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El amor como bandera

  • Foto del escritor: educacionymemoria99@gmail.com claudio99
    educacionymemoria99@gmail.com claudio99
  • 17 may
  • 2 Min. de lectura

A veces, una escena mínima alcanza para explicar por qué seguimos defendiendo la universidad pública, la educación y los espacios de pensamiento crítico en tiempos de odio, crueldad y fragmentación social.


En una actividad realizada en la UNPAZ —“Disputas por la subjetividad. Infancia, Juventudes, Educación e Identidad”— una estudiante llegó con sus dos hijas, de 8 y 10 años. No tenía con quién dejarlas. Atravesaba, además, una situación personal muy difícil: la Justicia le había impuesto un cerco perimetral a su marido.


Las nenas permanecieron más de dos horas escuchando atentamente cada intervención sobre memoria, derechos humanos e infancias. Mientras desde distintos lugares se intenta desacreditar la palabra pedagógica, vaciar de sentido la memoria colectiva y erosionar los lazos comunitarios, ellas escuchaban en silencio, atentas, como si comprendieran que allí también se estaba disputando algo de su propio futuro.


Antes del cierre, invité a que quien quisiera decir algo pudiera tomar la palabra.


Para sorpresa de todos, la mayor levantó la mano. Habló sobre los derechos de las infancias y mencionó la ley que las protege. Después, la hermanita pidió hablar también. Subió al atril, habló sobre las Abuelas de Plaza de Mayo, explicó el significado del pañuelo blanco y luego cantó, sin miedo, frente a todo el auditorio universitario.

La madre filmó la escena emocionada.


Más tarde me escribió: “Fuimos sin fuerzas”. Y agregó algo que todavía resuena: “No se dan una idea de lo que hicieron en nuestros corazones”.


Tal vez de eso se trate también educar.


De construir espacios donde una madre pueda sentirse acompañada. Donde dos niñas descubran que su voz vale. Donde la universidad pública siga siendo un territorio de escucha, memoria, dignidad y esperanza colectiva.


En tiempos donde intentan imponer el sálvese quien pueda, la indiferencia y el desprecio por el otro, esas escenas pequeñas adquieren una fuerza enorme. Porque recuerdan algo esencial: que nadie se salva solo y que una sociedad también se construye desde el cuidado, la ternura y la posibilidad de reconocernos mutuamente como humanos.

Frente al odio y el descarte, el amor sigue siendo una bandera.




 
 
 

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