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ROSA TARLOVSKY DE ROISINBLIT
Abuela de Plaza de Mayo
Vicepresidenta del organismo

Rosa Tarlovsky de Roisinblit, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, es la madre de Patricia. Ella fue secuestrada junto con su compañero, José Manuel Pérez Rojo, y la hija de ambos, Mariana Eva, de quince meses, el 6 de octubre de 1978. La joven estaba a punto de recibirse de médica y de tener a su segundo hijo, ya que tenía un embarazo de ocho meses. La niña fue devuelta a su familia y criada por sus abuelos. Y Rosa comenzó la búsqueda de su hija, su yerno y su nieto.



 

LA HISTORIA DE ROSA
 

Nació en Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe. Fue la tercera de los siete hijos de un matrimonio de inmigrantes para la colonización judía de Argentina, que llegaron escapando de la ferocidad de los pogroms zaristas.
 

Su infancia se desarrolló en el campo, dentro de una familia de pocos recursos económicos. Rosa era una niña traviesa pero excelente alumna. Apenas terminada su etapa escolar se fue a Rosario, a estudiar obstetricia a la entonces Universidad Nacional del Litoral y tras unos años ganó por concurso el cargo de partera jefa de la Maternidad Escuela de Obstetricia.
 

En 1951, ya instalada en Buenos Aires, se casó con Benjamín Roisinblit y el 8 de diciembre de 1952 nació Patricia Julia, su única hija. Los sábados la llevaban a la Escuela de Niños Pintores del Instituto Vocacional de Arte Lavardén, además de acompañarla a practicar deportes y estudiar inglés. También la apoyaron en sus estudios y en el ingreso a la Facultad de Medicina.
 

En 1972 Benjamín falleció de un cáncer, y la vida de Rosa y Patricia experimentó una fuerte sacudida.

 

 

MILITANCIA Y COMPROMISO
 

Patricia Julia Roisinblit nació el 8 de diciembre de 1952, en el sanatorio porteño donde trabajaba su madre.
 

Desde el jardín de infantes hasta el final de su escuela secundaria cursó sus estudios en el Normal N° 8 de Balvanera. Fue una alumna sobresaliente, querida y valorada por sus compañeras y docentes. Seguía siendo una alumna destacada en sus estudios universitarios y tras la muerte de su padre empezó a trabajar en el departamento didáctico de una escuela. Y también a interesarse por los cambios que se gestaban en el país y a militar en política. La gente que la rodeaba en aquella época la recuerdan como una enamorada de la vida, apasionada, convencida, generosa.

 

¿Cuándo comenzó a preocuparse por el destino de Patricia?
 

Un día, después de volver muy tarde a casa, se quedó dormida. Yo la desperté y le dije: ‘Patricia, ¿qué estás haciendo? Tenés que ir a la facultad’. Eso pasó un día, otro y otro. Ella seguía durmiendo y no salía de casa. Hasta que me dijo: ‘Mamá, no me insistas. No voy a volver a estudiar porque los compañeros me avisaron que no vaya más, que ya me fueron a buscar ahí’. Le faltaban cuatro materias para recibirse de médica. Ya las había cursado; sólo tenía que rendirlas y no pudo porque tuvo que dejar de ir.
 

También tuvo que abandonar su trabajo en la escuela y un día le anunció a su madre que pasaba a la clandestinidad: se fue a vivir a un lugar cuya dirección no pudo darle.
 

Su militancia había comenzado en el PRT y luego se incorporó a Montoneros, en el área de Sanidad, como médica en situaciones operativas. Ahí conoció a José Manuel Pérez Rojo, de quien se enamoró y con quien decidió formar una nueva familia. Cuando Patricia le contó que estaba embarazada, Rosa le pidió que se casara. Pero ese pedido era imposible: ni ella ni su compañero podían asentar sus firmas en ninguna documentación que permitiera identificarlos, porque sería el primer paso para que los ubicaran y los persiguieran.
 

