’. ‘Sí, pero, sabe qué pasó señora’ te contaban. ‘Secuestraron a una señora y no la querían soltar, entonces fue la policía y los mató’. ‘¡Qué cosa, qué barbaridad!’. Seguíamos caminando. ‘Me dijeron que’ otra vez: ‘No señora’. Todos nos decían lo mismo. ‘¿Qué hacemos?’, pensamos. Y estábamos paradas delante mirando la casa, porque sabíamos cuál era la casa y dijimos: ‘Vamos a la delegación’. Yo nunca le dije a Nora, ‘dejame hablar a mi’. Tomamos un colectivo y fuimos.

¿Sabés dónde era la delegación? Vos mirabas así era todo campo, en medio del campo, una cosa chiquita, ahí era la delegación. Y sale el policía: ‘¿Qué buscan?’ Y respondí: ‘Mire, nos dijeron que habían matado a unos chicos acá y nosotros buscamos a nuestros hijos’. Nos mira y nos dice: ‘No, estén tranquilas, nada que ver’. Y nos contó lo mismo que nos contaron en el otro lado. Que habían secuestrado a la señora de no sé quién. Nada que ver. Se hizo de noche y a la vuelta, llovía. ‘Un día de estos nos matan a nosotras’. Y así era la vida de Nora y la mía... Yo he ido a muchos lados con Nora, ella me venía a buscar y salíamos a San Miguel. Es impresionante los lugares donde uno ha ido, lo que pasa es que se te borra mucho.

¿Qué pudo reconstruir sobre el destino de María Lourdes?

Nada. Se la llevaron y chau. No sé a dónde. Les voy a contar algo que no dije: cuando se llevaron a Lourdes, todavía las Madres no nos juntábamos, iba a la ESMA porque sabía que podía estar ahí. Caminaba por esa cuadrita hasta cerca de donde estaban los milicos. Siempre me acuerdo que pasaban los Ford Falcon a toda velocidad y entraban. Yo me paraba y decía: Me gustaría ser ‘Hechizada’. Hechizada era un programa de brujas que había en televisión, que movía la nariz y se le cumplía el deseo. Decía: ‘No seré hechizada para que te revuelques en la calle’. Y el auto corría y entraba a la ESMA. Muchas, muchas veces fui. Sola, en aquel tiempo andábamos solas. Y un día no fui más porque igual lo único que veía era pasar autos.

¿Estuvo en la ESMA?

Estuvo ahí, por lo que dijo Quique (esposo de Lourdes). Una vez, no sé a dónde fui, tomé el   tren que pasaba por ahí y miraba para ese lado, para la ESMA, y se veía adentro, el jardín. Me acuerdo que miraba por la ventanilla y se veía para adentro. No se veía nada, se veía nada más que el jardín, las paredes y nada más. Pero uno miraba igual...

 

 

 

PALABRAS FINALES

Muy poco fue lo que Pepa pudo reconstruir sobre el destino de su hija, pero siempre guardó en su memoria el último recuerdo:
 

Cuando ella se fue y le dije: ‘Cuídate’. ‘Sí, mami, estate tranquila’. No se me olvida nunca: ¿Quién iba a decir lo que ocurriría después? Nunca soñé que iba a pasar eso. No. Es impresionante. Hay algo que yo recuerdo, que no se puede contar en realidad, porque dicen: ‘ésta está loca’. Yo estaba acostada y no podía dormir. Escuché un grito terrible como un lamento. Lo escuché en la pieza. El lamento pasaba y se iba. Y dije: ‘Es Lourdes’. Como que se moría, le pasaba algo, gritos. Nunca más sentí lo mismo. Una vez sola me pasó. Pienso que sería cuando murió. Pero siempre recuerdo los gritos porque decía: ‘No puede ser’. No estaba soñando, nada que ver. Yo nunca pensé que me iba a pasar una cosa así. Ni a mí ni a todas las madres.