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Manuel Gonçalves Granada

Nieto restituido por las Abuelas de Plaza de Mayo

Manuel nació el 27 de junio de 1976. Hasta los cinco meses de edad vivió con su mamá. A partir de ese momento le arrebataron su identidad y fue dado en adopción a la familia Novoa en un procedimiento plagado de irregularidades.

Vivió como Claudio Novoa hasta los diecinueve años de edad cuando es visitado por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Allí recibe la noticia de que es hijo de Gastón Gonçalves y Ana María del Carmen Granada, ambos perseguidos y asesinados por la dictadura militar. Manuel –que hasta ese momento había vivido con la certeza de haber sido abandonado– descubrió que su familia, entre ellos sus abuelos, siempre lo habían buscado. Conoció a su abuela materna, Matilde, perteneciente a Abuelas de Plaza de Mayo y recuperó a su hermano Gastón, músico de la popular banda Los Pericos, de la cual Manuel era seguidor.

A partir de ese momento, comienza el largo camino de reconstrucción de su identidad. Sus padres eran militantes políticos y dedicaban su tiempo a la alfabetización de adultos. Su papá fue detenido el mismo 24 de marzo de 1976 y posteriormente asesinado. Su mamá, embarazada de cinco meses, logró escapar y permaneció escondida en San Nicolás, viviendo con otra familia. Manuel tenía 5 meses de edad cuando un 19 de noviembre de 1976, un operativo militar destruyó la casa en la que vivían. Sólo él sobrevivió gracias a que su mamá pudo esconderlo y protegerlo. Permaneció en el hospital con custodia policial durante cuatro meses, hasta que el Juzgado lo entregó en adopción dejando sin efecto todos los procedimientos legales característicos en estas situaciones.

Si bien fue muy difícil para Manuel afrontar su historia –y lo sigue siendo– él no duda en que ésta fue la mejor de las opciones. Ahora sabe que es hijo de Gastón Gonçalves y Ana María del Carmen Granada.

 

‘...Nos hemos olvidado de lo que en realidad queríamos: un vaso de vino, conversar, quizás llorar solos, y alguna vez sentir el viento. Sólo eso, tan simple e inalcanzable. Detengámonos, hermano, y volvamos a la antigua senda, la del Hombre, y no nos apartemos nunca más’, Gastón Gonçalves, padre de Manuel.

 

LA HISTORIA DE MANUEL

Yo perdí mi identidad a los cinco meses de haber nacido. Mi papá fue secuestrado el 24 de marzo de 1976, el primer día del golpe militar, y mi mamá estaba embarazada de cinco meses. Vivían los dos en Capital Federal pero militaban en la zona de Escobar y de Garín. Como ella también estaba siendo perseguida, se fue del lugar donde vivía, de su departamento de Capital, y finalmente terminamos en San Nicolás que es una ciudad al Norte de la Provincia de Buenos Aires. Ahí estábamos, ocultándonos en una casa, con mi mamá sabiéndose perseguida, cuando yo nací en junio del `76. No sé donde nací, pero seguramente no en las mejores condiciones por esto de que mi mamá no podía tener una vida normal como cualquier chica embarazada que espera su bebé y es asistida en un parto. De alguna manera, ella con sus veintitrés años logra seguir adelante con su embarazo. Yo nací en junio de 1976 y para noviembre vivía en una casa con una familia formada por una pareja con sus dos hijitos de tres y cinco años. Ellos también eran perseguidos por la dictadura, eran de Entre Ríos y habían podido llegar a esta casa de San Nicolás donde nos habían dado un lugar a nosotros para estar. Por lo tanto, en esa casa vivíamos seis personas.

Manuel pudo compartir pocos meses con su mamá, hasta que el horror invadió su hogar a fines de 1976 transformándose en el único sobreviviente.

