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AÍDA BOGO DE SARTI
Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora

Aída Bogo nació en la Ciudad de Buenos Aires el 25 de junio de 1929. Se casó con Julio Sarti y fruto de este matrimonio nacieron Beatriz y Claudia, sus dos hijas. Beatriz realizó sus estudios en la Escuela Nro. 43 de Lanús, fue socia del Club Atlético Talleres de Remedios de Escalada, donde con un grupo de jóvenes con inquietudes sociales se convirtió en una activa militante.

La casa de los Sarti fue allanada en forma violenta en tres oportunidades, en busca de Beatriz. A los veintidós años, el día 17 de mayo de 1977, Beatriz fue secuestrada en el barrio de Monte Chingolo junto a su novio, Ángel Arias.

Desde ese momento, Aída comienza la búsqueda incansable de su hija. Forma parte del primer grupo de mujeres que acompañó a Azucena Villaflor en los primeros tiempos de las Madres de Plaza de Mayo.

Es integrante de Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora y desde hace ocho años se encarga de organizar el Archivo de la institución. En el año 2008, Aída Sarti fue declarada Ciudadana Ilustre de Lanús. En la actualidad, la esquina delimitada por las calles Don Orione y Timote en el barrio de Remedios de Escalada de dicha localidad, lleva el nombre de su hija Beatriz.

 

A cualquier madre que le hubiera pasado lo mismo hubiera salido a la calle, y la prueba está en que después se repitió y –lo digo con orgullo– en las madres que les fueron pasando diferentes cosas: las madres del dolor, las madres de las violaciones, que salen a la calle y forman organizaciones, y creo que en eso somos el ejemplo al habernos enfrentado miles de veces con la dictadura. Aída Sarti

 

LA HISTORIA DE AÍDA
 

Aída Bogo era una mamá dedicada a su familia y a sus hijas Beatriz y Claudia, hasta que la violencia del terrorismo de Estado invadió su casa a pocos días de iniciarse la última dictadura cívico-militar.

 

Beatriz ya no vivía con nosotros, ya se había ido. Supongo que ella sabía que estas cosas estaban pasando. Nosotros sufrimos tres allanamientos. Pero el primero fue terrible, tenía un nivel de violencia que nosotros desconocíamos. Fue el 9 de abril de 1976.

Por esos tiempos, Beatriz había desarrollado un fuerte compromiso social con una militancia activa que continuaba aun conociendo los riesgos que asumía.

Ella me dejaba cartitas abajo de la almohada. Ella sabía que iba a morir, estoy segura, segurísima. Me decía que yo era su madre pero que había un montón de madres sufriendo por sus hijos. Yo decía que eso parecía una especie de misticismo. Una cosa así de dar todo, dar la vida, de repente influenciarse de una manera tal. Porque fue una influencia así de fuerte, de los dos; aunque el ERP y Montoneros eran distintos, iban por la misma cosa. Me parece que fue un sacrificio tan inhumano, tan inocente en algunas cosas, que hacían cosas que no se podía creer que no se dieran cuenta que el peligro estaba, que en cada esquina mataban a alguien y que teníamos que bajarnos del colectivo para que nos revisaran. Y todo eso lo sabían. Pero era como una religión. Esto que les cuento lo aprendí en siete años de trabajar en el archivo de Madres de Plaza de Mayo. Todos los días me asomaba al infierno y no puedo terminar de leer La Voluntad (de Martín Caparrós y Miguel Anguita). Hago lo posible, me encanta leer, antes de dormir siempre leo de todo, pero no lo puedo leer.

A Beatriz la secuestran el 17 de mayo de 1977 junto a su novio, Ángel Arias, del departamento que compartían en la zona sur del conurbano bonaerense. Los vecinos relataron que escucharon muchos disparos y que encontraron manchas de sangre en las paredes de la vivienda. También contaron que la oyeron gritar, llamando a su pareja.

Nunca supimos nada de ellos. Ni siquiera sabemos si se los llevaron vivos o muertos. Lo único que sabemos es que se los llevaron.

A partir de ese momento, Aída inició la búsqueda incansable de su hija, formando parte desde los inicios del grupo de Madres de Plaza de Mayo. Este compromiso aún perdura siendo responsable del archivo de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora.

