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ADRIANA GARNIER ORTOLANI
Nieta restituida por las Abuelas de Plaza de Mayo

Adriana no sabe qué día nació ni tiene una certeza del lugar, pero ya conoce lo más importante: quiénes fueron sus padres. Se crió como hija única sin saber que no era hija biológica de quienes la criaron. Sabe que nació a fines de enero de 1977 y siempre festejó su cumpleaños el 27, día en que la anotaron con datos apócrifos. Se estima que su nacimiento pudo haber sido en el centro clandestino de detención conocido como “Pozo de Quilmes”. Los padres de la nieta restituida 126 fueron Violeta Graciela Ortolani y Edgardo Roberto Garnier.

Hasta los 37 años creí que tenía una vida completamente normal. Viví desde siempre y hasta hace muy poco en un departamento en Monserrat, donde tuve una infancia buena y feliz. No obstante, tenía un vacío existencial y no sabía a qué se debía. Siempre sentí una especie de soledad que no sabía si tenía que ver con que era hija única o que mis padres eran grandes y muy serios. Me sigo refiriendo a quienes me criaron como mis padres, les sigo reconociendo ese lugar. Siento que tuve cuatro papás. (N. del E.: al momento de la entrevista, Adriana llevaba siete meses con su identidad restituida).

 

“La responsabilidad de todos nosotros es saber que mientras estemos, las Abuelas de Plaza de Mayo van a estar. Y también Edgardo y Violeta. Ellos son quienes causaron todas estas lágrimas de enorme alegría”, Silvia Garnier, tía de Adriana.

 

LA HISTORIA DE ADRIANA

¿Cuáles fueron los primeros indicios de que podías no ser hija de quienes te criaron?

Entre mis 10 y 12 años empecé a preguntar dónde había nacido y mi mamá me dijo que fue en Wilde, algo que me sonó bastante exótico porque nosotros siempre nos movíamos por Capital Federal. Mi mamá Alicia no sabía mentir y titubeaba cuando me respondía, lo que me hacía dudar de todo. En sus ojos veía que estaba mintiendo y, es más, sentía que me rogaba que no le siguiera preguntando. Ya de adolescente, muchas veces me llamó la atención que cuando yo hacía algo que no les gustaba me reprocharan “con todo lo que hicimos por vos, nos pagás así”. Después me puse de novia con un hombre que me llevaba 30 años y ellos se enfurecieron; me dijeron: “¿Qué estás buscando? Padre ya tenés”. Y cuando todo se puso más denso me echaron de mi casa, a los 25 años. Yo me fui pensando que no me reconocían como hija. Después se arrepintieron y volvimos a estar bien.

¿Cuáles fueron tus primeros indicios de que podías ser hija de desaparecidos?

A los 25 años, cuando nos peleamos tanto, me volvieron las dudas y recuerdo que le conté todo a un chico con el que salía. Le dije: “Si no fuera tan parecida a mi mamá pensaría que soy hija de desaparecidos”, sobre todo por la fecha de mi nacimiento. Hace unos años, tiempo después de la muerte de mi mamá, yo me sentía dolida y abandonada porque no se había cuidado. En una charla con una amiga suya, con mucha bronca en medio de la recopilación de las diferencias que habíamos tenido, le dije: “Al final siento que soy adoptada”. Me salió desde el estómago. Y ella, enojadísima, me respondió: “¿Si fueras adoptada qué pasaría?”. Mucho después supe que ellos habían sospechado que podía ser hija de desaparecidos. Mi tía, hermana de mi papá Norberto, que es una persona muy buena y sabia, me contó que cuando yo tenía unos 20 años, él estaba trabajando con su taxi cuando vio un afiche con fotos de desaparecidos y observó a una chica que era un calco mío. Dicen que se angustió mucho, fue a buscar a mi mamá para que lo viera y después se lo contaron a mi tía, que les sugirió que me dijeran todo. Pero ellos habían tomado la decisión de entrada de decirme que era hija propia y guardaron ese secreto, ya sospechando que yo podía ser hija de desaparecidos. Eran de otra generación donde el valor de la identidad no estaba instalado. Pero a partir de entonces vivieron enfermándose con mil dolencias: insuficiencia renal, cáncer, problemas de tiroides, insuficiencia cardíaca.

Tras la charla con la amiga de su madre de crianza, Adriana recibió un consejo de su mejor amiga. Le dijo que evaluara la posibilidad de que el parecido físico con su familia fuera solo una casualidad y dejara abierta la idea de no tener una relación biológica. Y también se ofreció a acompañarla a la sede de Abuelas de Plaza de Mayo para plantear el caso. Ella aceptó pero antes decidió hablarlo con su tía paterna. Por primera vez, recibió una certeza: no era hija biológica de la pareja que la había criado. Le confesó que habían ido a buscarla a una clínica de Wilde. También le contó lo del afiche con fotos de desaparecidos, y la sospecha que los rondó a todos desde entonces. “¿Y si hay una familia esperándote?”, planteó la tía. Y la acompañó a Abuelas a hacerse los análisis.