El 19 de noviembre del `76 las fuerzas conjuntas del Ejército, la Policía Federal y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, rodearon la casa. Eran cuarenta hombres y la atacaron hasta destruirla. Incluso usaron granadas para volar las puertas de la casa y ametralladoras. Las consecuencias de ese operativo fueron que mataron a todos y yo soy el único sobreviviente. Me sacaron de ahí y yo estaba con muchos problemas para respirar porque habían tirado muchos gases lacrimógenos. Me llevaron al hospital de San Nicolás y, finalmente, me internaron ahí. Los médicos me salvaron la vida y eso que, en principio, tenía que ser una estadía breve, ya que yo debería haber vuelto con mi familia biológica al poco tiempo, nunca sucedió y estuve cuatro meses en ese hospital en una sala solo. Estuve durante esos cuatro meses con custodia policial. ¡Imagínense que era un bebé de cinco meses con custodia policial! Esto grafica un poco la locura con la que entendían el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

Manuel fue una víctima más del plan siniestro que implicó el robo sistemático de bebés. En una adopción plagada de irregularidades, pierde su identidad, es despojado de su historia y alejado de su familia biológica.

La idea del Ejército era que yo no debía volver con mi familia biológica, lo mismo pasaba con todos los bebés como yo, pero tampoco querían que me quedara en San Nicolás porque, obviamente, a los pocos años ya me hubiera enterado de quién era ya que todo el pueblo sabía que en ese operativo habían matado a cinco personas, entre las que había dos niños, quedando un solo sobreviviente, que era ese bebé que estaba en el hospital. Es decir, que hubiese sido muy difícil poder ocultarme esa historia. Por eso me sacaran de San Nicolás y me entregaran con otra identidad, a través de un Juzgado de Menores de Lomas de Zamora, a una familia que estuviera muy lejos de ahí. En febrero del `77 me fui con esa familia que me adoptó. Tuve una adopción muy mal hecha por parte de la Justicia y crecí con ellos sabiendo que era adoptado, pero sin tener idea de cuál era mi origen.

¿Cómo fue que supiste la verdad acerca de tu identidad?

A los diecinueve años un señor tocó timbre en mi casa y me dijo que venía porque yo tenía una familia biológica que me estaba buscando. Durante esos diecinueve años, pensaba que me habían abandonado, que no me querían y por eso tampoco buscaba a mi familia. Yo decía: ‘si mis papás murieron, que era lo que yo me imaginaba, ¿por qué nadie me había dado ningún dato sobre eso? ¿por qué ningún abuelo o tío, nadie me buscaba?’ Si era así, para mí significaba que nadie me quería, me sentía abandonado y no quería saber nada de mi origen. Finalmente, este señor me empezó a contar que era del Equipo Argentino de Antropología Forense, que había comenzado la búsqueda a través de la investigación que llevaban Abuelas de Plaza de Mayo, que no sólo no me habían abandonado, sino que estaba vivo gracias a que mi mamá, durante el operativo, momentos antes que la asesinen, me puso dentro de un placard con almohadas y que esto es lo que me protegió un poco de los gases. Esos mismos gases fueron los que provocaron la muerte de Fernando y María Eugenia –los otros chiquitos que estaban en la casa –ya que para protegerlos, sus papás los habían escondido en el baño de la casa, que era el lugar que no daba a la periferia y donde no entraban disparos. Pero sí entraron los gases y ellos dos murieron por asfixia. Así que mi vida cambió para siempre: me di cuenta de que, si bien creía con cierto enojo que ‘si me abandonaron no me importa, yo ahora tengo mi vida, ya está, soy Claudio, construí algo con esto’, en realidad me importaba y me pesaba muchísimo. Desde el primer momento me sentí profundamente querido por mi familia y empecé a tener esta situación extraña de tener una mamá y un papá que no conocía, pero que eran mi mamá y mi papá. Con el tiempo, uno va entendiendo la importancia de ese vínculo directo que es el sanguíneo, que quizá como forma de autoprotección en algún momento preferimos saltear, como es el caso de otros nietos.

¿En qué te cambió conocer tu verdadera identidad?

