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Hilda Victoria Montenegro Torres
Nieta restituida por las Abuelas de Plaza de Mayo

Victoria nació el 31 de enero de 1976, en la Ciudad de Buenos Aires. Es hija de Hilda Torres, nacida el 1 de octubre de 1957, y Roque Montenegro, del 16 de agosto de 1955, ambos oriundos de Metán, provincia de Salta. Tenía menos de quince días de vida cuando fue secuestrada junto a sus padres por fuerzas de seguridad, en un operativo comandado por el coronel Hernán Antonio Tetzlaff en Lanús, provincia de Buenos Aires.

A partir de ese momento, perdió su identidad. Fue anotada como hija biológica del matrimonio de Herman Tetzlaff y María Eduartes, con el nombre de María Sol Tetzlaff, con fecha de nacimiento 28 de mayo de 1976. Gracias a la búsqueda incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo, fue localizada en agosto del 2000 y se reencontró con su familia biológica un año más tarde.

Dejar de ser María Sol y volver a ser Victoria fue un largo proceso marcado por las contradicciones y las rupturas ideológicas propias de una crianza centrada en el adoctrinamiento contra lo que sus apropiadores llamaban ‘la subversión’.

Su familia biológica supo acompañar este largo proceso de aceptación de su verdadera identidad y al día de hoy han logrado construir un vínculo sólido y sostenido, basado en el amor y la verdad. Es la nieta número 95.

Más allá de que tuvimos que atravesar una historia que es muy dura y que costó mucho, yo pienso que si tuviera que elegir, elegiría saber la verdad. No me imagino mi vida hoy siendo María Sol. Si tuve que pasar un montón de cosas feas, valió la pena para que hoy pudiera ser Victoria.

Victoria está casada y tiene tres hijos. Sus padres permanecen desaparecidos.

 

‘Se acabó el miedo. El miedo se fue con María Sol. Yo soy Victoria’. (Victoria Montenegro)

 