Entre los 38 y los 40 viví en el limbo porque de entrada los estudios no dieron positivo. Seguí mi vida pensando simplemente que había sido abandonada y junté resentimiento con mi madre biológica. Hasta que un día me llamó Manuel Gonçalves Granada desde la Conadi pidiéndome que me acercara a retirar una documentación. Le respondí que no podía en ese momento porque estaba trabajando y entonces me dijo que era muy importante y tenía que ir cuanto antes. Recuerdo que me bajó la presión, porque al cortar lo primero que pensé fue: “¿Y si encontré a mi familia?”.

Y así fue. Adriana por fin, después de tanto tiempo de dudas y búsqueda, había encontrado su origen. El primer resultado no había sido positivo porque el mapa genético estaba incompleto, pero gracias al surgimiento de una nueva tecnología se pudieron ampliar los marcadores para establecer un régimen de probabilidades distinto. Esto permitió obtener datos genéticos de otros parientes que no fueran los abuelos y así se completó el mapa.

Cuando me explicaron todo le pedí a la amiga que me había acompañado que me pellizcara, porque no podía creer que fuera cierto. Me mostraron primero una foto de mis viejos saliendo de la iglesia en su casamiento. La cara larga de mi vejo... la sonrisa de mi vieja y los ojos negros y grandes... Sí, me reconocí en ellos. “Sos privilegiada, tenés una abuela viva”, me dijo Manuel. No podía creer que a los 40 tuviera una abuela viva.

 

EL REENCUENTRO CON SU HISTORIA

¿Cómo fue el primer contacto con tu familia biológica?

En Abuelas me dijeron que cuando yo quisiera, sin apuro, podía conocerlos. Y les contesté que ya, sin perder tiempo. Me estuvieron buscando durante 40 años y yo durante dos, ¿qué íbamos a esperar? Me sentí bienvenida y me dejé llevar. Me siento parte de la familia, porque hay un vínculo, un lazo afectivo que está presente. Están eufóricos. No obstante, hay que reconstruir todo lo que no existe en los recuerdos, ya que hemos tenido vidas separadas. Por ahora estoy viviendo en ese desfasaje. Tengo muy buena relación con mis primas por parte de mi mamá. Me dieron 40 regalos, uno por cada año que no habíamos compartido juntos. Y mi tía, la hermana de mi viejo, es amorosa. Vivió con mucho dolor la desaparición y tuvo que hacerse cargo de su padre, que se puso mal y murió poco tiempo después.

Tras la restitución de su identidad, Adriana celebró Por primera vez en su vida el Día del Padre con su familia paterna, en Concepción del Uruguay.

¿Cómo fue recuperar tu identidad y encontrarte a vos misma?

Todavía lo sigo haciendo. Mi abuela quiere que use el nombre que me habían elegido mis padres, que es Vanesa, pero no lo puedo hacer por ahora. Ya soy muy grande. Entiendo lo que significa, porque sería mi nombre de persona libre. Pero considero que la identidad está formada por el origen y por lo que uno ha ido construyendo. En estos casos se trata de una identidad compleja, elaborada sobre una mentira inicial, pero con hechos verdaderos por encima, que fueron los que yo fui viviendo a lo largo de todos estos años. La persona que estudió, se enamoró, hizo amigos, fue Adriana. En mi caso se suma otra cuestión: los dos años que pasé llena de dudas, no sabía en qué fecha había nacido, quiénes habían sido mis padres, dónde había nacido, cuál sería mi apellido... Y en medio de ese mar de dudas me aferré como si fuera un salvavidas a mi nombre. “Yo soy Adriana”, me respondía para sentir que tenía algo claro.

Edgardo nació el 7 de agosto de 1955 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, y se mudó a La Plata para estudiar ingeniería electromecánica. Violeta era del 11 de octubre de 1953 y también estudiaba en La Plata (ingeniería química) ya que había ganado una beca. Se conocieron militando en la facultad, luego pasaron a la Federación Agrupaciones Eva Perón; Edgardo también militó en la JP y Violeta en la Juventud Universitaria Peronista. Finalmente, ambos formaron parte de Montoneros. Se casaron el 7 de agosto de 1976 en Bolívar, cuando Violeta estaba embarazada de tres meses. Fue secuestrada el 14 de diciembre de 1976 en el barrio platense La Granja, ya con ocho meses de embarazo. Su compañero llegó a conocer la noticia del nacimiento de su hija y decidió buscarlas asumiendo enormes riesgos. El 8 de febrero de 1977 fue secuestrado en La Plata. Ambos continúan desaparecidos. Adriana se conmueve al hablar de su padre: Es mi héroe. No sé si tuvo la esperanza de encontrarnos a mi mamá y a mí, pero sí necesitaba tener el mismo destino. Para mí están él, San Martín, el Che Guevara y después los demás próceres. Los veo en las fotos y pienso que hubieran sido unos papás geniales, jóvenes, llenos de vida. Creo que yo hubiera podido explotar más mi potencial para involucrarme en causas colectivas.