En mi caso, el hecho de saberlo me permitió comenzar a construir algo desde una base cierta. Todo lo que había hecho antes tenía que ver con una mentira: desde lo básico que es llamarte como no corresponde, hasta todo lo que hagas de ahí en adelante, está sustentado por una mentira y eso es una situación muy inestable para una persona. Recién cuando uno recupera la identidad, sabe su verdadero origen, puede construir algo con cimientos verdaderos, con una base sólida. Y eso lleva mucho tiempo. Al principio uno cree que es simplemente un cambio de nombre: ‘ya no me llamo Claudio, me voy a llamar Manuel’. La verdad es que a mí me llevó muchísimos años el trámite que tuve que hacer para recuperar mi identidad ya que hubo que anular esa adopción irregular. Cuando el juez iba a dar la sentencia y me iba a inscribir con mi verdadera identidad me preguntó si quería mantener el Claudio como nombre, que era el que yo usaba por el que me conocía toda la gente, o quería cambiarlo por Manuel, que era el que habían elegido mis padres para mí. Durante los años previos yo utilizaba el apellido biológico (Gonçalves) pero conservaba el nombre adoptivo (Claudio), era lo que podía hacer en ese momento. Pensaba: ‘de última, reconozco que soy Gonçalves pero en el uso y costumbre la gente me sigue conociendo como Claudio’. Era difícil pensar que me llamaran Manuel. Pero ese día, cuando el juez me hizo esa pregunta, salí, me senté un ratito en la vereda, volví y le dije: ‘No, anotáme solo como Manuel’. Por suerte, ya había pasado un tiempo y me había dado cuenta de que en ese acto, por primera vez, era yo quien podía hacer algo con esta historia, que era una historia que me había llevado sin que yo preguntara nada. Manuel era el nombre que habían elegido mi mamá y mi papá y podía recuperarlo, podía hacer que pasara a ser legal. Además, Manuel era el nombre que nunca tuve que haber perdido. El nombre Claudio era parte de una mentira, consecuencia de lo que decidieron otros. Poder recuperar mi verdadera identidad con el nombre que tenía que haber tenido siempre era un acto de justicia. Así fue como desde hace unos años me llamo Manuel Gonçalves Granada, ya que también pude ponerme el apellido de mi mamá. Y a partir de entonces empecé a entender la importancia que tenía esto en la vida de otros, que son los casi 400 chicos que faltan, que no saben su verdadera identidad y muchos de ellos pueden estar cerca de ustedes. Nos cuesta mucho encontrarlos porque están entre nosotros mismos y por eso es importantísimo que tomen estas historias como propias, que no lo vean sólo como la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo, y hoy también de los nietos, que nos pusimos un poco más grandes y podemos ayudarlas. Esto es una lucha de todos, estas 400 identidades nos faltan a todos. Como sociedad hemos avanzado en estos últimos años y hemos madurado mucho, por eso estamos muy ilusionados y sabemos que podemos contar con ustedes.

¿Tenías memoria de tu nombre, de cuando estabas en la panza o de tus primeros meses, alguna imagen?

No, pero me pasó que cuando me cambiaron la identidad me pusieron Manuel Valdes, para darme en adopción. Con lo cual Manuel era un nombre absolutamente familiar y yo lo asociaba con mi infancia, con esos primeros tiempos donde todavía no me había convertido en Claudio. Lo que sí me pasó fue tener unas imágenes muy raras entre los siete y los nueve años. Yo en esa época tenía problemas de anginas con mucha fiebre, y me daban penicilina porque no podían bajar la fiebre de otro modo y en dos o tres oportunidades vi una situación en la habitación en la que estaba en ese momento con gente rompiendo todo. Después entendí que eso era lo que había pasado en aquella casa (en San Nicolás) y que se trataba de un recuerdo que estaba en el inconsciente, que yo lo traía y lo veía. Claro, que con siete u ocho años no entendía de qué se trataba todo eso, pero al recuperar mi identidad y enterarme del operativo en la casa, me di cuenta de que lo que yo percibía tenía que ver con lo que efectivamente había pasado.

¿Sospechaste que podrías ser hijo de desaparecidos? 