En junio de 1977 nació Mariana y Rosa estuvo todo el tiempo junto a su hija en el Sanatorio Güemes de la ciudad de Buenos Aires. Cuando Patricia fue dada de alta, volvió a zambullirse con su compañero y su bebita en aquella nada desconocida para su madre. Cada tanto la iban a buscar en su auto y salían por ahí, pero se veían muy poco. Rosa les pidió que se fueran del país, pero Patricia contestó que “el que se va es un cobarde”.
 

El 6 de octubre de 1978 fueron secuestradas Patricia, estaba embarazada de ocho meses de su segundo hijo, y Mariana, de quince meses, quien fue entregada a sus abuelos. Se las llevaron su casa, mientras que a José lo detuvieron en su negocio, en la localidad de Martínez, provincia de Buenos Aires.
 

Por testimonios de algunas personas que fueron liberadas del centro clandestino de detención de la Escuela de Mecánica de la Armada se supo que el 15 de noviembre Patricia dio a luz a un varón al que puso el nombre de Rodolfo Fernando. Había sido trasladada allí desde la Regional de Inteligencia de Buenos Aires, de la localidad bonaerense de Morón, a donde había sido recluida junto a su compañero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA
 

A los diez días del secuestro de su hija, Rosa recibió una llamada de ella y poco después otra, de un hombre, quien le decía que Patricia necesitaba que se fijase si las vacunas de la nena estaban en regla. Sabiendo lo metódica y ordenada que era su hija, comprendió que le estaba dando señales de vida.
 

Cuando pasó la fecha de parto, Rosa comprendió que no la liberaría y dependía de ella encontrar a su nieto. Emprendió la búsqueda de toda la familia en soledad, siguiendo todo rastro que fue encontrando, hasta que dio con un grupo de mujeres que se reunían con sus mismos objetivos. Así fue como se incorporó a las Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, que luego tomaron el nombre de Abuelas de Plaza de Mayo.
 

Se desempeñó como tesorera de la Comisión Directiva entre 1981 y 1989, año en que pasó a ser la vicepresidenta de la institución.
 

Desde 1982 asistió anualmente a las reuniones de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Ginebra, hasta la disolución de dicha comisión. A partir de entonces ha viajado por el mundo llevando su misión de la búsqueda de los niños secuestrados y de difusión de la tarea de Abuelas, manteniendo encuentros con personalidades de todas las áreas sociales que pudieran colaborar con sus objetivos.
 

Su imagen y su voz aparecen en enorme cantidad de publicaciones y documentales. Ha ofrecido charlas, conferencias y testimonios en infinidad de eventos nacionales e internacionales en diversos países del mundo entero. Del mismo modo, ha trabajado el tema en establecimientos educativos de todos los niveles. Su memoria, su precisión y la claridad de su lenguaje en la explicación de los aportes de Abuelas respecto de temas jurídicos y científicos a nivel mundial (especialmente en el desarrollo de las técnicas de investigación del ADN y el Índice de Abuelidad), así como su capacidad didáctica, salpicada con acotaciones cálidas y humorísticas, le han valido infinidad de invitaciones de todos los rincones del planeta.
 

Es miembro de la Sociedad Internacional para la Prevención del Niño Maltratado y Abandonado y de la Asociación Latinoamericana contra el Maltrato a la Infancia. También ha obtenido premios y distinciones a título personal, por su trayectoria y actuación en favor de la paz, la justicia y la defensa de los Derechos Humanos, en especial el Derecho a la Identidad.
 

Paralelamente a su actividad, se dedicó desde el principio a la relación con su nieta Mariana, que había quedado viviendo con sus abuelos paternos desde la desaparición de sus padres. Compartió con ella juegos, música, lecturas y viajes. Mariana es licenciada en Ciencias Políticas, dramaturga y se doctoró en Letras en Alemania.