 

EL RECUERDO DE BEATRIZ

Beatriz nació el 14 de febrero de 1955. La primera nena que tuve, mi primera hija... Le puse el nombre Beatriz porque tuve una amiga entrañable que se llamaba Beatriz, que conocí en el trabajo, a quien no volví a ver pero que en ese momento le dije: ‘si llego a tener una hija le voy a poner Beatriz porque me gusta mucho ese nombre’.

Beatriz era una niña tan inquieta como inteligente. Su personalidad se destacó desde los primeros años de jardín de infantes. A los cinco, comenzó la escuela primaria en Barracas y fue una alumna ejemplar. Luego, se mudaron a Escalada y allí continuó sus estudios.

Bety fue una chica inquietísima desde chica y muy especial. A tal punto era inquieta que el pediatra me dijo que lo mejor sería llevarla al Jardín. Pero en esos años nadie sabía de jardines, así que fui averiguando y la llevé a una escuela de Barracas donde yo había estudiado, la Escuela N° 11 en la calle Lafayette. Tenía 3 años, no estaba segura de querer mandarla. Le hice el delantalcito, la bolsita, todo. Un día me mandaron a llamar y me dijeron ‘es muy inquieta’. Le querían enseñar a vestir a una muñeca, para enseñarle así como se vestía uno, pero ella hacía todo lo contrario: la bombacha se la ponía en la cabeza. Eso para mostrar el carácter que tenía. Y eso lo hizo a los tres años, a los cuatro y a los cinco años. La directora nos dijo que Bety era muy inteligente, fuera de lo común. A los cinco años –porque ella nació en febrero y en marzo empezaban las clases– la pusieron en primero inferior. Yo no le cambié nada, no le compré cartera ni nada, se fue con su bolsita como si fuera al jardín. Era extraordinario, la maestra les contaba la vida de Sarmiento y la mandaba por todos los grados a ella para que, a su manera, con los cinco años, contara toda la historia de Sarmiento que había aprendido. Toda la escuela estaba sorprendida, hasta la directora, pero para mí era una chica normal. Sabía que tenía diferencias, en el sentido de que no le gustaba jugar con muñecas o ponerse vestidos, como hacen todas las nenas –todo lo contrario de lo que fue la hermana–. Después esa escuela fue para varones e hizo el segundo grado, que en aquel entonces se llamaba primero superior, en la calle Luzuriaga, también en Barracas, cerca del Parque Pereyra. Luego ya nos mudamos para Remedios de Escalada, Lanús. Ella hizo casi todo el primario ahí y mientras vivimos ahí fue al Club Talleres. Inclusive ahora hay una placa puesta con su nombre. Yo no estaba muy de acuerdo porque la placa era toda como de cementerio pero, bueno, accedí porque ya estaba puesto el nombre de ella en la cuadra donde nosotros vivimos en Escalada.

Beatriz demostró un marcado carácter desde chiquita y a diferencia de la mayoría de las nenas sus juegos eran armar figuras y letras.

Yo era modista y había trabajado en una de las casas más importantes de Buenos Aires donde se hacían cosas muy lindas, así que Bety siempre estaba muy bien vestida, siempre muy arreglada. Pero las muñecas no le gustaban. Un día encontré una en el centro que era de trapo, la Periquita, y vine toda contenta pensando ‘esta le va a gustar’ y, sin embargo, no le gustó. Le gustaba recortar papeles. En aquellos años había esas cosas de madera para armar las letras.

 

¿Cómo fue su vida familiar y social?

Ella vivía el ‘rioba’, con los chicos del barrio tenían su barra. Los chicos iban mucho al club y ahí hacían todo: iban al baile, les daban de comer puchero a los jubilados, hacían natación, fiestas. Todo con una escala de valores muy marcada. Mis hijas fueron muy queridas por los abuelos, y eso era fundamental, los abuelos se volcaron muchísimo a ellas. En mi casa siempre hubo lo que se llamó la ‘comunidad gallega’, nunca se sabía si el domingo el puchero tenía que ser más grande o más chico, porque venían todos los paisanos, que era una forma de ser de la familia, del pueblo, de la aldea. Y a mí nada de eso me llamaba la atención. En mi casa era común que hubiera tanta gente, venían y nunca se sabía cuántos eran. Mi mamá hacía esos pucheros a la gallega y se vivía esa cosa de comunidad y de hacer mucha relación. Y se hizo también con los vecinos. Los vecinos de ese pasaje, en donde todavía tengo la casa, se ayudaban unos a otros, se iban muriendo y se cuidaban en la enfermedad. Y ellas vivieron todo eso. Por eso fueron como fueron mis hijas.