Yo tenía claro que no era hijo biológico de la persona con la que me crié. Lo que no sabía era de dónde venía. Igual lo que no había hecho era el ejercicio de creerme hijo de desaparecidos. Creo que tiene que ver con una época en la que de esto no se hablaba como sucede hoy que se habla en las escuelas, en la televisión. A mí me encontraron a fines del año 1995 y nunca antes nos habían hablado de esto, ni siquiera en el colegio me habían hablado de la dictadura. Así que imagínense que era bastante complejo hacer el ejercicio de decir ‘yo puedo ser hijo de desaparecidos’. Ese cambio que hay hoy, esa oportunidad que hay de hablar de esto libremente, de decir la verdad, ponerla sobre la mesa, que incluso ustedes en el colegio puedan estudiar este tema y que está pasando inclusive en los jardines de infantes, genera que muchos de los últimos nietos encontrados sean chicos que vinieron solos. En esos casos, ellos sí hicieron este ejercicio de dudar sobre su identidad, pensar que podían llegar a ser hijos de desaparecidos y así fue como se acercaron a las Abuelas de Plaza de Mayo. La difusión es fundamental pero en ese momento no era así. De hecho, las Abuelas tenían un spot de televisión hacía bastante tiempo y nunca lo pudieron difundir porque no se hablaba de esto y nadie quería difundirlo. Por lo tanto, yo nunca había pensado que podía ser hijo de desaparecidos.

¿Sabían las personas que te adoptaron que eras hijo de desaparecidos? ¿Habían sospechado algo alguna vez?

El que fue mi papá adoptivo murió cuando yo tenía tres años, entonces me crié con mi mamá adoptiva que además también murió, hace poco. La única vez que yo le pregunté me dijo que no sabía y que solamente le habían dicho que mi mamá y mi papá habían muerto. Entiendo que mis padres no sabían mucho más que eso. Igualmente, en mi familia adoptiva tengo alguna sospecha de que alguno sí supiera. De hecho, sabía que esta causa que presenté iba a alcanzar a todos, incluso a mi mamá adoptiva, y que ella iba a tener que declarar, la iban a investigar. Eso es lo que había hablado con el fiscal y aún siendo muy doloroso y muy difícil, decidí hacerlo: que cada uno responda ante la Justicia y que diga y pague lo que corresponda.

¿De parte de tus padres adoptivos tenías tíos o abuelos?

Sí, claro. Era una familia completa, había de todo: abuelos, tíos. Como pasa en todos los casos de los nietos restituidos, todos fuimos criados en familias que funcionan como familias ‘normales’. Lo anormal era que nos incluyan a nosotros dentro de ellas y que se sostenga una mentira, ¿no? Sobre todo porque esto es algo que confunde mucho a la gente porque finalmente termina diciendo: ‘bueno, si te criaron, si te mandaron a la escuela…’. Y la verdad es que si alguien quiere ser padre o madre o tío o abuelo, lo menos que puede hacer es cuidarlo y criarlo. Pero esto no puede prevalecer ya que, si uno va analizando cada uno de estos casos, se da cuenta de que ese supuesto amor que te están dando está basado en una mentira. No hay ningún amor válido que venga desde una mentira.

 

LA COMPLICIDAD CIVIL

La historia de Manuel es uno de los tantos ejemplos en los que puede verse la complicidad civil en las acciones de Terrorismo de Estado. En este caso son las irregularidades en el Poder Judicial las que alejaron a Manuel de su propia historia.

¿Quiénes son las personas que te llevan al hospital: los mismos que agredieron a la casa o algún vecino?

Los que me sacaron de la casa son los mismos que provocaron la muerte de las otras cinco personas que estaban en la casa, entre las que estaba mi mamá. Son ellos quienes entran a la casa y me llevan al hospital, porque yo era un bebé. Claramente, los militares tenían un plan sistemático de robo de identidad de bebés para apropiarse de nosotros, quedarse con nosotros y si eso no era posible, garantizar que no volviéramos con nuestras familias biológicas para que no nos criemos como nuestros padres. En mi caso, no había demasiada opción: o me llevaban al hospital o me moría. Ellos me llevaron al hospital y después esto tuvo mucha trascendencia porque este operativo fue en el centro de la ciudad y había muchísimos testigos. De hecho, hoy los vecinos de esa casa son testigos en la causa que yo presenté para que se investigue este episodio y la matanza que ocasionó. La notoriedad que cobró el hecho y que haya un solo sobreviviente, llamó mucho la atención de todos. Toda la ciudad sabía lo que había pasado y los trabajadores del hospital también por eso es que no consideraron posible que yo me quedara con alguno de los que estaban en el operativo. De hecho, varios de ellos iban al hospital a verme, incluso con sus familias, porque ya habían comenzado a generar un vínculo para después quedarse conmigo pero la orden del Ejército fue que me vaya de ahí. Entonces me cambiaron la identidad y me dieron en adopción.

