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AURORA ZUCCO DE BELLOCCHIO

Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora

Aurora Zucco nació el 7 de enero del año 1922. Es descendiente de italianos. En 1945 se casó con ‘Pir’ Bellocchio, músico, con quien tuvo ocho hijos: Luis, Julio, Marcelo, Irene, Daniel, Eduardo, Fernando y Cecilia. Uno de sus hijos, Eduardo, falleció teniendo un año de edad. Otra de sus hijas, Irene, fue víctima del terrorismo de Estado que se impuso en la Argentina entre 1976 y 1983.

Aurora sintió la violencia de la última Dictadura cívico-militar en el seno de su familia cuando, el 5 de agosto de 1977, su hija Irene es secuestrada junto a su pareja, Rolando Víctor Pisoni. El hijo de la pareja, Carlos, de treinta y siete días, fue entregado por los secuestradores a una vecina quien lo restituyó a Aurora. Irene, en ese momento, era estudiante de Arquitectura y delegada bancaria.

A partir de entonces, Aurora asume la crianza de su nieto Carlitos y comienza una incansable búsqueda que se extiende tanto en el ámbito nacional como internacional.

Aurora, luego de treinta y cinco años, continúa su lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia como miembro de la Asociación Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora.

En el año 2009, publicó su autobiografía en el libro Pelear la Vida. A los ochenta y siete años de edad había logrado describir el panorama familiar como muestra de las tragedias del siglo, en el que se pueden apreciar los trágicos años de la Dictadura cívico-militar, desde la aguda mirada de una madre que no se dejó vencer por la pérdida. Como señala en su Libro ‘Pelear la vida’: [...] ante la desaparición de Irene no me resigné. Y el corte con la inercia de la resignación me permitió también llevar adelante, progresivamente, otras rupturas. Desde la actitud de búsqueda y lucha por encontrar a Irene y de hacerme cargo de Carlitos, hasta asumir el deterioro real y definitivo de mi relación con Piri. Desde mi radical cambio en cuanto a la visión de la Iglesia como institución sin perder mi fe hasta una reacción mucho más firme de enfrentamiento con las actitudes de mi familia. Y, especialmente, el fin de la resignación implicó transformarme de madre abnegada de siete hijos en Madre de Plaza de Mayo.

En el año 2011, fue galardonada como ‘Personalidad Destacada de los Derechos Humanos’ por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires como reconocimiento a su trayectoria en este tema. El 15 de octubre de 2015 Aurora falleció, a los 93 años. Para honrar su legado compartimos un reportaje que le realizó el Programa Educación y Memoria de la Ciudad de Buenos Aires en 2012.

 

En prisión, su madre y sus lágrimas

Hoy estás sola, pero tu corazón está acá.

Yo te recuerdo, capullo rosa cuando naciste.

Flor hermosa, cuando creciste… yo le juego a tu hijo,

Y sé que lo sientes. Cuando me llama mamá, te llama…

Cuando lo acuno o le canto para calmarlo

Y se duerme…

Estás a mi lado, con él y yo te abrazo,

Y te cobijo también en mis brazos, niña mía, en tu Día.

Aurora Bellocchio.

 

LA HISTORIA DE AURORA

Aurora Zucco de Bellocchio vivió dedicada a su familia y a su marido. Siendo muy joven tenía un maravilloso talento por el arte. Pero sus obligaciones la alejaron de su vocación.

Yo nací el 7 de enero de 1922 en Buenos Aires. Mi padre era italiano. Yo siempre fui un poco artista, me gustaba dibujar, escribir, hacer diseños Estudié Dibujo y Artes Decorativas en la escuela nocturna del Ruiz de los Llanos. Ahí hice dibujo, pintura, pirograbado, tallado durante casi tres años. Sé que hubiese podido ser una buena dibujante o pintora, pero finalmente dejé por la presión de mi padre y por mi noviazgo con Piri, quien luego fuera mi esposo. Piri era músico. Tocaba en una orquesta de jazz y viajaba con sus giras de tanto en tanto. Tuvimos ocho hijos: Luis, Julio, Marcelo, Irene, Daniel, Eduardo, Fernando y Cecilia. Eduardo murió siendo un bebé.