 

SU JUVENTUD Y SU MILITANCIA

Beatriz cursó sus estudios secundarios con muy buenas notas. Sólo una vez se llevó matemática y la aprobó con 10. A la par, trabajó desde los trece años en un taller de gráfica. Hizo dos años de magisterio y luego ingresó en la Facultad de Medicina.

Una vez, me mandó a mí a que fuera a buscar la nota. Yo ya estaba viendo algo raro en ella. Entonces, cuando entro en la Facultad de Medicina, casi me agarra un ataque de locura porque empecé a ver todos los quioscos. Yo le digo quioscos a los espacios de JP, Montoneros, el ERP, y otro, y otro. Unos en blanco y negro; otros en rojo y negro, con todos los papeles que puedas pedir; el Che Guevara, ni hablar. Y voy a mirar la cartelera y tenía la mejor nota, pero no llegó a entrar. Ella hizo el sacrificio de hacer esos dos años de magisterio trabajando en el banco, que quedaba en Once, se tomaba el subte y corría las cuadras hasta llegar. Tenía unas notas buenísimas, pero no quiso saber más nada con eso.

¿Allí se inicia su militancia?

Ella ya había empezado a cambiar. Esto yo lo digo con conocimiento y haciendo un mea culpa

–aunque a veces tengo diferencias con las Madres–. Nadie puede no darse cuenta que su hijo tiene una militancia, sobre todo una militancia de ese calibre. Y dos años antes o tres de que se la llevaran, ella ya estaba en la militancia, empezó el cambio. Primero era la vestimenta. Antes se vestía con lo mejor, esperaba a la noche para ir al baile los sábados y tenían mucha barra e iban a todos lados. Después, dejó de hacer esas cosas. No se vistió más de esa manera, sólo vaquero y zapatillas. Empecé a preguntarle qué pasaba que no venía más a cenar. No hacía la vida rutinaria que se hacía siempre, una cosa son los sábados y domingos, pero era en la semana que nosotros cenábamos juntos. Pasando los 17 años ella comenzó a cambiar, empezó a andar con un chico, le decían el Flaco. Él había intentado entrar en Medicina pero nunca pudo. Pero igual, de todas maneras, también pertenecía a una familia gallega, muy buen chico, muy buena familia. Pero, siempre estaba, el ‘pero’. Un día me hablaron del ‘hombre nuevo’ pero, qué era eso del hombre nuevo. Todo eso lo vivía yo porque mi marido trabajaba. Le dije: ‘escuchame una cosa, a mí no me va a negar nadie que ustedes están metidos en algo’.  Entonces: ‘vamos a hablar’. Y me contestó: ‘mami quedate tranquila que no voy a abandonar ni el estudio ni el trabajo’. Y después empezaron a traer compañeros. Esto es la verdad, lo que nos pasó. Por muchísimos años estuvimos calladas y aunque muchas de las madres no lo dicen, pasaron por eso: traía   los paquetes y nosotros le decíamos que no los traiga, que no traiga nada, ni a nadie. Un día voy a la carnicería y me dicen: ‘¿qué hacía su hija el otro día a las dos de la mañana entrando paquetes a su casa?’. Ya se había puesto a pleno a militar. Dejó el banco y fue a trabajar a una fábrica (Águila) porque parece que una de las normas de ellos era esa, el trabajo en fábrica. Y traía chicos a casa. Una vez trajo un chico que se había quedado sin habla porque le habían matado a su chica y estuvo como dos semanas. Pero le tuvimos que decir que no podía estar ahí porque nosotros corríamos riesgo, cosa que pasó después con el allanamiento. Con mi marido le hablamos, le dijimos que en este país no se podía hacer lo que ellos pensaban, que era un país con mucha clase media, que eso no iba a cuajar, que iba a ser un desperdicio, que había mucha juventud y que esa juventud no pasaba ningún problema, no eran indigentes. Llegó un momento en que no había manera de convencerla, de hablarle políticamente como le hablaba mi marido.

¿Compartía su militancia con la familia?