¿Cómo hicieron tus padres adoptivos para mantener la mentira tantos años? ¿Había complicidad con otra gente?

La complicidad la tuvo principalmente el juez de menores, el secretario, el prosecretario y todo el juzgado de menores que avaló lo que había hecho en ese momento el Ejército y que usaron las instituciones, la Justicia en este caso, para blanquear esta situación y entregarme en una adopción legal muy mal hecha. Legal porque fue dentro de la institución pero cuando uno ve el expediente de adopción está claro de que hicieron todo mal: no buscaron la familia biológica, me entregaron con un nombre falso sabiendo que era falso y después durante los cinco años siguientes que yo estuve con esta familia adoptiva, nunca mandaron a la visitadora social, cosa que también es fundamental cuando se entrega a un chico en guarda o en adopción, y no lo hacían para que nadie supiera dónde estaba. De hecho, yo abrí una causa hace un tiempo contra ese juez de menores y cuando se allanó el Juzgado, ese expediente no estaba y, además, la hoja del libro del juzgado que te remite a dónde estaba, se encontraba arrancada. Por lo tanto, hay varios cómplices y muchos que silenciaron. Quizá lo más terrible era que estas personas eran funcionarios públicos, es decir, eran personas que tenían un cargo y que deberían haberlo honrado. Yo durante mucho tiempo entendí que quizás en su momento con la Dictadura, este juez de menores, los secretarios y todos tuvieron miedo y yo no los iba a juzgar por no haberse jugado la vida por mí. Entendía perfectamente que se hubieran callado, que hubieran tenido que bajar la cabeza, o lo que sea. Lo cierto es que después del año `83 hasta el `95 tuvieron muchos años para decirle a las Abuelas ‘yo entregué a este chico que ustedes están buscando’ y nunca dijeron nada. Ahora en esta causa judicial que abrí contra este juez y los secretarios ninguno mostró arrepentimiento.

 

EL REENCUENTRO

A partir del encuentro de Manuel con su familia comienza un largo proceso de recuperación de la Identidad. Poco a poco, a partir de los relatos de su familia y de viejos amigos de sus padres pudo construir su propia historia.

Yo tengo una relación muy linda con toda mi familia biológica. Se fue dando, no fue inmediato. Son vínculos que uno tiene que crear porque al principio te los presentan, te dicen: ‘este es tu tío, esta es tu abuela’. Yo conocí sólo a una de mis cuatro abuelos, a mi abuela paterna, Matilde, y es una situación extraña. Nadie está preparado para conocer una abuela a los 20 años. O, como en mi caso, que me había criado como hijo único y de repente tenía un hermano, que además tenía tres hijos, así que era tío, y todo eso es muy fuerte. No sabía cómo hacer, cómo responder a esa situación pero, con el paso del tiempo, los vínculos se van creando. Además, hay una situación inmediata que tiene que ver con esto del vínculo sanguíneo y de tener un pasado común. Podemos ser dos desconocidos pero, en el caso de mi hermano, venimos del mismo lugar, mi abuela es quien crió a mi papá entonces hay una situación ya muy atada al pasado que nos pertenece a todos, que es común a toda la familia. Y la verdad que hoy, después de varios años, todavía aún me queda conocer alguna parte de la familia porque no todos están cerca, algunos viven bastante lejos pero siempre que puedo voy ampliando mis vínculos con la familia y es súper lindo. Sólo cuando te encontrás con esa situación te das cuenta la importancia que tiene la cercanía del lazo familiar. A ustedes les debe pasar que tenés a tu hermano en tu casa, que es el que te molesta, con el que te peleás pero en nuestro caso es bastante particular, porque cuando nos conocimos estuvimos ocho horas hablando y nos teníamos que preguntar todo. Todo lo que ustedes saben de sus hermanos y casi no les importa, nosotros queríamos saberlo del otro. Era la necesidad de recuperar eso que nos habían robado. Pero tenemos una mirada muy positiva de esto. No nos vamos a lamentar los diecinueve años que nos robaron, estamos contentos de poder estar juntos y de generar algo bueno de acá en adelante. Sobre todo también con la carga de sentir que de alguna manera tuvimos bastante suerte ya que todos los nietos que recuperamos la identidad podemos hacer algo con esta historia, con nuestra vida, sintiéndonos dueños de ella. Pero todavía, como decía antes, faltan muchos otros jóvenes, casi cuatrocientos, que no pueden tener esa oportunidad y que están todos los días viviendo con quienes no son sus verdaderas familias’.

