CARMEN AGUIAR DE LAPACÓ
Madre de Plaza de Mayo - Línea Fundadora
Fue Integrante de la Comisión Directiva del CELS
e integrante de la Comisión Directiva de Memoria Abierta

Carmen Aguiar de Lapacó fue la madre de Alejandra Mónica Lapacó, su única hija, detenida desaparecida el 16 de marzo de 1977.

Alejandra nació en la provincia de San Juan el 15 de noviembre de 1957. A los 19 años era profesora de francés y estudiante universitaria de la carrera de antropología. El 16 de marzo de 1977, Carmen Lapacó fue secuestrada junto con su hija, Marcelo Butti –novio de Alejandra– y Alejandro –su sobrino–. Luego de permanecer en el Centro Clandestino de Detención conocido como Club Atlético, Carmen y su sobrino fueron liberados el 19 de marzo de 1977. Alejandra y Marcelo continúan desaparecidos. Carmen tenía 52 años cuando fue secuestrada, era profesora en el secundario y había enviudado hacía cuatro años.

A partir de ese momento Carmen comenzó la búsqueda incansable de su única hija transformándose en una referente de la lucha por los Derechos Humanos hasta la actualidad. Hoy continúa siendo miembro de la agrupación Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), la Comisión Directiva de Memoria Abierta y la Comisión pro Monumento (Parque de la Memoria).

A pesar de las situaciones dolorosas que tuvo que atravesar en todos estos años, recorrió las escuelas transmitiendo su mensaje de esperanza: ‘Seamos optimistas, hemos durado tantos años porque siempre pensamos que va a haber algo mejor’.

 

Necesito horas, muchas horas para agradecer a mamá el cariño que tuvo conmigo y ella solo pide un beso y una flor. Esa eres tú mamá.

Tu hija querida, Alejandra.

Escrito por Alejandra Lapacó, en segundo grado.

 

Carmen falleció el 13 de diciembre de 2017, a los 93 años, y para honrar su memoria compartimos un reportaje que le realizó el Programa Educación y Memoria de la Ciudad de Buenos Aires en 2012.

 

 

LA HISTORIA DE CARMEN

Carmen Lapacó fue una activa militante por los Derechos Humanos y Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora. En 1977, la armonía de su hogar se vio interrumpida por la violencia del Terrorismo de Estado. En ese momento vivía con su madre y su hija Alejandra, había enviudado pocos años atrás, y era profesora en un colegio secundario.

Yo soy Carmen Lapacó, mamá de Alejandra Mónica Lapacó Aguiar. Llevo el apellido de mi hija porque cada una de nosotras hemos dejado de lado nuestro apellido para llevar el de nuestros hijo/as y sentirlos siempre cerca. Alejandra tenía 19 años cuando la secuestraron y de eso ya pasaron 33 años. Nosotras con nuestra edad estamos todavía en la plaza, esto quiere decir que a pesar de todo hemos continuado.

A pocos días de cumplirse el primer año del gobierno de facto, un operativo militar realizado en la casa de Carmen la secuestró junto a su hija Alejandra, su sobrino Alejandro y Marcelo, novio de Alejandra.

Era el miércoles 16 de marzo de 1977, Alejandra tenía que rendir una materia el viernes e iba a ir a estudiar a la casa de una compañera, pero como pasaron el examen para el lunes, no fue. Me dijo que iba a repasar el sábado y domingo. Si ella no hubiera estado en casa, tampoco habría estado su novio Marcelo. Y fue esa noche. Estábamos Alejandra, Marcelo, mi madre, mi sobrino Alejandro –que había venido de San Juan a rendir unas materias para recibirse de abogado– y yo. En casa vivíamos 3 mujeres solas, Alejandra, mamá y yo, entonces cuando había gente joven en la mesa, era pura risa, se hacían bromas entre ellos y uno las seguía. En eso, tocan el timbre, muy despacito, y digo yo ‘me parece que han tocado el timbre’. Me levanto, miro por la mirilla, y digo ‘no es acá’, y ahí me gritan ‘¡Fuerzas Conjuntas en Acción, abran la puerta y si no la rompemos!’ Inmediatamente los chicos me gritaron que abriera y entraron unos hombres fuertemente armados. A mí no se me olvida la imagen de esos tipos entrando: mi mamá abrazando a mi hija y los dos chicos ahí parados, tiesos. Entraron, revisaron toda la casa. Robaron, rompieron, se llevaron fotos y todos los materiales de mi hija del secundario y la universidad. Teníamos una biblioteca que llegaba hasta el techo y tiraron los libros. Se llevaron el libro Antropología del sumergido que había comprado Alejandra. No dejaron nada. Después de unas cuantas horas en casa, se llevaron unas joyas de mi mamá, una gargantilla y una pulsera de oro, mis ahorros en dólares, se llevaron ropa y dos valijas llenas. Y se llevaron lo principal que había en mi vida: mi hija. Tenía diecinueve años cuando la secuestraron.