Yo tengo una carta escrita por el novio de Bety cuando todavía no estaban en esto o estaban medianamente, en la que hablan de política con mi marido, que hace unos elogios increíbles. Hace poco que la encontré adentro de un sobre escrita para mi marido, para Julio, ‘Para Don Julio’. Porque mi marido sabía mucho de marxismo, había un clima de izquierda en mi casa pero nunca se militó. Mi marido sabía de todo, había leído de todo, pero su vida había sido muy dura y realmente no se metió en eso. Y después pasó lo que pasó con nuestra hija. Le hablábamos mucho junto a los otros chicos que venían, que también querían oír a mi suegro que tenía esas ideas. A mi suegro le faltaba una pierna, pero igual se paraba en la calle y se ponía a hablar con los chicos del barrio y estaban locos con él. Pero no hubo manera de convencerla, como no hubo manera de convencer a ninguno.

Beatriz afianzó su compromiso político y su actividad militante y, pese a la resistencia de sus padres, dejó su casa familiar.

Un día decidió que se tenía que ir de casa, mi marido tenía horario rotativo, una semana trabajaba de mañana y otra de noche. Ese día, a las doce de la noche, me dijo: ‘Me voy’. Y yo le contesté: ‘No te vas a ir si papi no está acá. ¿Por qué te vas a ir?’. Para mí era un mundo que no podía ser. Entonces me dijo: ‘Espero hasta mañana que está él pero acá no puedo hacer lo que tengo que hacer. Hay cosas que no puedo contar porque son tan graves que son imposibles de decir’. Entonces, al día siguiente se levantó el padre, que ese día trabajaba a la tarde, y le dijo, mientras él planchaba un pantalón: ‘Papi yo me voy a vivir a otro lado’. Mi marido nunca tocó a sus hijas, siempre se habló mucho, pero en ese momento la agarró, la puso sobre la mesa y le rompió el pantalón. Ella furiosa me dijo: ‘lo siento por vos, no por él’, y se fue.

Pocos días después del golpe militar, el 9 de abril de 1976, allanaron por primera vez el domicilio de los Bogo-Sarti. Bety ya no estaba pero la agresión contra la familia fue brutal. Le siguieron dos más: uno al mes siguiente, en ausencia de la familia y veinte días más tarde, el tercero.

El primer allanamiento fue el más terrible de todos: a las tres de la mañana, rompieron la puerta, en vez de tocar el timbre o golpear. La que me levanté primero, enseguida, fui yo. Claudia –mi otra hija, que tenía once años– estaba en la otra pieza, medio dormida, con esos babydoll finitos, que eran como una especie de camisita transparente. Entraron, trajeron un chico y dijeron: ‘¡Aída, dónde está Aída! –Aída por mí– porque él dice que te conoce y que vos sos modista y que tu hija se llama Peti’ –no Bety–. Él se vio acorralado y anduvo rondando la casa, entonces lo torturaron hasta que dijo la verdad. También fueron a la casa de los padres de él, porque después me trajeron a la madre del novio de Bety y al nieto también. Yo negué todo. Tenía una sed que me moría, me metieron adentro del taller, empezaron a buscar, me robaron todo. Lo que encontraron fue una foto del Che Guevara –no era una foto, era un telgopor con el dibujo–. Estaban todos disfrazados, ninguno con un traje de fajina que te dieras cuenta de que eran militares, todos con vincha y esos pantalones camperos. La más castigada fui yo. Luego, fueron arriba, donde estaban las dos piezas, abrieron los placares y sacaron todo lo que les venía bien. En un momento dado escucho llorar a Claudia. Yo ya tenía mucha sed, estaba en el baño y no me dejaban tomar agua. Había debajo de un vidrio una cédula de Bety que la había perdido –yo la encontré adentro de un libro y la puse ahí abajo–. ¿Por qué cuando trajeron al muchacho dije que no lo conocía?, no lo sé. Yo lo conocía, era Rafael. Sangraba por todos lados. Él ni abrió la boca y entonces me dijeron: ‘¿lo conocés o no lo conocés?’ Y dije: ‘no lo conozco’. Él no decía nada, ni una palabra estaba todo lastimado. ‘Pero dice que vos sos modista’, me dijeron. ‘Sí soy modista, pero no lo conozco’, contesté. Lo sacaron a la vereda, murió en la vereda y en ese interín me traen a la suegra de Bety con el nieto, ahí sí dije que la conocía, era diferente la situación. Yo no analicé por qué dije que no lo conocía, pero a ella no podía negar que la conocía. Volví a sentir que lloraba Claudia y fui. La habían desnudado, estaba en el comedor y me puse como loca, le habían tirado la ropa y yo la arropé. Uno vino, me tomó de atrás, me llevó de vuelta a donde estaba y me dijo: ‘¿ves estas balas? –eran como veinte, que salían de ese caño, de un arma larga– te las voy a meter en el cuerpo’. Yo le contesté: ‘Sí, pero a mi hija no la tocás’. Fui y la arropé con lo que encontré, con un mantel y ellos se reían. Luego, me volvieron a llevar al taller y encontraron en esa biblioteca un librito chiquito que se llamaba La célula roja. ‘Mire jefe, mire lo que tienen acá’ y les dije: ‘ese es un libro de Medicina’ y lo dejaron. Todo esto duró tres horas. Después supe que fueron al fondo y cuando vieron a mis suegros se fueron. Se llevaron todo lo que habían robado. Se habían ido pero volvieron a golpear la puerta. ‘¡Que venga la chica!’, gritaron. Querían ver de nuevo a Claudia. Yo estaba atrás con mi marido –a él lo lastimaron de un culatazo en la cabeza–, ‘no, no es ella’, dijeron desde el auto. Eso nos lo contaron los vecinos que vieron todo desde sus ventanas.