Aurora se casó en 1945 y entre 1946 y 1958 nacieron sus ocho hijos. Irene nació el 30 de mayo de 1952. Cuando terminó el secundario, Irene quiso estudiar arquitectura pero por dificultades económicas de su familia, no pudo hacerlo en ese momento y comenzó a trabajar en un banco.

En 1976 Irene tenía una pareja que estudiaba Arquitectura. Cuando él desaparece, Irene entra en la clandestinidad. Estuvo viviendo en distintos lugares hasta que finalmente consigue un departamento donde vivían dos estudiantes. Yo me encontraba con ella en la calle, o en una galería o en una confitería. Un día nos encontramos con Irene y con Roly ‘su nueva pareja’ y me dice que estaba embarazada. ¡Se la veía tan contenta! Nunca imaginamos que pasaría lo que luego sucedió.

Bajo la clandestinidad de sus padres, nació Carlitos el 29 de junio de 1977.

Me llamó Roly para que fuera a verlo al Hospital Posadas. La última vez que vi a mi hija fue el 21 de julio en la casa de mi hermana. Ella estaba feliz con su bebé. Ese día pensé que pasaría mucho tiempo hasta que volviera a ver al bebé. Sin embargo, a Carlitos lo vi, pero a ella nunca más.

El 5 de agosto de 1977, un grupo de tareas secuestra a Irene y a Roly dejando a su hijo Carlitos en manos de una vecina.

Lo de la detención fue terrible pero nunca nos imaginamos, en ese momento, que iba a terminar con su desaparición. Irene desapareció junto con Roly el 5 de agosto de 1977, por un grupo de tareas que llegó a su casa alrededor de las cinco de la tarde. En ese momento tenían un bebé, Carlitos, que dejaron en manos de una vecina con la orden de entregarlo a los abuelos. Esta vecina tuvo la valentía de entregármelo. Recuerdo que el día que secuestran a Irene había sido un día gris y yo sentía una extraña sensación de tristeza sin saber exactamente por qué. El día siguiente fue un día lluvioso. En eso una mujer golpeó fuertemente la puerta de casa. ‘Familia Bellocchio’, preguntó. ‘Sí, ¿qué pasa?’, pregunté alarmada. Y entonces le veo un bulto en los brazos, con una mantita tejida. Me pregunta si lo conozco y, obviamente, le contesto que es mi nieto. Me pide los documentos y cuando veo al nene pienso ‘le pasó algo a Irene’. Con esa mujer había una señora con un moisés que se puso a llorar ‘¿qué pasa?’, pregunté. ‘Lo que sucede es que mi hermana (me decía que ésa era la hermana de ella) me dice que no lo entregue, que no quiere, que el nene llegó sin papeles, pero yo toda la noche estuve hablando con ella, porque   la orden era que lo trajiéramos a los abuelos’. Me lo dieron de ‘mala gana’, me dijeron que el bebé había llorado durante toda la noche y todavía no paraba. Mi hija Cecilia me dijo ‘bueno, tenélo vos’, y yo lo tuve en los brazos, pegado al corazón, ¿vos me creés? Se durmió y se calló. Yo dije, porque es la verdad, que ese bebé nunca se iba a separar de mi corazón. Ahí fue cuando la señora, al verme llorar desconsolada, comenzó a contarme que a mi hija y a su marido se los habían llevado en un procedimiento y que ella era una vecina a quien simplemente le habían dado la orden de devolver el bebé.

Con el temor de que pudieran arrebatarle a su nieto, Aurora siguió los pasos que le indicaban para tener la custodia del bebé.

Como a Carlitos me lo habían entregado sin documentos, dos días después fui al Hospital Posadas, donde había nacido, para reclamar su partida de nacimiento. Una amiga que trabajaba en Minoridad me alertó ‘si el nene vino sin papeles, el mismo grupo que te lo envió te lo puede sacar’.

El golpe que significó para Aurora el secuestro de su hija, implicó un cambio rotundo en su rutina y a partir de ese momento comienza una búsqueda incansable por el destino de su hija a la que se le sumaba la responsabilidad por la crianza de su nietito.

Con el golpe que significó la pérdida de mi hija Irene, tuve la fuerza necesaria. El fin de la resignación implicó transformarme de madre abnegada de siete hijos a Madre de Plaza de Mayo.