¿Cómo fue cuando volviste con tu familia biológica, cómo fue pasar todo ese proceso emocional y empezar a saber sobre tus padres?

La verdad es que es un proceso muy especial. Nadie está preparado para recuperar la identidad, para hacer toda esa reconstrucción e ir armando ese entramado que se había cortado, del que vos habías sido separado. Entonces, incluirte en esa historia te lleva bastante tiempo. A mí me costó mucho tiempo, de hecho no lo he terminado y no lo terminaré nunca, de poder indagar y aprender y saber. Lo que sí siento ahora -y me siento mucho más cómodo así- es que esa historia que a mí me parecía inmensa sobre mi mamá y mi papá y sus compañeros de militancia y de todo lo que habían hecho, hoy la siento como propia. Al comienzo me incomodaba sentirme parte de eso. Yo los idolatraba tanto que sentía que no me había ganado un lugar como hijo de ellos. Por eso, ante los primeros relatos de mi abuela en los que me contaba sobre mi mamá y mi papá y obviamente hablaba de dos seres maravillosos, hermosos, yo pensaba: ‘tengo que empezar a ver a los amigos de ellos para que me cuenten otras cosas’. Y cuando me encontré con sus compañeros de militancia e incluso volví a los barrios donde ellos militaban, donde había gente que había aprendido a leer y a escribir con ellos, pasó más o menos lo mismo, me decían ‘son seres hermosos, maravillosos’. Y yo que no los quería idealizar, no pude. Así que siento que tengo un vínculo muy lindo con ellos. O sea, es verdad que lo que yo sé de ellos es a través del relato de terceros. Mi papá fue asesinado antes de que yo naciese y con mi mamá estuve solo cinco meses. Pero uno a través de ese relato, va construyendo una historia y lo más importante en estos casos es tomarla como propia. Que esa mamá y que ese papá que uno tiene que construir a través de otros estén presentes. Es complejo, incluso las pocas fotos que nosotros tenemos de ellos. Todos nosotros tenemos muy poco de nuestros padres porque los militares arrasaron con todo, de la casa de mi abuela se llevaron hasta la cocina, no quedó nada. Yo tengo tres o cuatro fotos de ellos y son personas más jóvenes que yo, lo cual es muy raro. Toda esa situación es extraña porque uno sobrepasa la edad de sus padres y además los ve siempre jóvenes. No puedo imaginarme tener una mamá y un papá viejos porque no están. Esa es otra particularidad de esta historia, siempre nuestras mamás y papás van a ser jóvenes. Y otra cosa que pasa también, es que esto sobrepasa al vínculo directo: yo siento a la mamá y el papá de otros nietos también como mi mamá y mi papá. Cada historia de los otros es también mi familia. Es una situación rara de entender para el que no le pasó. Lo mismo ocurre con las Abuelas. Para mí las Abuelas de Plaza de Mayo son todas mis abuelas y las siento y las quiero como mis abuelas. Y ellas también hacen eso con nosotros y nos traspasan esa situación de que todos somos sus nietos. Y nos dicen ‘qué flaco que estás, qué gordo que estás, abrigate, por qué no tenés novia’. Todo eso hacen ellas cuando entramos a la casa de las Abuelas y, por suerte, son un montón. Es algo que nos sirve a todos: a los que no encontraron a sus nietos, que pueden sentirnos a nosotros como sus nietos y para nosotros, que es ampliar eso que nos sacaron. Es decir: ‘ahora tenemos un montón de abuelas’. Es lindo eso, vencer lo que nos impusieron, pero de la mejor manera.

 

MANUEL HOY

Recuperar su identidad y su historia le permitió a Manuel posicionarse de otra manera ante la vida y las dificultades cotidianas. También le permitió pensar nuevos proyectos y construir su propia familia desde la verdad.

¿Tenés hijos, cómo afecta la apropiación de la identidad a las nuevas generaciones?