LA HISTORIA DE VICTORIA

Antes me llamaba María Sol Tetzlaff y era hija de un coronel del ejército –Herman Tetzlaff– y de María del Carmen Eduarte, su esposa. En ese momento yo pensaba, realmente, que lo que decían las Abuelas de Plaza de Mayo, las Madres, era todo mentira. Cuando era chiquita me decían que ellas eran unas viejas locas, que no habían sabido cuidar a sus hijos y que ahora se acordaban cuando les faltaban y querían lastimar a la familia argentina –como la que yo tenía cuando era María Sol–, mintiendo. Gracias a Dios, las Abuelas no eran viejas locas sino que eran mujeres luchadoras a las cuales no solamente les robaron a sus hijos sino a sus nietos por nacer o nacidos. Yo tenía trece días cuando desaparecí. Las Abuelas iniciaron una causa judicial contra mi apropiador y recién a los veinticinco años ‘aparecí’ como María Sol Tetzlaff a 2000 kilómetros de mi familia. La verdad es que fue bastante difícil esto. Recién hoy, 10 años después de ese momento, puedo decir que me llamo Victoria Montenegro, que soy una nieta restituida y que estoy orgullosa de mis padres, mis abuelos, mis hermanos. Pero eso lleva mucho tiempo porque realmente hubo un estado terrorista que hizo mucho daño, que nos lastimó mucho, que nos robó nuestra infancia, nuestra familia, lo que nuestros papás soñaron para nosotros y eso no es algo que uno pueda acomodar tan fácilmente. Imagínense ustedes que un día te den un papel y te digan que ya no sos esa persona que eras hasta ese momento y que las personas que vos querías, a quienes les decías mamá y papá, no son tus verdaderos padres. En mi caso, el agravante es que a quien yo le decía papá y que era la persona a quien yo más amaba en el mundo, me confirma que, efectivamente, él es la persona que mató a mis papás, al ‘enemigo’, y que lo había hecho para ‘salvarme la vida’. Y yo, en ese momento, se lo agradecí porque sentía que realmente me había salvado la vida. Obviamente, crecí en los cuarteles y por lo tanto tenía una formación ideológica militar muy fuerte y un miedo muy grande de hacerme cargo de esa verdad como para poder llamar las cosas por su nombre. Me llevó muchos años pero, por suerte, pude entender que a la persona a la que amaba mucho no era mi papá, era mi apropiador y que eso que yo pensaba que era un acto heroico era un crimen de lesa humanidad. Porque yo le creía cuando él decía que ‘salvaba a la Patria’ y me contaba que entraba y mataba al enemigo. Ellos decían que cada vez que mataban a un subversivo estaban haciendo Patria y yo, realmente, creía que eso era cierto y pude con el tiempo entender que no era un acto heroico y que no me había salvado la vida sino que me había alejado de mi verdadera vida. Lo pude correr y pude dejar de decirle ‘papá’, lo cual para mí era fabuloso. Puedo decirle ‘papá’ a mi verdadero papá que se llama Roque y le decían Toti, yo ahora le digo papá. Y a Hilda, que es mi mamá, pude llamarla ‘mamá’. Pude encontrarme con mi familia biológica y hace diez años que estamos juntos. Tenemos una relación muy linda que crece todos los días y esto es gracias a las Abuelas que nunca dejaron de buscarme. Hoy por hoy, los nietos colaboramos con las Abuelas para poder abrazar a los hermanos que nos faltan y además porque muchos de nosotros ya somos papás y sabemos que no solamente es nuestra generación la que no tiene identidad sino que nuestros hijos están creciendo con una identidad que no es la suya. Cuando a mí me cambiaron la identidad, tuve que cambiarles la identidad a mis tres hijos también. Sus nombres, son su historia. Tuve resistencia, obviamente, porque ya mis hijos eran grandes, pero hoy por hoy están muy orgullosos de su apellido y de sus abuelos.

¿A qué plano pasaron tus padres anteriores? ¿Qué sentís hacia ellos ahora porque, a pesar de que todo era una mentira, fue mucho tiempo con ellos?