Nos llevaron a nosotros cuatro y la dejaron a mi mamá. Nos sacaron al pasillo y nos pusieron contra la pared. A Marcelo le pusieron una capucha naranja y a nosotros pañuelos, a mí me tocó uno de gasa, y como la gasa es transparente podía ver todo lo que pasaba. Iban preguntando nuestros nombres y los leían en una lista. Cuando llegan a mí, siento la voz y muevo la cabeza, entonces uno de ellos me agarró de los pelos y me empezó a pegar contra la pared. Después reconocí que eran el ‘Turco Julián’ y ‘Colores’. Nos dejaron a mamá y a mí afuera en el pasillo e hicieron entrar a los chicos. Yo no escuchaba lo que preguntaban, pero sí la voz de Marcelo  al contestar, porque él hablaba en voz alta para que yo escuchara. En un momento dado dice: ‘¡No! la señora (por mí) no sabe nada y ni le interesa la política’. Después empezó a hablar de Alejandra y dijo: ‘Esta miedosa no va a participar en la política, de ninguna manera’, y de mi sobrino decía: ‘Este es un maricón provinciano’, como echándose la culpa de que sólo él sabía de política, pero a pesar de eso, nos llevaron a los cuatro. En mi caso, supongo que me llevaron porque vieron una carta a medio escribir que le estaba haciendo a una compañera de la facultad de Alejandra, le habían matado al marido y ahora estaba en Brasil.

Carmen vivió el horror desde adentro del Centro Clandestino de Detención, conocido como ‘El Club Atlético’. Allí sufrió la violencia de los represores durante tres días.

Yo estaba vendada con el pañuelo transparente y podía ver, aunque simulaba no ver. Nos sacaron de casa y había dos autos parados en la vereda. Me subieron con mi sobrino a uno de los autos y al otro los subieron a Alejandra y Marcelo. Íbamos por la 9 de Julio hacia el sur, luego doblamos en una calle que después supe que era la avenida San Juan, y nos llevaron a un lugar que en la jerga de ellos llamaban ‘El Club Atlético’. Entramos ahí y nos hicieron colocar contra la pared. Había unas ventanitas al ras de la vereda. Había un escritorio y una persona que nos daba una letra y un número. Nos hicieron sacar los anillos y a mi sobrino le sacaron un Rolex. Llenaron unas fichas que eran medio verdes, nos pidieron los datos y dijeron: ‘Ya dejan de llamarse como antes’. Yo era F52, Marcelo F50, Alejandra F51 y mi sobrino F53.

Al traspasar una puerta, había que bajar unos escalones. Llegamos a unos cubículos pequeños, nos pusieron cadenas en los pies y nos hicieron sentar. En ese momento yo medía 1,63 metros así que se me salían bastante los pies. Me tiré de panza al piso y miraba para un lado y para el otro. Sentía pasos y los vi a Marcelo y a Alejandro, pero a Alejandra no la podía ubicar.

 

El último encuentro entre Carmen y su hija Alejandra se dio precisamente ahí, en este infierno del que muy pocos pudieron salir.

En un momento dado, miro y veo que estaba Alejandra cerca mío, entonces paso la mano y la toco, ella pega un grito y entonces le digo quién soy. Nos abrazamos, nos besamos y me dijo: ‘Mamita: no resisto más la tortura, me estoy muriendo’. Fue el último abrazo y beso de mi hija. Vinieron y se la llevaron.