 

EL RECUERDO DE IRENE

Con el amor de toda madre, Aurora recordó a Irene desde las anécdotas de la infancia y de la juventud.

Mi hija Irene nació después de tres varones. Fue la cuarta, la mimada. Luego tuve tres varones más y otra hija. Siempre pienso que ella fue la alegría en nuestra casa. Irene era preciosa, era muy juguetona, muy rápida, muy inquieta, muy buena con sus hermanos y sus hermanos muy buenos con ella. Además era muy divertida. Sabía bailar y cantar muy bien, tenía una muy bonita voz. Tenía muchos amigos y amigas. En la adolescencia a Irene le gustaba salir con sus amigas. Yo le daba mucha libertad. Era muy enamoradiza. Se enamoraba tan rápido como se desenamoraba. Eran amores muy profundos y muy repentinos.

¿Cómo era Irene cuando era chica?

Era alegre, muy alegre, muy divertida, muy buena hija, en el sentido de que ante cualquier problema decía ‘mami lo hago yo’ o ‘te ayudo’. También era un poco peleadora porque decía que como ella era mayor le tenían que obedecer. Era muy juguetona, cantaba bien, era muy inquieta, llena de amigas, muy bonita. Estudió en el colegio La Anunciata de Villa Urquiza y fue buena alumna, buena compañera.

¿Cuál era su comida preferida?

Yo soy una madre a la antigua que hacía la comida de familia italiana, fideos con tuco, ravioles, bifes, pan de carne al horno, ella comía bien. Irene sufría mucho de los oídos cuando era chica.

¿Qué música o cantante escuchaba?

En mi casa se oía música de jazz porque mi marido, el papá de Irene, era músico de jazz. Pero igual la generación mía lo único que tenía para escuchar siempre era la radio, no había televisión, algunos tenían discos pero por lo general era la radio. Yo soy de la época del tango, pero me modernicé cuando mis hijos varones empezaron a escuchar todas las letras hermosas, por ejemplo, ‘La Balsa’ o la de esta escritora famosa que murió en el mar, Alfonsina. Mi hija tocaba la guitarra y cantaba y mis hijos todos cantaban. Así que como recuerdo es un recuerdo emocionante y muy hermoso.

 

¿Qué travesura recuerda de su hija?

 

Yo recuerdo que en esa época tenía amigas muy queridas con diez hijos, ocho hijos, entonces cuando uno crecía nos pasábamos la ropa de las nenas o los varones. Un día viene una de las hijas de mi amiga y trae unos vestidos de ella, uno blanco de organdí muy bonito. Al otro día hacía un frío terrible y yo como una santa fui a misa temprano. Vivíamos en el barrio de Villa Urquiza y cuando vuelvo, doblo la esquina y veo una nena que salía de un departamento corriendo, con un frío de cero grados, vestida de organdí blanco. Pensé: ‘ay, esa madre no la habrá visto a la nena cómo salía’. Cuando llego a casa pregunto por Irene y me dicen ‘se fue a misa’ así que busqué un tapado y me fui corriendo a buscarla y estaba en misa, todo el mundo mirándola porque era hasta cómico y ridículo. Otra travesura de Irene, es un poco más escandalosa: como vivíamos en un departamento del 2° piso, a la tarde después de todas las cosas que uno les hace hacer a los chicos en vacaciones –la siesta, algún deber, tomar algo fresco– bajaban a la vereda a jugar. Entonces viene la encargada y me dice ‘señora, baje y vaya a ver cómo está su hija en la calle’. Estaban los hermanos y vi a una nena que corría desnuda, ¡se había desnudado! Tenía tres años, se había desnudado y corría de una punta a la otra por la vereda, así que tuve una chica alegre por suerte.

 

Aurora recordó con mucha alegría los tiempos de la infancia de su hija y entiende el compromiso y los ideales que defendía.

 

Por eso creo que las madres no idealizamos a nuestros hijos, tuvimos hijos muy valiosos en todo sentido, en el amor a su familia, en el deseo de ayudar.  Ella había estudiado en el secundario y había ido becada a la UADE hasta que después conoció a un novio, ella siempre quiso seguir arquitectura y entonces este muchacho que ya se recibía, la convenció, así que cuando desapareció ella estaba en 2º año de arquitectura y su compañero en 4° de ingeniería.