Yo siempre digo que lo que me entregan a los veinticinco años es el ADN. La identidad la recuperé mucho después. Recién hace dos años terminé de recuperar mi identidad. En esos años, desde el ADN, desde que me entero que esa familia que me crió no eran mis verdaderos padres al día de hoy reacomodé muchas cosas. A veces es difícil. Cuando la que adopta es una familia buena que lo quiso y lo quiere como su hijo, es una cosa. En el caso de algunos nietos, como en mi caso, cuando nos cría alguien de la misma fuerza, que son quienes nos apropian y realmente nos crían como adoctrinados. Están convencidos de que nosotros ‘somos hijos de subversivos’ y así nos criaban, con esa idea. En mi caso, mis apropiadores estaban siempre atentos a todo. Cosas que para ustedes son normales, como levantar un volante de algún partido político, para mí no lo era. Él se sentaba y me hablaba horas de lo peligroso que era eso. Es decir, me formaba todo el tiempo. Entonces cuando vos te enterás de lo que me enteré yo, te lleva un tiempo correr la ideología, lo que vos considerabas que estaba bien. En un primer momento, me pasaba que él era mi papá y todo lo que decía estaba bien y todos los demás tenían la culpa: las Abuelas, el juez, todos menos él. Hasta que van pasando los años, yo ya era mamá y tenía que hablarles a mis hijos también de lo que estaba pasando. Me acuerdo que en un momento, yo les estaba hablando y digo para mí misma: ‘no, esto es lo que a mí me dijeron, pero esto yo sé que no es así’. Entonces, tuve que empezar a decirle a mi hijo: ‘Vos lo querés a tu abuelo –porque mi hijo mayor se crió con su abuelo- pero lo que hizo no está bien’. Entonces empezás a acomodar, a decir: ‘esto de romper una puerta no es salvar a la Patria, es destrozar una familia’. Todo eso te va ayudando a que lo puedas correr de a poco y yo lo logré definitivamente recién hace dos años porque, hasta entonces, para mí, mi mamá y mi papá eran Herman y Mari. De hecho, cuando me notifican en el juzgado, me presento y digo que mi nombre es María Sol Tetzlaff y que era hija del coronel Tetzlaff y de María del Carmen Eduarte y que eso no iba a cambiar nunca. Con estas palabras, me presento ante mi familia biológica, que me había buscado hacía veinticinco años. Fui con esa idea de no querer a mi familia porque, para mí, mi familia biológica no existía. Mi mamá y mi papá eran únicamente Mari y Herman, lo demás era un accidente. Yo no quería esa verdad que ellos me querían contar. Pero después te das cuenta de que esa familia existe y que es tuya. Además, me pasa que me parezco a toda mi familia, eso ayuda a poder llamar las cosas por su nombre: ‘Bueno, está bien, yo lo quiero –ya había fallecido mi apropiador– pero no es mi papá’. Y al correrlo pude comenzar a querer a mis verdaderos padres. A mí me pasaba eso, yo no podía querer a mis papás verdaderos porque mi papá era Herman; el otro era Toti, como si fuese un amigo. Por otra parte, las fotos que tengo de mi papá son de cuando tenía diecisiete o dieciocho años, entonces es muy difícil, porque tenés veinticinco o veintiséis años y ves a tu papá que es más joven que vos. Hoy por hoy mi hijo mayor tiene la misma edad de mi papá cuando desapareció, entonces, a mí al menos me resultó muy complicado. Pero la verdad es que yo festejo que pude correrlas a las personas que me criaron, pude correrlos del lugar de mamá y papá. Yo no los odio, no los odio, pero amo a mis verdaderos padres. Quiero saber todo de ellos, quiero estar con mi familia, quiero recuperar eso. No tengo odio porque si vos te ponés a pensar en lo que nos pasó, si nos ponemos a odiar nos enfermamos y, aparte, no vamos a cambiar nada. No podemos cambiar lo que pasó y si odiamos nos hacemos malas personas, hacemos lo que hicieron ellos con nosotros y no queremos ser así porque nuestros padres nos amaron, nos trajeron al mundo y somos frutos del amor. Entonces, nosotros tenemos que ser lo que eran ellos, buenas personas. Yo no odio a mis apropiadores. Sé que no son mi mamá y mi papá. Mi mamá y mi papá están desaparecidos y es a ellos a quien amo realmente. Sigo teniendo vínculo con mi apropiadora y cada tanto la voy a ver. Pero desde este lugar: ir, ver a mi hermana ya que tengo sobrinos también y nada más. La voy a ver pero sé que no es mi mamá. Mi mamá está desaparecida.

¿Vos tenías alguna sospecha de que podías ser hija de desaparecidos?