Después me llevaron dos veces a declarar. A Alejandro lo vi golpeado y a Marcelo lo vi muy mal, tiene que haber estado muy torturado porque estaba muy caído. Cuando me llevaron a declarar me preguntaron de qué hablábamos en la sala de profesores, si se hablaba de política. Les dije que no, que hablábamos de recetas de cocina, de la materia, de cualquier cosa, pero de política no. También me preguntaron si con las alumnas hablaba de política y les dije: ‘¿Cómo voy a hablar de política con las alumnas? Yo soy una profesora que se respeta’. Yo hablaba de esas tonterías porque pensaba que de esa forma podía salvar a mi hija, no sé.

Recuerdo que me preguntaron por qué estaban las fotos de Evita y Perón en la casa y les dije: ‘Porque somos peronistas’. Luego dijeron alguna cosa que no me gustó y entonces dije: ‘Perón no ganó sólo por mi voto y acá cuántos de ustedes lo habrán votado’, entonces el que estaba frente a mí –que era el que me interrogaba– me pegó una cachetada, después le vi la cara y supe que era el turco Julián. Es triste recordar esas cosas…

En un momento me vinieron a decir que me iban a dejar en libertad. Me llevaron para sacarme las cadenas de los pies y entonces me pidieron que diga el número del candado de las cadenas. Yo dije que no me habían dado ningún número, creo que no me lo dieron, y agarraron con la cadena y me pegaron atrás, por eso he quedado siempre muy débil.

Unas horas más tarde me sacaron junto a mi sobrino. Nos llevaron a una furgoneta que repartía alimentos. Yo no quería subir porque quería que viniera mi hija. Me dijeron que suba y que     en el otro coche iba mi hija. Nos llevaron a un lugar y nos ordenaron que bajemos y vayamos retrocediendo. Con Alejandro nos agarramos de las manos, él me dijo: ‘Aquí nos matan’, yo le dije que sí, que nos iban a matar. Me destapé los ojos porque quería verles las caras, pero ya se habían ido.

 

SU HIJA ALEJANDRA

Alejandra fue la única hija de Carmen. Nació el 15 de noviembre de 1957 en la provincia de San Juan y ya desde pequeña comenzó a destacarse entre sus compañeros:

Alejandra fue una niña que siempre estuvo un poco más adelantada para su edad. Recuerdo, un día, que la maestra de jardín me llamó y me dijo de pasarla a primer grado, porque se aburría con los chiquitos de su edad. Yo entonces la llevé a hacer dos tests, para ver si estaba en la edad para poder entrar a primer grado. Efectivamente sí, era un año y ocho meses mayor a su edad cronológica. Entonces con mi marido resolvimos que ingrese al Lenguas Vivas. Ahí cursó toda su primaria y secundaria, y paralelamente estudiaba francés y se recibió de maestra elemental de ese idioma. Era bastante inteligente, estando en segundo grado hacía versos. Cuando terminó la secundaria, ella tenía 16 años y, faltando 15 días para terminar las clases, cumplió 17.

Luego, se decidió a estudiar antropología, y quería hacer bellas artes al mismo tiempo. Recuerdo una amiga que le decía, que si no se casaba con un muchacho rico, con las dos profesiones que ella quería seguir, se moriría de hambre. Pero eso es lo que ella quería, y yo no iba a torcer su rumbo.

También le gustaba mucho la música. Cuando era chiquita la mandamos al colegio de música y aprendió a tocar la flauta dulce y la guitarra. Cuando vinieron estos monstruos a casa, le rompieron la guitarra contra uno de los sillones. A ella le gustaba mucho la música: los Beatles, Serrat, Les Luthiers. Una vez la mamá de una de las amigas le pidió que vaya a la escuela a cantar y ella fue. Nosotros fuimos a buscarla y luego fuimos a un bar y ella iba con la guitarra, entonces una señora le preguntó si sabía alguna canción en árabe y mi marido le dijo: ‘No, en idish’, le gustaba hacer esa clase de bromas. Recuerdo que mi marido decía: ‘En esta casa no hay plata, pero hay risas’, y eso era importante. Esas risas se cortaron de golpe, pero yo creo que uno tiene que seguir sonriendo y buscando las cosas buenas de la vida pero sin olvidar lo malo.

Desde chica ella tenía una cierta sensibilidad que a lo mejor no todos los chicos de su edad la tenían. Siempre en casa se hablaba de política, ella se crió en un ambiente en el cual la política no era prohibida. Recuerdo que una vez los Reyes Magos le habían traído unos juguetitos, y me dijo: ‘Mamá, los Reyes Magos son malos, porque les traen a los chicos que tienen plata y a los pobres no les traen nada’.