Contrariamente a lo que hubiesen imaginado, los vecinos de los Sarti ‘se portaron de maravillas’, llevándoles comida y reponiendo algunas cosas que les fueron robadas. Al día siguiente del siniestro operativo, a las 9 de la mañana, Beatriz llegó a la casa de sus padres. ‘Te vas ya, nos hicieron un allanamiento’, le dijo su padre. ‘Ni eso la convenció de lo que le podía pasar a ella y cómo nos exponíamos todos’, recuerda su madre.

Finalmente, el 17 de mayo de 1977, Beatriz fue secuestrada junto a su novio y Aída nunca tuvo noticias del paradero de su hija.

 

LA BÚSQUEDA DE BEATRIZ Y LA LUCHA CON LAS MADRES

Aída, como tantas madres, inició una búsqueda incansable de su hija. Fue parte del primer grupo de mujeres en busca de sus familiares y fundadora de Madres de Plaza de Mayo.

Que desapareciera mi hija fue una cosa terrible y lo sigue siendo hasta hoy. Hubo un antes y un después. Acá hay madres que tienen dos hijos, hay madres que tienen tres hijos desaparecidos.

¿Cómo se vive? Es una atrocidad. Yo creo que una de las cosas que nos salvó fue el haber podido reunirnos en Plaza de Mayo y hacer esa catarsis. Después de la ronda de los jueves, a la noche era como unos culebrones porque se decía: ‘Vos sabés que ayer, yo levanté el teléfono y me dijo dos palabras nada más, pero era él, era él’. Cada una contaba su historia. Éramos un grupo de mujeres muy diferentes. Porque había algunas de clase baja, pero también hubo muchísima gente de clase media alta. Muchas veces nos preguntan por los padres, pero ellos tenían que trabajar, había otros hijos, y entonces había que seguir adelante. Además, nosotras no queríamos que vinieran porque creíamos que a las Madres no las iban a llevar, pero sí a los padres. Teníamos los cinco padres protectores: Augusto Conte, Alfredo Galetti, Emilio Mignone, Eduardo Pimentel y el otro no me acuerdo el nombre, que siempre andaban rondando por la plaza por cualquier cosa.

¿Estuvo muy cerca de Azucena Villaflor hasta su desaparición?