No, yo no lo pensaba ni lo sospechaba. Yo digo que es gracioso porque mi apropiador era hijo de alemanes, Tetzlaff. Era rubio de ojos verdes y María también era rubia. Y mis papás eran salteños. Yo me acuerdo siempre que cuando iba a hacer trámites la persona que me atendía me preguntaba por el origen del apellido. A mí me encantaba mi apellido porque era raro. El de María Sol era T-E-T-Z-L-A-F-F. Entonces, cuando me preguntaban por el origen, yo decía: ‘alemán’. Y la gente me miraba, claro… Y yo decía: ‘alemán del norte’ y la gente me seguía mirando... Yo decía eso porque mi apropiadora me había dicho que su suegro, el padre de Herman era alemán del norte, ‘morocho’, me decía. Y claro, yo había visto una foto de él en blanco y negro y era un alemán todo tallado. Para mí era así, yo no dudaba, aunque a todo el mundo le parecía raro. Pero nunca tuve dudas de que fuera hija biológica del matrimonio Tetzlaff - Eduarte. Yo me entero en el juzgado. Para mí lo que me decía Herman en ese momento – mi apropiador – era así, no había dudas. Cuando el juez me dice ‘se comprobó que no sos la hija biológica del matrimonio Tetzlaff - Eduarte’, yo le planteo que no, que es mentira, que el banco genético lo manejan las montoneras de las Abuelas y el montonero del juez. No sé si ustedes ven el personaje de Capusotto, ‘Bombita Rodriguez’, que dice que son todos montoneros. Bueno… ¡yo era igual!, como ese personaje. Y el juez me dice. ‘tenés un 99,99 % que no sos hija del matrimonio Tetzlaff - Eduarte’. Y yo le tiro el expediente y le digo: ‘yo me quedo con el 0,01 % porque esto es mentira, porque yo soy hija de mi papá’. Después vuelvo a mi casa y estaba mi apropiador. Era la primera vez que lo iban a llevar a Caseros (a prisión). Voy y le digo: ‘vamos a pedir la contraprueba’ porque yo estaba convencida que era hija de él. Y ahí me dice que no: ‘No negra, no’. Entonces le dije: ‘vamos a pedir la excarcelación’. Es así como me entero que no soy hija de ellos, hija biológica, pero anteriormente, no había tenido dudas.

¿Cómo hicieron tus padres adoptivos para mantener la mentira tantos años? ¿Había complicidad con otra gente?

¡Sí, complicidad hubo! Por eso ahora se está juzgando además de las personas de la Fuerza, la complicidad civil. Yo vivía en Lugano I y II, que es un complejo de monoblocks que está en el Sur de la Ciudad de Buenos Aires. Y éramos dos los hijos de desaparecidos: estaba yo y Horacio Pietragalla, que es otro nieto que Herman, mi apropiador, se apropió. A él, se lo dio a la señora que trabajaba en mi casa y por lo tanto nosotros dos crecimos juntos. Horacito -que mide dos metros pero yo le digo Horacito de cariño- apareció y yo, supuestamente, era un año mayor que él y creo que en realidad le llevo apenas un mes. Lina, la señora que lo crió, decía que era un bebé recién nacido y ya caminaba. En un edificio de cincuenta y seis departamentos absolutamente todos lo sabían. Lo mismo pasaba conmigo: mi apropiador me mostraba las fotos de mi bautismo ‘mirá tenías cinco meses y pesabas catorce kilos’. Decían que era una beba recién nacida y era una gorda de cinco meses, seis meses y toda la gente sabía. Cuando nosotros aparecimos las vecinas me decían: ‘sí, todos sabíamos. ¡Qué bueno que apareciste!’ Pero nunca nadie dijo nada. Todos sabían y lo que decían era ‘pero para qué te vas a meter, si estás bien criada, si estás gordita, si vas al colegio’. La idea era que ya estaba y había que dejar todo así, sin hacer nada. Lo que mi apropiadora decía –y hasta el día de hoy lo sigue sosteniendo– es: ‘¿qué íbamos a hacer, te íbamos a dar con esa familia subversiva?’ La idea era: tuviste otra oportunidad; si tus papás no están, ya está; te dan otra vida, otro nombre, otro apellido. Entonces, como a ellos no les pasaba, no les importaba. En Lugano I y II que es enorme, todo el mundo sabía que Horacito y yo éramos hijos de desaparecidos o al menos tenían muchas sospechas. En su caso era al revés porque su mamá adoptiva era tucumana y él era un rubio, blanco, de dos metros, que no se parecía físicamente en nada… Y la gente nunca hizo nada, nunca denunció.