Otra vez Alejandra tenía doce años y pasaba a primer año. Yo llego y estaba llorando. Le pregunto: ‘¿qué te pasa que estás llorando?’. Y me cuenta que la muchachita que teníamos de empleada le había contado que ella recién a los doce años entró a primer grado y que los chicos se burlaban de ella porque era grande y ella, Alejandra, con doce años entraba a primer año. Entonces lloraba por eso.

Ya tenía esa sensibilidad por la injusticia y por lo que les pasaba a los demás, tal vez nos escuchaba conversar con mi marido o tal vez la sensibilidad de ella era así. Además, tenía una fuerte personalidad, pero no de capricho, sino de aclarar las cosas.

¿Cómo era la relación de Alejandra con la mamá y el papá?

Su relación conmigo era muy buena. Yo trabajaba mañana y tarde y cuando venía del colegio conversaba con ella de una cosa, de otra. Entonces mi marido decía ‘¿por qué tienen ustedes que conversar tanto?’ Entonces yo le respondía ‘es importante escuchar’. Yo sabía escucharla, él no, pero adoraba a su hija. Yo tuve problemas de maternidad, tuve dos pérdidas antes de ella y dos pérdidas después. Ella nació porque estuve siete meses en la cama. Nació antes de tiempo, y me la quitaron antes de tiempo.

Como era hija única tal vez fuimos más severos. No queríamos que se criara como hija única, caprichosa. Pero a veces me arrepiento y digo ‘¿Por qué no la dejé que fuera caprichosa, cuando no le gustaba una comida, o esas cosas?’. Así que a lo mejor fuimos severos, pero en esas pequeñas cosas, uno ahora dice ‘si hubiera sido...’. No quisimos nunca que fuera caprichosa y que se hiciera su voluntad, en vez de lo que correspondía.

La relación con el padre, el padre estaba bobo por su hija, más aún porque era inteligente y por sus ideas, eso lo ponía más tonto... Eso sí, ella podía manejar más al padre que a mí.

¿Cómo era la relación de Alejandra con la política?

Nosotros venimos, por parte mía, de una familia de políticos. Mis abuelos, mis padres, mis tíos, todos fueron políticos. Mi padre fue diputado, mi tío senador, digamos que siempre en casa se hablaba de política. Y mi marido era periodista en sección política, ella se crió en un ambiente en el cual la política no era prohibida y en el cual pensábamos que la política era la forma de pensar y expresar uno sus deseos. Nunca pensábamos que iba a llegar donde llegó...

En la facultad de Filosofía y Letras, donde estudiaba antropología, empezó a militar en la Juventud Universitaria Peronista. Además trabajaba en una editorial. También fue preceptora en el colegio donde yo trabajaba durante un año, pero a Alejandra no le gustaba ser preceptora porque decía que eran represores.

Para ese entonces ya había muerto mi marido, de manera que no recibía pensión y tenía que mantener la casa con mi sueldo de profesora que no era mucho que digamos. Vivíamos en Marcelo T. de Alvear al 900 y Marcelo, el novio de Alejandra, vivía en una pensión a tres cuadras de casa y a veces venía a cenar. Él estudiaba historia en la misma universidad y trabajaba en un banco.

 

LA BÚSQUEDA: DE LA DICTADURA A LA DEMOCRACIA

Cuando empezaron a desaparecer compañeros, yo les dije: ‘Chicos: yo veo que las cosas se están poniendo muy feas, ¿por qué no dan unos pasos atrás y después siguen militando?’ Y ellos, muy confiados, me decían: ‘Nosotros no hacemos nada malo, sólo política’. Pero en ese momento la palabra política era mala palabra para los militares.

Carmen fue liberada junto con su sobrino tres días después de la fatídica noche en la que fue secuestrada. A partir de ese momento, comenzó la larga búsqueda de su hija.

Yo nunca me quise hacer la valiente, nacía de mí, como cuando empecé a ir a la Plaza. Yo tenía miedo, pero lo que me guiaba era el amor a mi hija.