¿De qué modo fuiste conociendo la historia de tus padres?

Hablé mucho con mi tía paterna y me contó cómo era mi papá de chico, qué le gustaba hacer. Sé que adoraba a los perros y yo soy así, loca por los perros... También sé que le importaba el prójimo y hacía tareas en las villas, y que odiaba profundamente a los Estados Unidos y su cultura. Por cómo me la describen, yo tengo el carácter de mi mamá: cabeza dura, extrovertida, charlatana. Y me identifico en otra cosa que me contaron: era muy varonera. Y yo igual, no me gustaban las muñecas ni la “casita”, sino la pelota, los autitos y los revólveres. Sé que fue una militante muy vehemente y yo me reconozco en ese rasgo pero con otras cosas, no con la militancia. A mí la política siempre me había resultado indiferente, a veces charlaba con mi papá Norberto, pero me aburría. Y ahora le tengo rechazo. Entiendo que gracias a la política se hacen los grandes cambios, pero se me revuelve el estómago pensando que por temas políticos fallecieron mis viejos. Sé que es un pensamiento muy simplista, pero me sale desde las entrañas.

¿Qué pudiste saber en este tiempo acerca de su militancia?

Pregunté bastante y me contaron que, como eran estudiantes de ingeniería, armaban bombas de humo para tirar en los bancos. Me lo dijo uno de sus compañeros. También quise saber si estaban armados, pero no, solo tenían estas pequeñas tareas. Yo en cambio, cuando iba a la facultad, ni me metía porque tenía el mandato de mi casa para que fuera a estudiar sin militar. “No vayas a perder el tiempo”, me decían, y yo lo compré y lo incorporé.

 

ADRIANA HOY

¿Cómo viviste este primer Día de la Memoria como nieta recuperada?

Yo había ido varias veces a la marcha del 24 de marzo antes de saber que era hija de desaparecidos, pero esta vez me tocó ir como protagonista, como alguien a quien le pasó por la médula la historia. Fui con mucha alegría por ver que el pueblo tomó conciencia de esto, que se junta para celebrar la democracia y exigir que no vuelva a haber una dictadura. Marché con la foto de mis viejos en el pecho, con alegría a pesar del dolor. Los sentía ahí conmigo y me hizo bien participar. Estuve con mi prima y también con mis tíos de Moreno y sus hijos, en familia.

La recuperación de su identidad le presentó a Adriana un nuevo presente en el que se piensa como protagonista de una historia colectiva que puede y debe difundir, aportando su voz, para colaborar en la construcción de una memoria que garantice la verdad y la justicia. Siente que su lugar para colaborar es de la mano de Abuelas de Plaza de Mayo. Ahí encontré mi lugar. Junto a su abuela Blanca grabó un spot para la asociación, con el propósito de crear busca acercar más nietos y nietas a su verdadera identidad.

¿Qué reflexión tenés sobre la determinación de las Abuelas al salir a buscar a los nietos que habían sido secuestrados en plena dictadura?

Las admiro tanto que me quedan chicos los elogios. Con ellas se rompió el molde. Transformaron su desesperación y su dolor en lucha y lo hicieron de la mejor manera. Es brillante. La veo a Estela de Carlotto y no puedo dejar de abrazarla, y de Delia Giovanola me vuelve loca su sentido del humor. En todo lo que emprendan voy a estar dispuesta a colaborar, porque me siento eternamente agradecida. 

¿Cuál es tu mirada sobre el tratamiento de las temáticas de Derechos Humanos en las escuelas a través de programas como Educación y Memoria?

Me parece muy importante porque es parte de nuestra historia, tal vez la más dolorosa, cruel e infame. ¿Cómo puede ser que las personas que te tienen que proteger te persigan y te matan porque pensás distinto? Me rompe la cabeza imaginarme cómo sería la Argentina si no hubieran desaparecido a esas 30.000 personas. Estoy segura de que este país hubiera sido otro, con menos mediocridad. Mi papá dio la vida por su familia y eso no lo hace cualquiera.

 

PALABRAS FINALES

Cuando estoy con mi familia siento el calor del hogar. También me pasa con mi familia adoptiva, con mi tía y mis primas. Pero es distinto, porque ahí pesa nuestra historia, que es todo lo que no tengo con la otra parte. Con mi familia biológica están presentes las raíces. Es muy profundo... Yo salgo de ahí, pertenezco a este árbol.

Fotos: https://argentina.indymedia.org