 

LA CONSTRUCCIÓN DE SU PROPIA HISTORIA

Para Victoria no fue fácil reconstruir su historia, primero tuvo que romper con los prejuicios y sustentos ideológicos con los que fue criada por sus apropiadores. Sin embargo, el amor incondicional de su familia le dio la contención que necesitaba para recuperar su identidad.

¿Cómo fue después la relación con la familia biológica? ¿Cómo es ahora?

Después de mi presentación horrible la primera vez que los vi en el juzgado, la relación cambió. Yo iba dispuesta a no quererlos, para mí era simplemente un trámite. Yo me había obligado a que no podía quererlos porque para mí quererlos a ellos era traicionar a los que en ese momento eran mis papás. Yo sentía eso. Y aunque fui así a ese encuentro, algo diferente me pasó. En ese encuentro estaban todos mis tíos y dos de mis primos –ellos habían hecho un sorteo entre todos los primos que son una banda y vinieron dos–, estaban Leandro y María Julia. Mi papá era el menor de ocho hermanos, era el juguete de todos los hermanos, además son de esas familias muy unidas que si hay un cumpleaños van todos y están siempre juntos, siempre cuidándose entre todos los hermanos. Me acuerdo de que cuando termino de presentarme la veo a mi tía Irma que se le caían las lágrimas y uno de mis primos, Leandro, que es el que más habla de todos comenzó a contarme, con mucho respeto también, que ellos me habían buscado siempre desde el primer día como Hilda Victoria. Y comienza a contarme la historia de mis papás, cómo se llamaba mi papá… En cambio, mi familia materna de lo primero que me habló fue de la militancia de mis padres y a mí eso automáticamente me hacía rechazarlos. Ellos no, fueron muy respetuosos, me hablaban de mi papá cuando era chiquito y me pidieron conocer a mis hijos. Bueno, ese mismo año viajamos por primera vez a Salta, era el casamiento de mi primo, que ahora está esperando ya su cuarto bebé. Y a partir de ese momento empezamos a tener una relación hermosa. Yo me acuerdo que la primera vez que viajo a Salta venía caminando por la calle y mis sobrinas -tengo sobrinas que tienen la edad de mis hijos- venían corriendo y empiezan a gritar ‘tía, tía’. Yo las miraba y pensé que iban a abrazar a otra persona porque yo tengo hijos de esa edad y sé que los chicos a esa edad no mienten, primero te saludan, te estudian y después te abrazan, no hay forma de que un chico finja el cariño. Pero ellas me abrazaron y seguían gritando ‘tía, tía’, me llevaron a la casa de mi tía y empiezan a sacar un montón de fotos. Entonces me muestran las fotos de mi cumpleaños porque ellos todos los 31 de enero me festejaban los cumpleaños aunque, obviamente, yo no estuviera. Me decían: ‘tía, éste es su cumpleaños de cinco años, usted no estaba acá, pero éste es su cumpleaños. Acá usted tomaba la comunión’. ¡Miren qué incorporada estaba yo en la vida de ellos! La sensación que yo tuve ese día fue que hacía mucho tiempo que yo no iba a ver a mi familia, sentí eso automáticamente, en ningún momento sentí que era nueva. Yo sentí que habían pasado muchos años sin ir a verlos, nada más. El cariño de mis tíos, de mis primos, de mis sobrinos, me ayudó muchísimo a entender esta historia. Obviamente, junto con mi marido y mis hijos que son los más inmediatos que tengo, los que más me contienen. Pero también el cariño de mi familia me ayudó mucho a poder reconstruir, a poder recuperar mi identidad y reconstruir mi historia y la de mis papás. Desde ese lugar, porque el abrazo que me dieron mis tíos nunca lo había tenido hasta ese momento. Tuve un montón de otras cosas, quizás materiales u otros abrazos pero no ese, ese del corazón y aparte de la sangre. La verdad es que hoy con mi familia tengo un vínculo hermoso y me hace muy feliz. Tengo esa sensación de que si bien sé que están a dos mil kilómetros es como si estuvieran a la vuelta. Yo los siento muy cerquita de mí a pesar de la distancia. Me hace muy feliz tener a mi familia.