A mi hermano, el papá de mi sobrino, le habían dicho que hablara con un abogado muy importante, pero pedía mucho dinero… Mi hermano le explica que nosotros no somos una familia de dinero, entonces el abogado le dijo que debía ir a Tribunales porque ahí nos iban a enseñar a hacer un hábeas corpus. Yo no sabía que el habeas corpus podía hacerse un día sábado o domingo, así que fui el lunes.

Ahí en Tribunales, una chica que me estaba tomando la declaración me aconsejó que no dijera que había estado desaparecida porque así podía ser que ellos me contesten y dejen a Alejandra en libertad. Yo creo que lo dijo honestamente, como queriéndome ayudar.

Presenté muchos hábeas corpus y siempre contestaban negativo, con la excepción del juez Sarmiento, que lo siguió un poco más y llamó al portero del edificio a declarar, que era el que había abierto la puerta. Volvió tan contento, me decía: ‘Va a aparecer Alejandrita. Me han llamado para declarar y yo les he contado todo’. Pobre, él no se daba cuenta, lo habían llamado a declarar porque yo les había dado su nombre.

Después me enteré que se podía ir al Ministerio del Interior, que funcionaba en la misma Casa Rosada, pero entrando por el costado, y ahí fui. Había oído que había un grupo de mujeres que buscaban a sus hijos y se reunían en la catedral. Fui por primera vez un miércoles y la catedral estaba cerrada. El jueves también estaba cerrada pero desde las escalinatas vi un grupito   chico de mujeres en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, me fui acercando y noté que me miraban. Se me arrimó Tita Maratea y me dijo: ‘¿Vos tenés a alguien desaparecido?’, le contesté: ‘Sí, ¿cómo sabés?’, entonces me respondió: ‘Por la cara de tristeza que tenés’. Uno ni se daba cuenta que la cara reflejaba los sentimientos.

De la búsqueda solitaria que había desarrollado Carmen en los primeros tiempos, pasó a formar parte de una búsqueda colectiva sumándose a diferentes organismos de Derechos Humanos.

Empecé con Madres, un grupo chico, veintitantas, yo habré ido a mediados de abril. Antes iba a la iglesia Stella Maris, ahí fue donde Azucena Villaflor dijo: ‘¡Vamos a la Plaza, que acá estamos perdiendo el tiempo!’. Como el cura era de la Marina, les daba a los marinos la información que le dábamos, en el Ministerio del Interior hacían lo mismo.

Y ahí empecé a militar en Madres, yendo a la Plaza. Un día se acerca un policía a decirnos que no podíamos estar en grupo porque había Estado de sitio y no podíamos estar más de dos personas juntas. Entonces salimos de ahí, nos pusimos de a dos, y dimos vueltas alrededor del monumento a Belgrano, todavía sin pañuelos. Cuando se daban cuenta que estábamos ahí intentaban sacarnos, entonces salíamos por una punta y entrábamos por otra, el caso es que durábamos media hora.

En el 78, con el asunto del mundial de fútbol, vinieron los periodistas del exterior, donde se sabía más de lo que pasaba que en nuestro país, porque acá estaba prohibido dar las noticias. A veces algún diario del exterior sacaba las noticias, como el Buenos Aires Herald que estaba escrito en inglés. Cuando vinieron los periodistas pusieron una hilera de policías para que no pasáramos. No era fácil, nos llevaban detenidas pero yo siempre supe escaparme. Mientras tanto, los Padres que no figuraban en las vueltas de las Madres, estaban en las veredas cercanas esperando a ver qué pasaba. En general, había abogados y, si nos llevaban, se iban rápido a la policía para tratar de sacarnos.

Recuerdo una vez que iba a ir a un viaje a Europa que nos habían invitado. Me dijeron que no se me ocurra ir a la plaza el día antes de viajar. Yo, como buena desobediente, fui a la Plaza igual, pero vino la policía y nos empezó a correr. Sentí que una tipa me agarraba del brazo y le pregunté: ‘¿Quién sos vos para agarrarme el brazo?’, me dijo que era policía y yo le dije: ‘¡Te disfrazás de persona porque tenés vergüenza de usar el uniforme!’. Entonces una de las Madres me agarró y me apartó porque si no un día antes de viajar capaz me llevaban por pelear. Otras veces nos escapábamos y nos metíamos en el subte. Esas cosas hacíamos para sobrevivir. Ya son 33 años que vamos a la Plaza y yo sigo.