 

LA BÚSQUEDA

Irene tenía veinticinco años cuando fue secuestrada y su pequeño bebé sólo pudo compartir con ella treinta y seis días. A partir de ese momento, comenzó la búsqueda sin fin, sin hallar respuesta alguna.

¿Después del secuestro tuvo alguna noticia de Irene y de Roly?

Sí, una semana después del secuestro, mi esposo atendió el teléfono y muy impresionado me avisó que era Roly. Cuando comencé a hablar reconocí claramente su voz. Me pidió que llevara en forma urgente a Carlitos al Hospital porque tenían que hacerle un estudio pendiente muy necesario por una enfermedad que Carlitos tenía al nacer. Le pregunté por Irene y me dijo que estaba bien. No pudo decirme nada más. Fue el único contacto que tuve de ellos. Siempre pensé que Roly exageró el estado de salud de Carlitos para verificar si su hijo se encontraba con nosotros.

Luego de ese único llamado de Roly, Aurora se contactó con un abogado quien la ayudó a redactar un hábeas corpus y un escrito para presentar en la seccional 10ª.

El mismo día en que presentamos el hábeas corpus, nuestro abogado nos aconsejó que la denuncia en la seccional 10ª la hicieran mi marido y la mamá de Roly. No yo porque tenía a cargo a Carlitos y si a la policía se le ocurría detenernos, ponía en riesgo la guarda de mi nieto. Después le propuse a mi consuegra que fuésemos al departamento de nuestros hijos.

Con autorización de la policía pudo sacar las cosas del bebé pero no tuvo autorización para tocar ninguna otra cosa.

Muy rápidamente comencé a entender que lo que a mí me pasaba no expresaba un caso aislado. Formaba parte de una realidad instalada por la Dictadura que, a pesar del silencio de los medios, se hacía evidente a través de comentarios e informaciones que circulaban por todos lados.

Aurora no dejó puerta donde golpear, junto a sus compañeras de ronda.

Fui a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, al Centro de Estudios Legales y Sociales, la Liga por los Derechos del Hombre, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, Familiares de Detenidos y Desaparecidos... A todos esos organismos les llevaba copia de lo que había sucedido y en todos me anotaban. En esa época éramos muy ingenuas y pensábamos que nuestros hijos estaban presos en algún lugar.

¿Qué pudo reconstruir sobre el destino de su hija?

En el 80 un sobreviviente me buscó y me contó que había conocido a mi hija en el Centro Clandestino de Detención conocido como ‘Club Atlético’ y me contó el diálogo con ella: ‘Estoy tranquila porque sabemos que mamá tiene al nene’, cuenta que le dijo. Aparentemente ellos estuvieron allí hasta el 20 de septiembre y en esa fecha los ‘trasladaron’.

Entre 1981 a 1984 Aurora se fue a Barcelona, España, con su nieto Carlitos. Allí vivió con su hijo Fernando, que se había exiliado hacía un tiempo. Desde España, Aurora continuó su lucha llevando su testimonio en defensa por los Derechos Humanos. Cuando regresó al país, retomó su reclamo de Memoria, Verdad y Justicia desde la Asociación Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora.

 

 

EL LEGADO DE AURORA

A pesar de los años y los difíciles momentos que le tocó atravesar, Aurora mantuvo los recuerdos intactos. Con la lucidez de una mujer, madre y abuela que vivió intensamente, compartió sus enseñanzas con los jóvenes.

En toda esta larga vida mía he visto de todo. He visto caer gobiernos, he visto matar gente, he vivido desde la época del derrocamiento de Yrigoyen. Viví todos los Golpes de Estado; algunos momentos felices o importantes, pero este país está signado por la muerte y por el odio. Lo que había antes, en esta época antigua, eran las palabras amistad y honradez. La gente era honradísima y el vecino quería tanto al otro vecino. Y el compañero de escuela ayudaba al que menos sabía o al que menos entendía. Y las maestras eran sabias, eran verdaderamente sabias. Como el mundo cambió, la enseñanza cambió como el mundo. Los que hemos estado viendo desde la generación de los hijos nuestros, el tiempo en que estudiaban, colegios del Estado, colegios religiosos. Se me ocurre a mí que todos tienen ganas de saber, de conocer, pero sobre todo de entender. Nosotras no queremos darles clase de nada, pero sí explicar que si hubiéramos tenido un pueblo verdaderamente honrado, un pueblo verdaderamente amigo del vecino o del pariente, un pueblo que ayudara al más necesitado, no hubiera pasado lo que pasó.