¿Cómo fue pasar todo ese proceso emocional y empezar a saber sobre tus padres cuando te encontraste con tu familia biológica?

Yo me casé siendo muy chica, a los quince años y fui mamá muy joven. Tengo hijos de diecinueve, dieciséis y doce años. Así que cuando recuperé mi identidad ya estaba casada con tres hijos. Además, estaba muy a la defensiva de mi verdadera familia por estas contradicciones ideológicas que no me permitían estar del todo abierta a escucharlos. Lo que yo pedí al principio, lo que yo quería, era que me contaran únicamente lo que hacían mis papás cuando eran chicos o cuando eran jóvenes, pero cosas comunes, nada que estuviera relacionado a su militancia, no quería saber vinculado a eso porque si me hablaban de su militancia, automáticamente los ponía de vuelta en el rol de subversivos y no podía entender que eran mis papás. A mí me llevó mucho entender que ellos eran mis papás, me llevó años entender que eran personas y poder separar eso de la subversión y recién después de ocho años pude entender que eran mis papás. Así que yo empecé a construir esos vínculos con mis padres desde este lugar, desde preguntar cosas simples, como qué comían o qué hacían cuando iban al colegio o a qué jugaban y así pude empezar a quererlos. Hace muy poco pude estar en contacto con sus compañeros de militancia, ellos eran del ERP y lamentablemente la mayoría de los compañeros de ellos están desaparecidos. Yo tengo además de mi mamá y mi papá, dos tíos maternos más desaparecidos: mi tía Juana que tenía diecinueve años y mi tío Pedro que tenía dieciséis. Y a mi abuela materna y a mi otra tía las expulsaron del país antes del golpe. A mi familia materna la destrozaron. Así que me llevó más tiempo reconstruir la historia. Yo hace muy poco pude conectarme con los pocos sobrevivientes de esa época que militaban con mis papás. Y este año, que es la primera vez que viajo a Salta un 24 de marzo, fui al colegio de mi papá. Yo viajé un montón de veces estos años a Metán -que es la ciudad de mis papis- , pasaba por la puerta del colegio y jamás entré a la escuela donde mi papá hizo toda la primaria. Este año fue la primera vez que pude entrar y fue muy fuerte para mí porque todavía yo sigo acomodando estas cosas. Me encontré con compañeros de ellos, ya no de militancia porque en Metán prácticamente desaparecieron todos los chicos que militaban con ellos, pero sí del colegio. Lo mucho que te van contando o lo poco que te cuentan es atesorado para poder seguir armando la imagen de ellos. Porque encima no había grabadora, no había nada, son sólo las fotos en blanco y negro y con eso uno trata de construir. Yo recién hace muy poco comencé a estar abierta a querer saber la militancia de mis papás y de estar definitivamente orgullosa de ellos y poder hacerlo sin volver a ponerlos en el lugar donde los ponía antes, ni por un instante. Ahora siento que lo puedo hacer sin miedo.

 

VICTORIA HOY

Actualmente Victoria se siente plena y feliz. Logró superar sus miedos y enfrenta su vida personal y familiar planteándose renovados desafíos. Para Victoria, conocer la verdad fue un proceso absolutamente positivo.

¿Cómo es tu nueva vida, cómo la encarás, cómo te ves con todo lo nuevo que tenés?