 

 

EL SUEÑO HECHO REALIDAD
 

Rosa logró encontrar a su nieto en el año 2000 gracias a denuncias recibidas en Abuelas de Plaza de Mayo. Había sido criado por un agente civil de inteligencia de la Fuerza Aérea y por su esposa, quienes fueron enjuiciados por apropiación ilegítima y sustitución de identidad.
 

¿De dónde sacá fuerzas para seguir trabajando?
 

Pienso que mi actividad va un poco más allá del objetivo principal de Abuelas, que es el Derecho a la Identidad. Siento que mi compromiso con la vida es para siempre, con todos los que padecen la falta de justicia y de libertad en el mundo entero. Para siempre. Hasta el último día de mi vida.
 

¿Qué opina sobre la idea de que en la sociedad debe darse una reconciliación?
 

Yo no tengo que reconciliarme con nadie porque yo no estoy peleando con nadie. Estamos pidiendo, rogando y exigiendo que nos devuelvan a nuestros nietos. Nada más. Nada más ni nada menos que eso. Hemos perdido algo tan caro a nuestro corazón que creo que no estamos en el camino equivocado si pretendemos que nos los devuelvan. Pero ellos, los que se los llevaron, nunca pidieron perdón. Entonces, ¿cómo nos vamos a reconciliar? Reclamos verdad y justicia. ¿Memoria? Ya nos encargamos nosotras de que se conserve la memoria.
 

¿Qué se modificó en su tarea diaria a partir de haber encontrado a su nieto?
 

La lucha no cambia para nada. Yo vengo todos los días a la Casa de las Abuelas y si bien estoy muy contenta de haber encontrado a mi nieto, no estaba acá solamente para buscarlo a él, sino a todos los que faltan. Encontré al mío, me sentí privilegiada, pero también me sentí responsable y obligada a seguir buscando, sin olvidar a los padres de esos jóvenes por los cuales también estamos luchando hasta el día de hoy. Y cada nieto nuevo al que se le restituye su identidad significa una gran satisfacción, un convencimiento de que lo que hacemos es lo lógico, lo normal, lo que debíamos hacer, y que los logros que obtenemos son la más grande compensación a todo el trabajo. Cada vez que encontramos a un nieto, brindamos con champagne. Siempre nos preguntamos qué más podemos hacer. Y siempre encontramos un qué más.

 

 

PROGRAMA EDUCACIÓN Y MEMORIA
 

Mi infancia fue hace muchos años y la educación ha evolucionado desde entonces enormemente. Iba a la escuela y era una chica muy aplicada. Me gustaba cumplir y nunca iba a clase sin saber una lección. Todas las noches, a la luz de una lámpara a querosene, después de cenar y antes de dormir, mis padres nos contaban a mí y a mis hermanas la historia de por qué tuvieron que venir de Europa a la Argentina. Eso también quedó muy grabado en mí.
 

Así como ella escuchaba de la voz de sus padres esa historia familiar, se alegra de que hoy se haga lo mismo pero a nivel educativo en las escuelas.
 

¿Quiénes son las Abuelas cuenta cuentos?
 

Son las que asisten a las escuelas primarias y a los jardines de infantes para dar charlas. Claro que no son las mismas explicaciones que le daríamos a un adulto. No se procede de forma brusca: los cuentos se van incrustando en el cuerpo, la mente y en el corazón de cada uno de los chiquitos de manera que no sea chocante ni los pueda alterar psicológicamente. Los chicos van tomando lo que se siembra durante la infancia. Se perdura. Y por eso siempre nos dirigimos a ellos con todo el cariño. Eso es muy importante. No vamos como grandes profesionales para sentirnos superiores a ellos, sino que una se pone a la altura del interlocutor y todo sale muy bien.
 

¿Cómo reaccionan los chicos y las chicas?
 

Ellos traen un cuestionario que es una maravilla. Algunos vienen preparados por sus familias y otros por sus maestros. Nosotros nos dirigimos a ellos con las mejores intenciones, porque los Derechos Humanos no se refieren solamente a la desaparición de personas. También incluyen una buena educación.