Para la época en que pasó eso de Europa, empecé a trabajar en el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), que habían fundado Emilio Mignone, Augusto Conte, Boris Pasik y Alfredo Galleta. Yo entré como colaboradora. Como estábamos organizando un acto subversivo contra el gobierno, nos llevaron presos a los cinco. Estuvimos presos una semana y yo era la única mujer.

La búsqueda por la Verdad y la Justicia llevó a Carmen a realizar diferentes reclamos en el país y en el exterior, como así también diferentes acciones judiciales.

En plena dictadura también empecé un juicio. No lo hice por valiente sino porque no tenía nada que perder. Después, cuando se declararon las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se pidió el Juicio por la Verdad: que los militares declararan la verdad, sin castigo. Yo quiero saber la verdad de lo que pasó con mi hija. El doctor Emilio Mignone decía que eso nos iba a servir en el futuro, entonces yo lo hice por el Ejército y la Policía y Emilio por la Marina. Mi juicio siguió su curso, continuamente rechazado, incluso por la Corte Suprema. Pasó bastante tiempo.

En los Juicios por la Verdad me presenté en la OEA (Organización de los Estados Americanos), en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Cuando estaba hablando en la Comisión, presentando mis quejas, había un representante defendiendo la posición del gobierno argentino (en ese momento era el gobierno de Menem que ya había dado los indultos). En la Comisión me escucharon muy atentamente e impusieron al gobierno argentino que los familiares de desaparecidos tengan el derecho de saber la verdad, instando al gobierno a que presentara fiscales y jueces que se dedicaran a eso. Yo conocía de antes a la persona que fue representante del gobierno en Washington y en un momento me dice: ‘No creas que yo estoy en contra tuyo, estoy representando al gobierno y tengo que hacer este papel’, le contesté: ‘Bueno, hacé el papel que a vos te interese, yo hago mi papel’.

En los juicios que se están haciendo ahora, están sirviendo las declaraciones de mi mamá y del portero como testigos, aunque ellos ya no estén. Yo estoy también como testigo en los juicios orales, el 24 de octubre declaré en el TOF 5 (Tribunal Oral Nº 5). Es bastante doloroso, ahí están los defensores de los tipos y uno de los milicos se defendía solo…

¿Cómo pudieron ubicar el Centro de Detención donde usted estuvo secuestrada?

Como les contaba yo tenía en los ojos ese pañuelo de gasa. Vivía en Marcelo T. de Alvear entre Suipacha y Carlos Pellegrini y vi todo el viaje. Nos subieron al auto y tomaron la Avenida 9 de Julio. Y yo el sur lo conocía todo, por esta razón sabía por dónde estaba este lugar pero no podía localizarlo con precisión. Después nos juntamos 6 sobrevivientes de este lugar y fuimos con la abogada a caminar por los barrios y decíamos: ‘Me parece que era aquí, por las ventanitas’. Pero en ese momento había muchas casas con esas ventanitas. De manera que era difícil encontrarlo, pero cada uno de nosotros fue aportando algo. Y era en ese lugar donde construyeron la autopista y demolieron todo el edificio. Después, el gobierno, de ese momento, nos ayudó con las palas mecánicas para abrirlos. De lo que teníamos miedo era de que a los sótanos los hubieran tapado. Pero, por suerte, esto no pasó. Ellos les ponían nombres extraños para disimularlos. El día que estuvieron excavando estuvimos desde las 10 de la mañana con unos nervios... Excavando.4

Al principio, cuando aparecieron las paredes del edificio a donde ya había estado, les voy a decir lo que sentí: alegría y tristeza. La alegría de haber encontrado el lugar y la tristeza de que mi hija quedó ahí y yo salí viva.

¿Cómo continúa su tarea en la actualidad?

Yo sigo acá luchando… Hasta hace un tiempito estaba trabajando en seis organismos: Sobrevivientes del Atlético, Madres de Plaza de Mayo, CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), Memoria Abierta, IEM (Instituto Espacio para la Memoria) y en la Comisión Pro Monumento. Pero el médico me dijo: ‘mirá Carmen, te necesitamos viva’. Así que renuncié al IEM y sin renunciar a los Sobrevivientes del Atlético, lo sigo más por computación. Yo ya estoy viejita para andar de acá y allá… Yo sé que los jóvenes lo siguen, entonces uno ya va dejando los espacios necesarios. Y ahora sigo con el CELS porque sé que va a perdurar y porque está haciendo los juicios y las denuncias que se ven en Página 12. Además sigo en Madres, Memoria Abierta y en la comisión Pro Monumento. Esa es la esperanza de uno, allí hay más de nueve mil nombres y seguirán más.