Tengo una hija que se llama Martina, que tiene diez años. Martina tuvo que aprender también esta historia, porque Martina nació en el año 2000 y fue anotada como Martina Novoa (el apellido de la familia que lo adoptó). A los cinco años, recién cambiamos su documento y pasó a llamarse Martina Gonçalves. Fue un momento muy lindo porque fuimos juntos a hacernos los documentos y al salir sentí que era una situación muy extraña: tener documentos nuevos, con otros nombres y ella lo tomó bien como algo muy natural, con una alegría que me ayudó mucho a mí. Me dijo. ‘bueno, papá, ya tenemos nuestros verdaderos nombres, igual yo siempre me voy a llamar Martina, ¿no?’ Es que yo era Claudio y pasaba a ser Manuel y ella aceptaba el cambio pero hasta ahí, sólo el apellido. La verdad que ser papás o mamás nos ayudó mucho a entender la importancia de la identidad, pero también demuestra que el daño que se generó llegó –incluso- a esa generación. Nuestros hijos tuvieron una identidad falsa también y son chicos que nacieron en el año 2000, veintipico de años después. Por eso, es importante que esa generación también sepa la verdad, desde siempre. Ellos lo hacen todo mucho más fácil. Yo un día llevé a mi hija a la Plaza de Mayo, era muy chiquita, tenía cinco años, le decía: ‘vamos a ir a la Plaza de Mayo, que es la Plaza más importante del país’ y le hice toda una historia. Ella fue, miró todo y cuando subimos al auto para volver me dijo: ‘papá, ¿ésta es la plaza más importante del país? ¡No tiene ni una hamaca!’ Entonces, con ellos todo se hace mucho más fácil.

¿Cómo es tu nueva vida, cómo la encaraste, cómo te ves con todo lo nuevo que tenés?

Mi nueva vida, la verdad, es muy linda. Es muy extraña también porque no tiene nada que ver con lo que era mi vida antes. Cuando, inevitablemente, te atraviesa una historia como ésta y lo que significa recuperar la identidad, hace que cambie el sentido de las cosas, incluso los valores que uno le da a las cosas. Yo tengo amigos con los que me crié que al no ser parte de una historia como ésta tienen problemas, podría decir, un poco más ‘normales’. Para mí esos problemas que son normales para la mayoría de las personas no son problemas. Inevitablemente la escala de valores cambia y empezás a ver las cosas desde otro lugar. No hay manera de que no te pase eso. Cuando a uno le pasa lo que nos pasó a nosotros y siente las ausencias que nosotros sentimos, lo que era un problema ya no es más un problema. Entonces, habrá otros, habrá otras situaciones para resolver, pero creo que lo más importante y lo más sano para nosotros es hacer el ejercicio de sentirse pleno como persona y a partir de ahí poder hacer algo bueno con esta historia que es durísima, que pesa mucho, que inevitablemente está presente todos los días. No hay un día que no me piense como hijo de desaparecidos, no piense en mi mamá, en mi papá, en lo que vivieron, en lo que les hicieron… eso es algo que no se te quita nunca de la cabeza. Y teniendo eso en la cabeza todos los días, uno también se mueve de otra manera. Pero yo, obviamente, si tengo que elegir entre quedarme con esa vida que tenía y haber continuado con ese Claudio que no sabía nada o haber afrontado lo que se vino y tener que resolver muchas situaciones complejas, volvería a elegir saber la verdad. Siempre.

 

PALABRAS FINALES

Para Manuel transmitir su historia en las escuelas es un acto reparador que le devuelve la esperanza de un futuro deseado:

Me llena de esperanza que sucedan estas cosas en los colegios, que en estos espacios se hable porque yo no tuve la posibilidad que desde la escuela me cuenten la verdadera historia del país. Es muy importante que sea la escuela la que ayude a pensar en lo que pasó. Piensen que la generación de sus padres tampoco recibió mucha información, que fue la generación que padeció la dictadura y que tuvo que callarse. Así que está bueno que quizás sean ustedes los que metan el tema en la casa y que ayuden a esa generación que fue muy golpeada en la dictadura a que se anime a hablar y que rompamos ese silencio que nos fue impuesto, porque es la manera más sana para una sociedad de tratar un tema tan difícil como éste. Creo que hemos madurado muchísimo y que es el mejor momento para afianzar lo que tenemos y para construir un futuro que nos permita tener un país mejor.