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La humanidad comienza en la infancia

  • Foto del escritor: educacionymemoria99@gmail.com claudio99
    educacionymemoria99@gmail.com claudio99
  • 12 jun
  • 4 min de lectura

Actualizado: 13 jun

Hace treinta años una niña salía de la escuela con un ramo de flores entre las manos. Mientras otros chicos regresaban a sus casas para jugar, estudiar o simplemente vivir su infancia, ella caminaba por las calles para ayudar a sostener la economía familiar. Se llamaba Estela y su historia dio origen al documental El futuro: ¿será para todos?

Con el tiempo comprendí que aquella experiencia no hablaba solamente de una alumna. Hablaba de una sociedad. El cuerpo de Estela era un territorio en disputa. Sobre sus horas, sus energías y sus expectativas se enfrentaban dos fuerzas: la escuela que intentaba abrir horizontes y la pobreza que los estrechaba.

El trabajo infantil nunca es casual ni inevitable. Tampoco una tradición cultural ni una estrategia familiar que deba aceptarse con resignación. Es una vulneración de derechos humanos. Allí donde una niña o un niño trabaja para sobrevivir, se restringen derechos fundamentales: la educación, el juego, el descanso, la protección y el desarrollo pleno de sus capacidades.

Las sociedades revelan sus valores más profundos en la manera en que tratan a sus niños. No hay indicador económico, índice bursátil ni discurso sobre la libertad capaz de ocultar esa verdad elemental.

América Latina conoce bien esta disputa. A lo largo de su historia convivieron proyectos que ampliaron derechos y modelos que naturalizaron privilegios. Antonio Berni lo comprendió cuando creó a Juanito Laguna. Aquel niño construido con los desechos de una sociedad desigual era mucho más que un personaje artístico. Era una denuncia. Una pregunta incómoda dirigida a una sociedad capaz de producir riqueza mientras condenaba a millones a la exclusión.

Frente a esa realidad, la escuela pública continúa siendo una de las construcciones democráticas más valiosas de nuestra sociedad. No solo porque transmite conocimientos. También porque escucha, cuida, acompaña y muchas veces ve aquello que otros prefieren no ver.

En la historia de Estela fue la escuela la que logró identificar una vulneración de derechos disfrazada de normalidad. Allí donde muchos observaban una ayuda familiar, la escuela reconoció una infancia atravesada por la desigualdad. Porque una de sus tareas más importantes no consiste únicamente en enseñar contenidos. Consiste también en nombrar las injusticias que una sociedad corre el riesgo de aceptar como inevitables.

Todavía recuerdo a Estela entrando al aula con la discreción de quien intentaba pasar inadvertida. Al terminar la jornada escolar, mientras otros compañeros corrían hacia el juego, ella tomaba los ramos de flores que vendería en las calles. Nunca hablaba de las horas que pasaba trabajando. Como tantos niños que trabajan, había aprendido a convertir el sacrificio en rutina y el cansancio en silencio.

Sus manos sostenían flores y el peso de obligaciones adultas. Lo que estaba en juego no era solamente la situación de una alumna. Estaba en discusión el derecho de una niña a imaginar un futuro diferente. Allí donde el trabajo ocupa el lugar que deberían ocupar el aprendizaje, el juego y el cuidado, también se estrecha el horizonte de lo posible.

Esa realidad continúa presente. El trabajo infantil no puede entenderse como un problema individual. Es la expresión de relaciones económicas, sociales y culturales que producen desigualdad y luego intentan presentarla como algo natural. Se nos quiere convencer de que cada persona es responsable exclusiva de su destino y que la pobreza responde únicamente a decisiones individuales. Sin embargo, ninguna infancia elige nacer en condiciones de privación.

Cuando los derechos pasan a ser considerados gastos y no conquistas democráticas, quienes primero pagan las consecuencias son aquellos que tienen menos capacidad para defenderse. Cuando la rentabilidad ocupa el lugar de la dignidad humana, las infancias quedan más expuestas. Cuando una sociedad acepta que algunos niños/as deban trabajar para sobrevivir, no solo vulnera derechos. También comienza a considerar normales situaciones que deberían resultar moralmente intolerables.

La experiencia histórica demuestra que los derechos no surgen espontáneamente. Son el resultado de luchas colectivas, instituciones sólidas y decisiones políticas capaces de garantizar su cumplimiento. Por eso la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada en 1989, establece con claridad que la responsabilidad principal de proteger esos derechos recae sobre los Estados. Sin políticas públicas sostenidas, los derechos quedan reducidos a declaraciones de buenas intenciones.

Por eso la escuela pública ocupa un lugar tan importante en nuestras democracias. Desde hace décadas, miles de docentes identifican el hambre detrás del silencio, la desigualdad detrás de las ausencias reiteradas y el trabajo infantil detrás del cansancio prematuro. Lo hacen muchas veces sin reconocimiento, pero en esa tarea cotidiana sostienen una de las formas más concretas de defensa de los derechos humanos y de la democracia.

Sin embargo, ninguna escuela puede reemplazar por sí sola la responsabilidad del conjunto de la sociedad. La protección integral de la infancia exige políticas públicas sostenidas, instituciones comprometidas y una comunidad capaz de reconocer que la dignidad humana no puede quedar subordinada a las reglas del mercado.

Hace poco volví a encontrarme con aquella pregunta durante una clase abierta en la Universidad de José C. Paz sobre trabajo infantil, desigualdad y derechos humanos. Pero esta vez la respuesta no estuvo solamente en la memoria de Estela ni en las imágenes del documental. Estuvo también en las voces de los estudiantes que participaron del encuentro. Las universidades también son espacios donde la infancia se piensa colectivamente.

Sus preguntas, reflexiones e inquietudes recordaron una verdad fundamental: las infancias no son destinatarias pasivas de nuestras preocupaciones. Son sujetos de derechos capaces de comprender críticamente la realidad, interpelarla y participar activamente en la construcción del futuro que desean habitar.

Hace décadas una niña cambiaba parte de su infancia por flores destinadas a la supervivencia. Hoy aquella escena continúa interrogándonos.

¿Quién debe cargar con el peso de la desigualdad: los niños o la sociedad que la produce?

La respuesta no define solamente una política pública. Define una concepción de humanidad.

Allí donde una sociedad protege a sus niños, protege también aquello que la hace humana. Allí donde los abandona a la desigualdad, comienza a perder una parte de sí misma.

La humanidad comienza en la infancia.

 


 
 
 

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