 

 

  1. Debajo de la autopista, en Paseo Colón y Cochabamba, el 13 de abril del 2002 comenzaron a realizarse excavaciones para encontrar rastros del Club Atlético, un campo de concentración que funcionó durante la dictadura militar en 1977 y por donde se calcula que pasaron alrededor de 1800 detenidos desaparecidos. El lugar fue diseñado como un centro de torturas y estaba ubicado en el subsuelo de una dependencia policial. En el trabajo de exploración, el primero de estas características en el país, participan distintas áreas del gobierno de la Ciudad, Autopistas Urbanas Sociedad Anónima (AUSA) y grupos de derechos humanos.

 

Va a quedar para la historia, porque pronto las Madres van a ir desapareciendo y seguirán HIJOS, Hermanos, pero el monumento queda firme, está al lado del río en la costanera norte.

 

LA ESCUELA Y LA MEMORIA

Carmen atribuye una importancia destacada al hecho de contar su historia a los estudiantes y contribuir de esta forma a la construcción de la Memoria.

La posibilidad de haber podido contar mi historia en la escuela con los chicos tiene un valor infinito. Cuando yo era profesora y me presentaba ante los alumnos decía: ‘Mi nombre es Carmen y quiero aclararles que tengo a mi hija desaparecida y soy de Madres de Plaza de Mayo’. Quería que lo supieran de mí y no por los cuchicheos. Siempre me respetaron. Un día me encontré en la calle a una ex alumna y me dijo: ‘¿Usted sabe, señora, cómo la respetábamos? Porque usted enfrentaba y nos decía las cosas de frente’.

Después me jubilé muy joven, porque tenía que seguir con la lucha y en ese momento nos podíamos jubilar con 25 años de servicio y sin límite de edad. A partir de ese momento, me dediqué directamente a los Derechos Humanos.

Es importante que los chicos en las escuelas conozcan las historias de vida de cada uno y es importante usar distintos lenguajes para enseñar, porque yo a un chico universitario le puedo hablar con un lenguaje más grave que a un chico de secundario o a un nene. Una vez, en una escuela, unos nenes de 8 años se interesaron tanto que, cuando yo me iba, me corrieron y me dijeron: ‘Seño: siga contándonos’, porque yo se los había hecho tipo cuento. A mis sobrinos nietos los padres, desde chiquitos, les han contado las cosas, desde chicos pueden diferenciar las cosas.

 

EL LIBRO DE ALEJANDRA

Para guardar en la Memoria la historia de Alejandra, su familia decidió armar un libro para el recuerdo:

Mis sobrinos nietos decidieron hacer un librito porque pasaba lo siguiente: ellos sabían que Alejandra estaba desaparecida pero no sabían la historia de ella. Como querían saber más sobre su historia, les dije que agarren los pocos papeles que habían quedado de ella y lo armen. Entonces pusieron cuando era joven, mi niña y mi marido… Además hay un texto que lo escribió un señor que hace poemas, lo escribió como si Alejandra estuviera viva: ‘Con tu pañuelo blanco cual símbolo de plata, tenés tantas hermanas como dos gotas de agua’.  Esto es un aporte a   la memoria familiar, dedicado a mis sobrinos que la conocieron y amaron, y a mis sobrinos nietos porque no la conocieron como tampoco vivieron la dictadura. Es decir, son cosas para la memoria… Son recuerdos muy lindos.

 

 

PALABRAS FINALES

A pesar del dolor por la pérdida y luego de más de treinta años de lucha, Carmen conserva un mensaje esperanzador hacia el futuro:

Seamos optimistas, hemos durado tantos años porque siempre pensamos que va a haber algo mejor. Las utopías como se dice. Una utopía es avanzar dos pasos y la utopía retrocede dos, entonces seguimos avanzando y la utopía retrocediendo, pero en algún momento se alcanzará.