A mí particularmente la vida me cambió de un modo radical. María Sol pensaba que lo mejor que podía hacer una mujer por el país era quedarse en su casa y cuidar a sus hijos como Dios manda, para hacer hogares constituidos, hechos y derechos. En los debates yo decía que la culpa de todo era, justamente, porque las mujeres salían a trabajar y descuidaban sus hogares. Porque así me habían criado, ¿no? (se ríe). Y hoy por hoy, mi pensamiento cambió. Como Victoria me considero una mujer plena, feliz. Obviamente, mi casa ya no es lo que era antes, impecable, es como la mayoría de las casas, pero trabajo, milito, ayudo y acompaño a las Abuelas, tengo estas ganas de cambiar el mundo, digamos. También soy consciente de que somos jóvenes, pero tenemos treinta y algo, así que tenemos nuestras limitaciones pero estoy llena de ganas y de sueños. Y más allá de que tuvimos que atravesar una historia que es muy dura y que costó mucho, pienso que si tuviera que elegir, elegiría saber la verdad. Es como cuando te preguntan si volverías a tener a tu hijo: cuando uno es madre y tiene a su hijo no se imagina su vida sin su hijo, no te entra en la cabeza, aunque hayas tenido que pasar mil cosas, verlos a ellos vale todo. Recuperar mi identidad para mí es lo mismo, no me imagino mi vida hoy siendo María Sol. Si tuve que pasar un montón de cosas feas valió la pena para que hoy pudiera ser Victoria.

 

¿Cómo te sentís cuando vas a las escuelas a contar tu historia? ¿Cómo te sentiste estando acá?

Me pone muy feliz y me voy muy feliz. Los chicos son el futuro, no tengo ninguna duda de que cada uno de ustedes es multiplicador de esto que es simplemente la verdad, los sueños, la justicia. Me voy con montones de preguntas que nos hicieron que sinceramente nos hace replantearnos la historia y nos hace sentir un poco más acompañados. Estamos representando a los ciento cinco nietos que encontraron las Abuelas, a los cuatrocientos nietos y nietas que nos faltan pero también, no sé si no es un poquito de egoísmo mío, siento que cada vez que estoy hablando con ustedes tengo a mi mamá y a mi papá al lado mío. Y que ustedes estén acá y nos den este rato para contarles nuestra historia y que sean tan respetuosos con el silencio y con las preguntas, a mí me da muchísima felicidad. Además, los veo y veo este futuro hermoso que entre todos estamos construyendo y agradezco a los profesores y a su compromiso para que ustedes hoy conozcan estas historias. Cuando yo iba al colegio esto no existía. Por ejemplo, en mi escuela todos sabían que yo era hija de desaparecidos y yo iba morada de la cabeza a los pies y la directora decía ‘se cayó de la escalera’, no hacía la denuncia. Entonces, esto que ustedes tienen, estos profes comprometidos son los que nos van a ayudar a llevar este país adelante a construir ese país que soñaron nuestros padres que es ese país que queremos para ustedes y que no tenemos ninguna duda de que cada uno de ustedes va a ayudar a construir.

 

PALABRAS FINALES

Yo cuando aparecí odiaba a las Abuelas de Plaza de Mayo. La condición que puse para conocer a mi familia era que Estela de Carlotto no se acercara, no estuviera cerca del juzgado. Yo dije: ‘si veo a ‘la Carlotto’, me voy’. Y Estela tuvo esa grandeza que tiene siempre, como todas las Abuelas, de haberme buscado 25 años y llegado el momento se alejó para evitar cualquier situación que me pusiera mal. Pero eso ahora no importa, lo importante es que lo pude entender, lo pude procesar y que hoy estoy sumamente orgullosa de haber recuperado mi identidad, de poder ayudar a las Abuelas a encontrar los cuatrocientos hermanos que nos faltan. Porque lo que uno siente, lo sentimos todos, es que cuando tenemos la posibilidad de abrazar a nuestras familias, de ir a Abuelas y tomar un té con ellas y estar entre nosotros, tenemos la obligación de encontrar a los cuatrocientos nietos y nietas que faltan para que ellos también tengan esa posibilidad de recibir el abrazo de sus familias y de saber que no se los abandonó, que no se los dio en adopción sino que sus papás los soñaron y los quisieron y los amaron hasta el último segundo y que su familia los buscó siempre.