Yo estuve muy cera de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres. Íbamos de un lado a otro, de una Iglesia a otra, Azucena fue la única que dijo ‘¡Vamos a la plaza, qué hacemos aquí!’. Si no lo hubiera dicho, seguramente, se hubiera ido diluyendo este grupo y hubiera quedado todo ahí porque el miedo era muy grande… Y Astiz estaba siempre cerca, Astiz estaba con nosotras teniendo las carteras, porque perseguía a Azucena, y tal es así que ella un día le dijo: ‘¿qué haces acá?, vos no tenés que estar acá, sos un chico joven’. Bien atildado siempre con camisa, pelo corto, yo no le daba mucha bolilla porque no me parecía nada. Pero tuve una pequeña duda, una vez él llevó a la plaza al chico que decía era de la hermana desaparecida. Cuando en junio de 1977 fuimos a hacer los 159 hábeas corpus volvió a llevar al chico, pero no era el mismo chico. Yo pensé ‘el otro chico tenía el pelo castaño y éste, pelo duro, más gordito’. Pero se me pasó, porque estábamos con el lío de los habeas corpus. Después seguimos haciendo cosas y teníamos que hacer algo que al mundo le llamara la atención e hicimos esa solicitada tan importante… Porque hacíamos de todo, las Madres: Azucena visitó a Borges, a Victoria Ocampo, y yo con otra madre, me metí en todas las radios.

¿Cómo impactó el secuestro de las Madres?

Astiz ya lo había planeado, porque él andaba todo el tiempo atrás de ella. Un día le dijo: ‘¿Pero vos por qué estás acá? A ver, escribime en este diario –llevaba un diario ella– cómo te llamás’. Puso Gustavo Niño. Ya lo tenía pensado. En otros lados dijo otros nombres, pero a nosotras nos dijo ese. Empezó a estar detrás de ella, a tal punto que casi lo lleva a dormir a su casa. Fue así: el 8 de diciembre nosotras nos fuimos a la Iglesia Betania, pero Astiz nos esperaba en la Iglesia Santa Cruz, ahí él traía un papel, una cosa enrollada y dijo: ‘A vos, a vos, a vos te digo’. Con eso estaba señalando a cuál se tenían que llevar. ‘Porque ahora yo vuelvo, a traer más plata’. Beatriz Neuhaus era una madre que tenía una carita que parecía una muñequita, que era muy suavecita y dijo: ‘¿Pero qué están haciendo?’. ‘Esto es un operativo por drogas, señora’ y las empujaron a las tres. Ellas se dieron cuenta de lo que estaba pasando. ‘¡Se la llevan!’, gritaron cuando vieron que se llevaban a la monja. ‘Se la llevan, se están llevando todo’. Y ellas vieron cómo se llevaban a Esther Careaga, a María Ponce y a la monja. El día 9 de diciembre fue el día de la solicitada: desde las 11 de la mañana me tocó estar en La Nación, en Florida. Yo no sabía de qué disfrazarme, desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Todas estaban haciendo la carta pero manuscrita. A la tarde la presentaron y les dijeron: ‘Manuscritas, no; tiene que estar escrita a máquina’. Yo ya sabía que nos iban a poner ese problema. Como el marido de Nora Cortiñas trabajaba en el Ministerio de Economía se fue corriendo para hacerla ahí. En ese momento se jugaron los empleados y en dos horas, a todo vapor, la pasaron con máquinas de escribir. Volvieron alrededor de las 5 y media, por ahí, no me acuerdo bien, pero sé que a las 6 de la tarde cerraban las rotativas. Faltaba pagar. Teníamos monedas y encima en la Santa Cruz, Astiz se había llevado todo el dinero que teníamos. Yo ni siquiera tenía idea de lo que pasaba, que me podía haber pasado algo. Salía un poco a la calle, a la vereda, alguien me podía haber agarrado y llevarme. Los empleados del diario se pusieron locos. Mitre –no sé si el nieto o el hijo– dijo: ‘Agarren todo, llévenlo adentro’. Claro, ya no nos podían ver ni pintadas. Nos fuimos con la duda de si iba a salir o no, con tantos inconvenientes. En la calle Azucena me dice: ‘Vos ahora te vas a la Plaza y le vas a decir a la familia de Careaga que le llevaron la madre’. Y yo: ‘¿Cómo le voy a ir a decir eso yo?’. ‘Sí, vos vas, porque yo hace tres días que falto de mi casa. Vos te vas allá y después te vas a lo de tu mamá. Te bañas y a las ocho te espero en mi casa’. Era en Sarandí, yo estaba en Barracas. Llegué a Plaza de Mayo, ya estaban todos llorando así que mucho no pude decir. Me volví a la casa de mi mamá y a las ocho estuve en su casa, no pensé en lo de la Santa Cruz, fui igual. Muy nerviosa, nos repartió a cada una de nosotras una poesía de Benedetti que se llamaba ‘Estás conmigo’ o algo así. Y a mí me la dio en la casa. Tenía todo lleno de papeles... Azucena estaba muy nerviosa, tomando mate íbamos de acá para allá, mirando la ventanita que daba a la calle, era un día tormentoso. Y le digo: ‘¿Qué te pasa que mirás tanto para la calle, qué pasa?’. Yo tampoco sabía cómo actuar porque nunca nos habíamos visto en una cosa de esas. Entonces me dice: ‘Te voy a decir algo: si te parece que hay una duda de alguien, te tirás al suelo, empezás a gritar’. ‘¿Por qué me decís todo eso, qué es lo que pasa?’ La hija dice lo mismo: ‘Mamá ¿te pasa algo, qué te está pasando?’. No me dijo nada de lo de Santa Cruz. Nada, de nada. Yo siempre digo que ella me salvó la vida, porque ellas vieron, ellas sabían. Las que estaban ahí, que fueron a lo de Emilio Mignone, contaron que lo primero que vieron fue a la monja, que la metían adentro del auto. Y le dije: ‘Mañana vengo. A las 7 estoy acá’. Cuando me acompañaron a Mitre a tomar el colectivo para Barracas, le dije: ‘¿Por qué vamos a ir a ver a la monja; qué le pasó? Yo la estuve esperando’. Ella sabía lo que había pasado y me dijo: ‘No vengas porque me lleva Pedro’, por el marido. Entonces me enojé: ‘Yo vengo mañana, voy a estar a las 7 acá’. ‘No vengas porque me lleva Pedro y se pone muy nervioso’. Me salvó la vida porque si me lo hubiese dicho, como soy yo, hubiese estado ahí un rato antes y hubiésemos ido a buscar el diario juntas. Y el 10 de diciembre fue así: ella fue a buscar el diario pero estaba borroneado, hasta eso, estaba borroneada una parte de la solicitada. Entonces fue a buscar otro diario y ahí se la llevaron, en la mitad de calle Mitre. El diariero que vio todo dijo que se defendió como una loca porque era fortachona pero no hubo caso, la metieron adentro y se la llevaron.