De esta forma Aurora destaca la importancia de la tarea educativa para construir una sociedad solidaria y reflexiva.

Por eso reitero lo importante que fue para nosotros la escuela del Estado. Esa escuela que formaba seres humanos, enseñaban todo lo que habían aprendido en las escuelas normales. Nos enseñaban a cantar, a reír y de veras a ser los mejores compañeros. No es que yo añore eso, yo deseo que ojalá suceda que poco a poco ustedes aprendan a querer y a escuchar mucho a los maestros. Porque el maestro de lo que más voluntad tiene es de enseñar para que ustedes aprendan no solo un montón de materias, sino a amar la vida y defender la vida, defender al ser humano y no caer en tentaciones de odio, de dividir a la gente en un estilo o en otro. En lo que realmente se llamaría el valor de la vida y de la felicidad, que es el saber, la amistad, el deber y el amor.

Como síntesis de su vida, Aurora expresa en el último capítulo de su libro autobiográfico ‘Pelear la Vida’:

Ya dije que para mí las caídas, las muchas que tuve en mi vida, fueron algo así como expresiones en la acción física de momentos de desborde, en los que no podía con el peso de situaciones que me abrumaban. (…)Tuve caídas espaciadas y otras en seguidilla. De todas ellas, conseguí levantarme. Tampoco me caí con la desaparición de Irene. Ya conté que, al igual que el resto de las Madres, tuve capacidad de transformar el dolor en voluntad de pelear. (…) Pero, mirando el recorrido, pienso que la capacidad para no caerme surgió también de otras condiciones, menos precisas, que tienen que ver con mi personalidad, algunas de las cuales ya estaban presentes en ella y otras a las cuales tuve que ir construyendo desde ella.

Durante la mayor parte de mi vida me la pasé obedeciendo. En mi adolescencia y juventud, fue la obediencia a los mandatos familiares, sobre todo de mi madre. (…) En esa etapa también se consolidó mi formación religiosa (…) Todos los impulsos por salir de ese esquema los reduje a mi mundo más íntimo: mis lecturas, mi inclinación por lo bello, mi gusto –en un medio adverso y con pocas herramientas– por adquirir conocimiento y desde ahí relacionarme con otras culturas, mis preocupaciones sociales que chocaban con la visión de mi familia. Pero, hacia fuera, pese a algunos intentos fallidos por cambiar situaciones, todo fue obedecer: a mi familia, a mi marido, a los curas. (…)

Pero ante la desaparición de Irene no me resigné. (…) el fin de la resignación implicó transformarme de madre abnegada de siete hijos en Madre de Plaza de Mayo: a darme cuenta de que lo que me pasó a mí formaba parte de una realidad de muchos, de una realidad social, política, económica y que mi respuesta a esa realidad individual no podía hacerse desde mi condición de madre, sino de Madre de Plaza de Mayo.

Todo este proceso fue liberador en un sentido, pero muy doloroso. Por el dolor de la desaparición de Irene, por el dolor de las rupturas. Pero también permitió, en un plano personal, que pueda pararme desde otro lugar. Y en un plano social, aportar un pequeño granito de arena a la lucha por la verdad y la justicia.

 

 

PALABRAS FINALES

Aurora escribió muchos poemas para su hija, ‘Cuando hay sol y cielo azul’ lo escribió en la playa el primer verano después de la desaparición de su hija Irene.

 

Cuando hay sol y cielo azul se acongoja mi corazón

porque pienso que estás encerrada y gris de tristeza.

Cuando veo a una pareja con su hijo los miro con respeto y con dolor.

Pienso que te sentirás como vacía, y llena de agonía

Cuando llevo a tu hijo

por la calle, y lo miran todos, tan azules los ojos,

tan vivo y saludable, yo gritaría:

¡A él le faltan sus padres! Y él va creciendo,

lleno de gracias,

y vos y Roly no lo ven cuando da besitos,

y pega grititos, y a mí me llama mamá...

Aurora Bellocchio.