 

EL ARCHIVO DE LAS MADRES

Aída es responsable del valioso archivo de Madres de Plaza de Mayo, demostrando ser una militante de la Memoria y la Justicia.

Cuando nos reunimos por primera vez en este lugar de las Madres y empezamos a acomodarlo, yo me estaba yendo, me paró Marta y me dijo: ‘Vos te vas a ocupar del archivo’. Entonces le respondí: ‘yo no tengo ni idea de archivo’. Nosotras no teníamos archivo, nadie lo tenía. El archivo eran unas bolsas grandes, llenas de papeles. Nosotras estuvimos en el SERPAJ mucho tiempo, en una piecita, y después también en el MEDH. ¡Fue la gloria cuando nos vinimos para acá! Yo ahí, con todos los papelitos. ¡Si me hubieran sacado una fotografía hubiera ganado un premio! Yo adelante con cuatro, cinco sillas, me senté en el suelo, agarré las bolsas y empecé a sacar uno por uno los papeles y así fui empezando a poner y a sacar, cuando me quise dar cuenta lo estábamos organizando. Después Memoria Abierta nos mandó un profesional que pagan ellos, y se fue haciendo de a poco. Tuvimos secretaria, cosa que no habíamos tenido en la vida. Y todo eso nos fue ayudando. Tenemos una biblioteca hermosa, hicimos unas pancartas que hubo que recuperarlas. Pero ya tengo ochenta años, me alcanza y sobra con todo esto que tengo que hacer.

 

PALABRAS DE DESPEDIDA

Como muchas Madres, Aída visita las escuelas llevando su testimonio y su mensaje a los jóvenes.

Una vez los nenes de una escuela me preguntaron: si yo tuviera que identificar a mi hija con un animal ¿cuál sería ese animal? Sin duda, ella sería una leona, porque lo fue siempre, fue muy especial, como todos en la época, fue una generación muy especial. Pero fue una luchadora. Ella no quiso irse del país porque, para ella, tenía que hacerlo todo estando acá. Y ella sabía lo que estaba pasando, pero siguió luchando. Entonces después de todo, chicos, lo único que les puedo decir es que luchen, que sigan luchando como puedan aunque sea difícil, como nos fue difícil a todos nosotros.